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miércoles, 18 de marzo de 2009

¡EL CID CABALGA!




Antonio Caponnetto evoca a la figura del Cid Campeador para poner en marcha a las milicias cristianas de España

SonidoMP3

¡EN PIE!

Cuando se produce una agresión, en este caso a la Patria, flagelando la Fe que la dio vida y esplendor, despedazando la Historia forjada con los más penosos sacrificios, la postura de quienes nos sentimos españoles, a pesar de todo, es la de aquellos ángeles que un poeta y mártir describió a la entrada del paraíso. Una postura firme, erecta, portando en las manos espadas de combate, de vigilia, por cuánto allí se cobija. Ángeles que actúan y no hablan, que se alejan de la palabrería vana para empeñar sus fuerzas en el acto de servicio para el que son requeridos.

Esa postura urge adoptar. Aquella que vela en tensión los destinos de España, acompañando cada paso agonizante de la Patria por el camino hacia la muerte. Sólo así, junto a ella, sabrá la Historia de la existencia de un puñado de hombres, que en el siglo XXI mantuvo viva la llama del Patriotismo. Aquella antorcha que es llama y que llama. Que llama al calor de su entorno a los hijos desconcertados por la enfermedad de la madre.

Para cualquiera que sea el final nos ofrecemos. Si tras la agonía viniera el triste desenlace, podremos llorar a la muerte pues habríamos sabido combatir como hombres lo que otros como mujerzuelas entregaron por treinta monedas. Si por el contrario, la luz de la Victoria iluminara nuestro solar patrio, allí emocionados recordaríamos los sacrificios ofrecidos para que la gesta nunca más apremiara ser reconquistada. Allí nos encontraremos. Solos, quizás, frente a tanta impiedad, pasotismo, bajeza o traición. Pero sin renunciar al pasado que desde atrás nos sigue empujando. Sin menguar la acometividad de la contienda, pese a la soledad que nos envuelve, pues nos sabemos herederos de nuestros ancestros que fueron auténticos novios de la muerte. De la muerte por la Cruz y por la Bandera.

No podemos más que mirar al frente, visionar la Cruz que resplandece en el horizonte y levantarnos. Sí, puestos en pie, recitando el credo inmortal de España, avanzaremos sin importarnos quien nos acompañe. Ondeando se encuentra la enseña roja y gualda, resistiendo la tempestad que anhela su arriada. Pero mientras exista un solo español, orgulloso de su sangre y consecuente con su credo, estará alzada la bandera. Y aquí estaremos nosotros, con España y para España, hasta que Dios nos separe de ella para unirnos a Él eternamente.
Miguel Menéndez Piñar

lunes, 16 de marzo de 2009

PARAÍSO DE LA JUVENTUD

Nos están robando la juventud a base de tergiversar nuestro destino, poniendo barreras y obstáculos a nuestro espíritu reaccionario, entendiendo éste como la rebeldía justa y necesaria ante cualquier descomposición que afecta de forma irreversible a la Causa Nacional, poniendo en grave peligro la existencia misma del pueblo español.

El otro día, un hombre de reconocido prestigio internacional, entre las filas militantes de los que creemos aún en la redención de la Patria cautiva, se despidió de mi exhortándome a disfrutar de la vida. Gozo, me advirtió, que debe ser sano, cuando contempló mi extrañeza por esa dicha. Fue un consejo desafortunado por completo. Al que, por supuesto, no es lícito seguir. La juventud no fue hecha para el placer, sino para el heroísmo, nos dejó dicho Paul Claudel, a modo de consigna imperante y urgente. Es la predicación que se aleja de la sociedad de estos tiempos, la del consumo, la diversión, el materialismo y las aspiraciones personales en busca de un capital que jamás será heredado en la eternidad. El hombre, y mucho menos los jóvenes, nunca deben ser considerados como un conjunto de carne y huesos que vagan por este mundo sin exaltaciones extraordinarias y viriles. Fue un Capitán, precisamente de juventudes, poeta y mártir, césar de nuestra última Cruzada de liberación nacional, el que consideró al hombre como “envoltura corporal de un alma racional capaz de salvarse o condenarse por toda la eternidad”. El mismo que vislumbró en los hombros humanos, no las cargas nihilistas y hedonistas de estos tiempos, sino los valores eternos que son portados hasta el umbral de la muerte.

Hoy no se suscita ni la exaltación de la vida heroica ni los valores eternos. Desde nuestras mismas filas, insisten, una y otra vez, en los grandes ejemplos que suponen la vida de aquellos que forjaron la España imperial, gigantesca, evangelizadora del inca y cruzada contra el invasor. Y la incongruencia está en la palabrería fácil de poner siempre sus nombres en cualquier boca ágil, para después negar su espíritu en el joven que quiere imitar. Nosotros creemos en los arquetipos. Pero porque creemos en ellos, anhelamos sus vidas incorporadas a las nuestras. Nos negamos a que formen únicamente parte del pasado y no puedan serlo del presente y del futuro. Sus páginas, escritas con gloria, en la historia de la Patria, no tendrían valor alguno si después de muchos años, siglos incluso, no hubiera un puñado de hombres dispuestos a recoger el testigo de sus enseñanzas. Enseñanza de palabra, con su doctrina; de obra, con la ejemplaridad de sus vidas; y de sangre, pues la derramaron por esta empresa sublime, que fue suya y ahora es nuestra.

Pero toda aceptación implica una renuncia. Aceptar la vida fácil, de las aspiraciones económicas y la homologación con esta sociedad, trae inseparablemente la renuncia a nuestros Ideales y a las virtudes que lo sustentan. El sacrificio, el honor, la lealtad, la camaradería... todo ello es incompatible con la pusilanimidad, la tibieza y las medias tintas de aquellos que siendo un tiempo de los nuestros, se entregaron, con los brazos abiertos, a la democracia, el liberalismo y la disolución de los valores permanentes. Y si por el contrario el hombre abraza el Ideal de la Patria, gastando y desgastando la vida por ella, no tiene más remedio que despojarse de las ataduras de este mundo, de sus seducciones materiales y sociales, para poner todo al servicio de España. El único patrimonio deseado y amasado por el patriota es aquel que conservan los nuestros, allá arriba, en los luceros.

Jóvenes. Soldados todos de una Causa entregada, traicionada y asesinada. Militantes de la Patria sangrante y despedazada. Hijos de la España inmortal. Porque sois y debéis ser el futuro del que dependa el amanecer arrollador de la nueva primavera, habréis de aceptar que nuestras vidas están contra la comodidad, pues en la calle y en las trincheras jamás lucharon los cuerpos sin almas. Y decimos con José Antonio, siempre presente entre nosotros, que “queremos un paraíso difícil, vertical e implacable, donde no se descanse nunca y que tenga junto a las jambas de las puertas, ángeles con espadas”. Dejad de lado, por tanto, a los señoritos de cabaret. No son de los vuestros, aunque sean capaces de vivar a la Patria urbi et orbe. Enrolados en sus festines no ven más allá de su bolsillo. Nosotros, porque estamos en duelo, huimos de su techo dorado para asumir la austeridad y salir ahí fuera, “al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo y en lo alto las estrellas”


Miguel Menéndez Piñar