domingo, 11 de octubre de 2009

HOMENAJE A MOSSÉN MARINÉ EN SU 90 CUMPLEAÑOS


El próximo día del Pilar cumplirá 90 años un benemérito sacerdote del clero de Barcelona: mossèn José Mariné Jorba. Este nombre suscita sentimientos de admiración, de afecto y de gratitud. La larga vida de mossèn Mariné ha sido y continúa siendo un constante ejemplo de regularidad, de autodisciplina, de caridad silenciosa, de celo por las almas, de devoción a la Iglesia y de amor a Dios. En todas las iglesias por las que pasó en su vida activa como cura párroco (que lo fue por oposición, conservando el título de párroco emérito en su retiro) dejó una profunda huella, siendo aún recordado por sus feligreses (desde Santa Coloma de Gramenet hasta San Félix Africano) con cariño y nostalgia. Dígalo especialmente la comunidad gitana, que halló siempre en él a un defensor y un solícito padre, muy por encima de los prejuicios de raza y las mezquindades de corazones estrechos.

Nació José Mariné Jorba el 12 de octubre de 1919, año de efervescencia social en Barcelona (recuérdese la famosa vaga de la Canadenca, que provocó la caída del gobierno Romanones), en el seno de una familia relativamente acomodada. Desde pequeño sintió la vocación sacerdotal, ingresando en el seminario menor diocesano, donde en seguida destacó por su inteligencia, su facilidad para los estudios y por su visión práctica de las cosas. A los quince años tuvo una experiencia que lo marcó profundamente: su encuentro con el entonces cardenal Eugenio Pacelli. Fue durante la breve visita que el legado papal y secretario de Estado de Pío XI hizo a la Ciudad Condal a su regreso del XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, por invitación del general Batet, gobernador militar de Barcelona. El obispo, monseñor Manuel Irurita y Almandoz (martirizado más tarde durante la Guerra de España), decidió llevar a sus seminaristas para saludar al cardenal Pacelli a su llegada, el 1º de noviembre de 1934. Dejemos que sea el propio interesado quien nos lo cuente:

“Corría el año 1934, cuando el papa Pío XI envió en representación suya al Cardenal secretario de Estado, Eugenio Pacelli, a presidir en su nombre el Congreso Eucarístico de Buenos Aires en Argentina. En su travesía de regreso desde la Argentina el barco en el que viaja el Cardenal hizo una escala en la estación marítima del puerto de Barcelona. Éramos muchos los que fuimos a saludarle: estaban presentes las autoridades civiles y multitud de gente. El seminario en pleno fue a la estación marítima. El Cardenal bajó del barco y fue saludado por todos. Pudimos comprobar el gran prelado que era y su gran dignidad como persona. A mí personalmente me quedó grabado para siempre este maravilloso momento. Yo era tan sólo un adolescente y estaba en el seminario menor. Este acontecimiento marcó mi vida y reafirmó mi vocación sacerdotal. Pasaron los años y ya ordenado sacerdote, durante una peregrinación a Roma, pasando el Papa delante de mí en la silla gestatoria, logré alcanzar su mano. Grande era el gozo y el entusiasmo de la gente pero para mí fue una experiencia única”.

En 1936, con el estallido de la guerra, el Seminario Conciliar fue saqueado y convertido en sede de las llamadas “Juventudes Libertarias”, funcionando también como albergue de refugiados de guerra, hospital y campo de prisioneros. Los seminaristas se dispersaron, lo mismo que sus profesores, aunque varios de ellos, encabezados por el rector, mossèn Josep Maria Peris (hoy beato), sufrirían martirio. El clérigo Mariné se salvó por su juventud y porque sabía conducir, siendo destinado a tareas de transporte. Al llegar la paz en 1939, se reintegró a la vida eclesiástica y reanudó sus estudios, siendo ordenado sacerdote en 1944 por el Dr. Gregorio Modrego Casaus, obispo de Barcelona. Siempre ha conservado un grato recuerdo y una profunda admiración por este prelado, que fue el que restauró la vida católica en la capital catalana y la llevó a su apogeo. Mossèn Mariné recordaría siempre el gran impacto que produjo el XXXV Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona de 1952, en el curso del cual sería ordenado el que iba a convertirse años más tarde en amigo y compañero de ruta: mossèn Pedro Muñoz Iranzo (fundador del Oasis de Jesús Sacerdote).

La vida pastoral del que era llamado con afecto el Padre Mariné fue fecunda. Como ya se dijo, fue párroco por oposiciones, lo que da la medida de su mérito y de su ciencia. Se preocupaba no sólo de la salud de las almas, sino también del bienestar material de sus ovejas, a las que muchas veces ayudaba confiando en la Providencia (que nunca le defraudó). Se preocupó especialmente por las vocaciones sacerdotales, que fomentó mediante la creación de becas que sufragaba de su peculio. Ha sido siempre un gran apóstol del sacerdocio católico. Lo fue especialmente en los difíciles tiempos postconciliares, en los que se dio el triste fenómeno de la pérdida de identidad sacerdotal en muchos miembros del clero. Para contrarrestarlo se fundó en julio de 1969 la Hermandad Sacerdotal Española, en la que tomó parte muy activa mossèn Mariné junto al Dr. Ramón Serinanell (autor de un libro con el elocuente título de No podemos claudicar).

La defensa del sacerdocio católico supone naturalmente la de la misa, ya que el sacerdocio es por y para la misa. Por eso, no es de extrañar que el Padre Mariné se constituyera también en defensor del venerable rito de la Tradición, en el cual había sido ordenado. Fue de los pocos en comprender y sostener que Pablo VI, al promulgar su Novus Ordo, no prohibió la misa llamada tridentina (lo que declararía Benedicto XVI cuatro décadas más tarde) y actuó en consecuencia. No dejó de celebrar ésta, pero tampoco se negó a celebrar aquél. En su parroquia de San Félix Africano siempre convivieron los dos ritos: el clásico y el moderno. Por supuesto, el segundo se llevó a cabo siempre con gran dignidad y perfecto respeto de las rúbricas, en lo que hoy llamaríamos “hermenéutica de la continuidad”. A pesar de ser repetidamente denunciado por otros sacerdotes, nunca le fue impedido a mossèn Mariné seguir celebrando de acuerdo con el Misal tradicional, ni bajo el cardenal Jubany (que le apreciaba sinceramente a pesar de sus discrepancias de línea de pensamiento) ni bajo el cardenal Carles (que no le hizo justicia, a pesar de ser más afín a su mentalidad).

Estuvo en contacto con los principales movimientos a favor del mantenimiento de la Tradición Católica, particularmente el encabezado por monseñor Marcel Lefebvre, a quien conoció y trató. Patrocinó algunas vocaciones españolas en el seminario de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X en Ecône (Suiza), pero ello no le impedía hacerlo con otras vocaciones en seminarios que ofrecían, a su juicio, garantías de ortodoxia, como el de Toledo o el de Orihuela. Una gran virtud que ha de reconocérsele es la de no haberse dejado cegar nunca por las instituciones, manteniendo una línea invariable de fidelidad a la Iglesia y al Papa, piedra de toque, para él, del verdadero catolicismo. Ello no le ha impedido proceder con una sana independencia y una exquisita caridad para con todos, incluso cuando ha juzgado que estaban equivocados. Ha sido siempre reprensor del pecado y comprensivo con el pecador.

En la Pascua de 1995, cumplidos los setenta y cinco años de edad, pasó al retiro al aceptársele la carta de dimisión que había enviado por fórmula, en acatamiento del Derecho Canónico, al cardenal Carles, arzobispo de Barcelona. Fue para el Padre Mariné un revés inesperado en su larga carrera, ya que no comprendía cómo, habiendo escasez de sacerdotes y sintiéndose con fuerzas para continuar su apostolado como párroco, se le jubilaba tan rápidamente. No contentándose con una vida vacía de actividades pastorales, se dedicó a atender la Capilla de la Adoración de la Santa Faz en la calle Junqueras de Barcelona, en la que decía la misa diariamente. También se desempeñó –hasta tiempo reciente– como capellán en el Tanatorio de Sancho de Ávila, llevando el consuelo a los deudos de los difuntos mediante misas o responsos en los que brillaba por lo conmovedor y humano de sus homilías, que nunca fueron pretenciosas ni dadas a las florituras oratorias, sino más bien llanas, cercanas y que llegaban al alma. Incluso personas alejadas de la religión han declarado haberse sentido tocadas por el verbo del Padre Mariné.

En 1998 dejó de servir la Capilla de la Santa Faz y pasó a ser rector de la Capilla de Nuestra Señora de la Merced y de San Pedro Apóstol (calle Laforja), oratorio de propiedad privada, al que el entonces obispo auxiliar de Barcelona, monseñor Joan Carrera, concedió –a petición de la Asociación Cultural Roma Aeterna– el indulto previsto por el motu proprio Ecclesia Dei de Juan Pablo II, para que se pudiera decir sin problemas la misa según el Misal Romano tradicional de 1962. Las relaciones con la parroquia de Santa Teresita del Niño Jesús, en cuya circunscripción se alza la Capilla de la Merced, fueron siempre cordiales. Barcelona pudo gozar, pues, una de las dos únicas concesiones que se hicieron en España de la celebración del rito romano clásico (la otra fue a favor del Instituto de Cristo Rey en Madrid) durante años, antes de que fuera éste liberalizado por Benedicto XVI en 2007. Gran parte del mérito fue, por supuesto, de mossèn Mariné, quien aseguró el culto diario en la capilla de la calle Laforja (en la foto el altar sobre el que tantas veces ha celebrado su misa) hasta que su delicado estado de salud se lo impidió temporalmente hace pocos meses.

Pero su celo sacerdotal no se ha limitado, en todo este tiempo de su “retiro”, a la misa y a la celebración de exequias. Su dedicación a las confesiones es conocida: nunca ha despachado a nadie con prisas y siempre ha oído pacientemente a sus penitentes, incluso a costa de su descanso. Otro rasgo ejemplar de su labor sacerdotal es la disponibilidad para el auxilio espiritual de enfermos y moribundos. Sea la hora que sea, siempre ha estado dispuesto a acudir al pie del lecho del dolor para musitar unas palabras de reconforto a los oídos dolientes y ayudar a preparar el último y decisivo viaje a los agonizantes. De ello pueden dar fe muchos que han recurrido al Padre Mariné, incluso en horas intempestivas, y nunca han recibido un “no” por respuesta, quedando edificados de la diligencia de un anciano octogenario en atender sus ruegos a favor de sus enfermos. De más está decir que este apostolado de la Buena Muerte ha producido varias conversiones.

Recientemente, la salud del Padre Mariné se ha visto afectada por una dolencia cardíaca que arrastra desde hace años, pero resiste aún, a sus flamantes noventa años, gracias a la fuerza de su ánimo (que permanece siempre joven) y a su inquebrantable fe. Ha debido reducir al mínimo su ministerio, pero todavía celebra la misa, que ha sido siempre el centro de su vida sacerdotal. Honremos en este venerable sacerdote barcelonés a un gran servidor de Dios y de la Iglesia y a un insigne defensor de la misa clásica. Como recuerdo personal, nos viene a propósito a la memoria la imagen del Padre Mariné “plantando su pica en Flandes”, cuando, en el curso de la peregrinación a Roma con motivo del Jubileo del 2000 (de la que formamos parte y que el presidía), celebró la misa (en memoria de Pío XII) según el rito tridentino en el altar de la Madonna Salus Populi Romani (Capilla Paulina) de la basílica de Santa María la Mayor. Y eso que faltaba aún tiempo para el motu proprio Summorum Pontificum. Pero nadie se atrevió a interrumpirlo: con su serenidad y su decisión habituales dijo su misa, que atrajo a multitud de peregrinos de varios países, que sintieron la fascinación de un rito que sabe Dios desde cuándo no se celebraba en la Basílica Liberiana. Que Dios premie al Padre Mariné una vida sacerdotal plena, llevada con gran dignidad y sentido sobrenatural, y que ella redunde en beneficio de nuestras almas. Ad multos annos!

Tomado de Miscellanea Catholica

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