Mostrando entradas con la etiqueta miguel menendez piñar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta miguel menendez piñar. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de noviembre de 2009

A 71 AÑOS DE SU ASESINATO: RECUERDO Y HOMENAJE AL CAPITÁN CODREANU

Hubo un tiempo de gloria en que la Fe formaba los cimientos de toda milicia y la milicia era la prolongación de una vida consagrada a la Fe. Un tiempo que jamás puede ser exclusivo del pasado y, si así lo fuera, nada valdría el presente y menos aún el futuro que está por venir.

A quien armoniza en su vida la Fe y la milicia es justo llamarle héroe. El heroísmo es la milicia extrema al servicio de la Fe y la esencia de la vocación juvenil que el hombre abraza. Y cuando el héroe, encarnando la Fe en la milicia, entrega la vida y la sangre testimoniando ese compromiso inalterable, decimos que ha pasado a ser mártir. Es entonces cuando culmina, con letras de oro en el libro de la Historia, el paradigma sempiterno del combatiente cristiano.

Setenta y un años después, recordamos con profunda emoción, la vida y la obra de Cornelio Zelea Codreanu, maestro y capitán.

Maestro, siendo todavía universitario, de estudiantes y profesores. Predicó a los suyos con la elocuencia propia de quien domina la palabra, porque la palabra le poseía. Nadie como él supo analizar, primero, y dinamitar después, el saqueo judeo-bolchevique en que se vio envuelto el pueblo rumano. Porque no sólo les fueron robados los bolsillos, causa ya justa para levantarse, sino algo más profundo y superior. Les arrebataron la Fe y la Patria, lo más valioso, la Santa Causa por la que el hombre está dispuesto a ofrecer su vida e incluso a batirse hasta el final en el campo de batalla.

Enseñó, por todos los rincones de Rumanía el amor que se debe tributar al semejante, a la familia, a la nación; y sobretodo, amor sin fisuras a Dios. Cumplió, intachablemente, su misión de maestro, alzando la bandera, jamás arriada, de la Verdad, “oportuna e inoportunamente predicada”. La vida de Codreanu, imagen perfecta de su palabra, nos hace llamarle, justamente, héroe. Como consecuencia de su palabra y su vida, fue asesinado, junto con trece de sus legionarios, la noche del treinta de noviembre de mil novecientos treinta y ocho. Justo es, también, llamarle mártir.

Capitán. Capitán Codreanu, al frente de la Legión de San Miguel Arcángel, que él mismo fundó, donde se forjaba la mejor juventud rumana. La Fe era la exigencia necesaria para formar parte de la Guardia de Hierro junto al compromiso militante de aceptar el puesto de mayor abnegación, el más austero y sacrificado, el último y más servicial. Muchas veces, también, el más arriesgado. Supo fundar y ordenar, era, el Capitán, la referencia de todo acto y pensamiento, el líder indiscutible al que tantos siguieron hasta el final. Guía y líder del pueblo, adalid y caudillo con tan pocos años y con tanta jefatura que jóvenes y mayores, obreros y catedráticos, agricultores y abogados, se cuadraban ante él en espera de un consejo, una orden o una consigna.

La Religión frente al paganismo que estaba disolviendo el componente espiritual del hombre y el pueblo. La Patria, amada, ensalzada y defendida, contra el comunismo internacionalista, que mediante las garras de Sión, despedazaba la conciencia nacional y hasta la tierra misma de Rumanía. La verticalidad de cada acto, que tendía a la perfección, pues todo se hacía como ofrecimiento a Dios por el bien de la Patria. Héroe, sí, justamente, “combatiendo los nobles combates de la Fe” que nos describiera San Pablo. Héroe, pues la exigencia de ese espíritu empezaba por él mismo. Héroe, forjador de héroes cristianos y combatientes, y por eso le mataron. Es de justicia, otra vez, llamarle mártir.

Habiendo pasado setenta años de su martirio se sigue escuchando sus férreas palabras, en forma de arenga, que con el eco poético de su admirable vida nos sigue repitiendo: “antes que nuestros cuerpos se consuman y se agote nuestra sangre es preferible morir en los montes peleando por nuestra Fe”.

Miguel Menéndez Piñar
2008

jueves, 26 de marzo de 2009

LA PATRIA EN TENSIÓN


El tiempo enfría el pensamiento, la voluntad y hasta la sangre. Lo hace siempre que aquellos que custodian la Verdad, la Fe y la Historia traicionan su misión protectora y usurpan la herencia sagrada a las generaciones del mañana, pisoteando, sin escrúpulos, el patrimonio perenne que supieron forjar nuestros mayores.

Vivimos el invierno más crudo que ha conocido nuestra Patria a lo largo de su bimilenaria historia. Jamás, como hoy, abundaron los traidores viandantes de nuestros caminos que campean con sus desvaríos proclamados como política de estado. Nunca se encontró la Patria tan sola ante sus feroces enemigos que, a zarpazos, dividen sus tierras, sus gentes y sus clases. En ningún tiempo se pudo observar cuán dañino es el olvido del pasado, repitiéndose ahora tan descarado, al menos, como antaño. Y parace, por añadidura, que hemos replegado nuestras fuerzas y pactado nuestra derrota en aras de la debilidad del pueblo claudicante y tibio.

El ataque es mortal. Lo es porque dispara contra la fuente estimulante de la Patria hiriendo de gravedad los órganos vitales que la vivifican. Y porque los defensores que debían repeler la agresión abandonaron su puesto de guardia por cobardía o traición. Unos, en quién se mantuvo la esperanza de muchos mientras permanecían en su sitio; en otros, el disimulo era incompatible con su espíritu turbio y malvado. El resultado lo tenemos a la vista. Y ya hace años que no faltaron gentes, aunque ciertamente no abundaron, que profetizaban los daños irreversibles que sufriría la Patria a causa del enfriamiento, primero, y del desecho, después, del alma nacional. Obispos, hablando como corresponde sí sí, no no, en la norma evangélica, muy pocos. Don José Guerra Campos. Un Obispo, valiente y santo. Santo por ser valiente entre otras cosas. Que llamó al pan, pan, y al vino, vino. Que condenó a los perjuros, a los divorcistas, a los abortistas, a los servidores del maligno todos ellos, en su papel de actores o colaboradores, llamándoles pecadores públicos – recuérdese auquello de Cristo: “al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino y lo hundiesen en el fondo del mar” (Mat 18,7)-. Que custodió, Guerra Campos, la bandera insigne de la Verdad al desarrollar un pensamiento católico arrinconado en el baúl de ningún recuerdo. Que empuñó, como pedía Cristo en la última cena, la espada de la Fe (Lc 22,36), manteniento recta su postura, con la voluntad ferrea del “doble coraje en tiempos malos” del Cardenal Pie. Que no sólo no se olvidó de la Historia, sino que supo mantenerla viva en muchos españoles ejemplarizándoles con la sangre aún caliente de los mártires que no hacía muchos años la habían derramado por Dios y por España. Sacerdotes, gracias a Dios, los hubo y los hay. Pocos, pero mágnificos formadores de católicos fieles al Dogma, a la Moral, a la Liturgia, a la Disciplina. Seglares, algunos más. Allí estuvieron o siguen estando Blas Piñar, imprimiendo una fuerza nueva en los tejidos vitales del pueblo, en sus tres vertientes esenciales, bajo el lema Dios, Patria, Justicia. Rafael Gambra, bastión seguro de doctrina y magisterio, de confesionalidad católica, pública y social. Y muchos otros que el espacio me priva de nombrar, pero que su recuerdo sigue vivo y presente.

El enemigo, a pesar de la escasa, pero valiosa resistencia, penetró hasta el último rincón de la fortaleza. Y día tras día lo sufrimos. Nos envuelve el alma la turbación apagando el fuego de la reacción ante la enfermedad cancerígena que sufre España.

Hoy mueren asesinados miles de niños inocentes en el vientre de sus madres. Asesinato que protege la ley y el estado. Hoy la homosexualidad ha dejado de ser enferma y se ha convertido en virtud demócratica de primer orden. Hoy los transexuales lucen el tricornio de Guardia Civil como el mayor Honor de una Divisa nueva. Hoy el ejército pasó de ser el brazo armado de la Patria a los zapatos más viejos de cualquier político vendepatrias. Hoy el rojo y gualda ya no es la bandera gloriosa de una gran nación, ni siquiera la simple mortaja de algún buen hijo. Hoy ya no se besa la bandera, sólo se la escupe y se la pisotea aunque esté empapada por la sangre de muchos de los nuestros. Hoy la unidad de la Patria ya no es ningún bien sagrado e inextimable sino la opresión más cruel a las diferentes nacionalidades históricas. Hoy la Cruz ya no redime y santifica, sólo conspira y enfrenta la Fe con el avance, las creencias medievalistas con el progreso humano. Hoy la Iglesia no es Madre ni Maestra pues impera la apostasía generalizada y no se reconoce la autoridad Petrina.

Se tambalea la sociedad por el agrietamiento de los pilares que la sustentan. Fruto de ello, la angustia y la preocupación incrementan. La soledad se cierne sobre nuestros hermanos que no encuentran respuesta a sus problemas. No hay solución ya que nadie tiene interés en el diagnóstico. Con la imposición del egoísmo se suprimió el carácter racional y social del hombre, adentrándose en la dimensión nihilista, hedonista y consumista. Los instintos del “yo” se posicionan sobre el semejante, los padres, la familia, la Patria y Dios. Nada importa la realidad de conjunto, las aspiraciones colectivas, los esfuerzos sumados, el espíritu nacional o la tributación social en el reconocimiento de la Verdad siempre Crucificada. Han confiscado su futuro en la Patria, la terrena y la celeste. Les han robado los talentos del Evangelio que no son otros que la Verdad, la Fe y la Historia.

Pero hay esperanza. Esperanza que reside en la Eternidad que visiona la tierra desde la perspectiva divina que todo lo envuelve, desde el cruce perfecto de dos maderos donde colgaron la Salvación del hombre. Es la visión que recoge el pasado, la sangre derramada y los sacrificios de nuestros ancentros. Que mira al mañana y se apiada de las generaciones que vienen. Una mirada cuyos ojos iluminan con el brillo estelar, fulgurante, del que es la Verdad, de la Fe en sí misma, del que cambió la Historia del hombre elevándola hacia las metas sublimes antaño perdidas. A Él es a quien pertenece la victoria. Dios quiera que nos sea otorgada, también en esta vida. Pero, repito, no es nuestra. A nosotros pertenece la gloria, el honor, la gracia de la lucha. Siendo fieles a nuestro deber como patriotas, nos convertiremos en paradigmas de una Causa cobardemente entregada, que fue ganada con valentía tantas veces. Pero allí donde vayamos, no buscaremos la Victoria sino que ofreceremos la vida y la muerte para que ésta venga a nosotros.

Por eso la reacción es justa. Es necesaria. Es obligatoria. En la ascética militante, la que nos corresponde, sobre todo a la juventud, no hay más camino que el combate. El de San Pablo empuñando la espada de la Fe por Cristo. Y el de San Fernando, esgrimiendo el acero físico e inflexible por España. Ambos al mismo tiempo. Sólo así el espíritu es espuela para la carne y somete todo a la voluntad. La voluntad que todo lo enfrenta con tal de servir a la Verdad, atreviéndose el hombre si corresponde, como sostenía el requeté.

Al contemplar esta España sangrante por las fisuras de su división, abocada a las más bajas cotas de inmoralidad, perpetuadas en las leyes injustas que nos imperan, hacemos eco de Su Santidad Benedicto XVI, ante el cual nos postramos sumisos rindiendo pleitesía, que acaba de recordarnos en su reciente encíclica “Deus Caritas est” las palabras de San Agustín: “Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones”. Así hay que entender a esta sociedad, manejada y manipulada por esta banda y sus secuaces, que ya no sólo no defienden la Patria, como es su misión, sino que la ultrajan y desgarran, la infectan de contaminantes políticas para que en su trance de muerte sea rematada por sus enemigos más declarados.

Así está España. En tensión. No la tensión necesaria y fervosora para la vigilia, sino la delirante tensión que precede al desgarramiento. Por eso hay que posicionarse. Aquellos que con España estén dispuestos a escoltarla, ahí tienen el camino. Un camino duro, inflexible, sacrificado. Un camino lleno de lágrimas, sudor y hasta de sangre. Ruta que atravesaron nuestros mayores, también en épocas dificiles, en aras de la grandeza del Pueblo y del Santuario. No es travesía de recompensas sino de ofrecimientos, de la vida y de la muerte.

Nadie que ame a España espere reconocimientos, alfombras rojas o medallas. No en esta vida. Tendrá, eso sí, algo más austero. El pecho descubierto y el rostro azotado por el frío viento. El privilegio de cabalgar junto a la Verdad. La conciencia serena y tranquila. El deber y la oblicación cumplidos ante la Historia. Y esa Fe inmortal, por ser eterna, que es capaz de mover montañas, de montar guardia firme a pesar de la nevada gélida o de acaudillar una legión de hombres bajo un Credo ascético y militante, místico y guerrero.

Frente a la tensión interna y externa que sufre España, descuartizando cuanto de sublime posee, ofrecemos la tensión de nuestro espíritu, la predicación de la Verdad, oportuna e inoportunamente, la supremacía de la Fe que todo lo reconstruye y el ejemplo perpetuo de la Historia, la de España, que fue forjada por aquellos santos, heroes y mártires, paladines y caudillos, que clamaron al Cielo por sus fuerzas, en el Pilar o en Covadonga, en Guadalupe o en el Alcázar de Toledo, y que desde allí ahora nos exhortan en reconquistar España. Con ellos, bajo su Bandera, nuestra militancia. Por Su Reinado, nuestro combate.

Miguel Menéndez Piñar




miércoles, 18 de marzo de 2009

¡EN PIE!

Cuando se produce una agresión, en este caso a la Patria, flagelando la Fe que la dio vida y esplendor, despedazando la Historia forjada con los más penosos sacrificios, la postura de quienes nos sentimos españoles, a pesar de todo, es la de aquellos ángeles que un poeta y mártir describió a la entrada del paraíso. Una postura firme, erecta, portando en las manos espadas de combate, de vigilia, por cuánto allí se cobija. Ángeles que actúan y no hablan, que se alejan de la palabrería vana para empeñar sus fuerzas en el acto de servicio para el que son requeridos.

Esa postura urge adoptar. Aquella que vela en tensión los destinos de España, acompañando cada paso agonizante de la Patria por el camino hacia la muerte. Sólo así, junto a ella, sabrá la Historia de la existencia de un puñado de hombres, que en el siglo XXI mantuvo viva la llama del Patriotismo. Aquella antorcha que es llama y que llama. Que llama al calor de su entorno a los hijos desconcertados por la enfermedad de la madre.

Para cualquiera que sea el final nos ofrecemos. Si tras la agonía viniera el triste desenlace, podremos llorar a la muerte pues habríamos sabido combatir como hombres lo que otros como mujerzuelas entregaron por treinta monedas. Si por el contrario, la luz de la Victoria iluminara nuestro solar patrio, allí emocionados recordaríamos los sacrificios ofrecidos para que la gesta nunca más apremiara ser reconquistada. Allí nos encontraremos. Solos, quizás, frente a tanta impiedad, pasotismo, bajeza o traición. Pero sin renunciar al pasado que desde atrás nos sigue empujando. Sin menguar la acometividad de la contienda, pese a la soledad que nos envuelve, pues nos sabemos herederos de nuestros ancestros que fueron auténticos novios de la muerte. De la muerte por la Cruz y por la Bandera.

No podemos más que mirar al frente, visionar la Cruz que resplandece en el horizonte y levantarnos. Sí, puestos en pie, recitando el credo inmortal de España, avanzaremos sin importarnos quien nos acompañe. Ondeando se encuentra la enseña roja y gualda, resistiendo la tempestad que anhela su arriada. Pero mientras exista un solo español, orgulloso de su sangre y consecuente con su credo, estará alzada la bandera. Y aquí estaremos nosotros, con España y para España, hasta que Dios nos separe de ella para unirnos a Él eternamente.
Miguel Menéndez Piñar

lunes, 16 de marzo de 2009

PARAÍSO DE LA JUVENTUD

Nos están robando la juventud a base de tergiversar nuestro destino, poniendo barreras y obstáculos a nuestro espíritu reaccionario, entendiendo éste como la rebeldía justa y necesaria ante cualquier descomposición que afecta de forma irreversible a la Causa Nacional, poniendo en grave peligro la existencia misma del pueblo español.

El otro día, un hombre de reconocido prestigio internacional, entre las filas militantes de los que creemos aún en la redención de la Patria cautiva, se despidió de mi exhortándome a disfrutar de la vida. Gozo, me advirtió, que debe ser sano, cuando contempló mi extrañeza por esa dicha. Fue un consejo desafortunado por completo. Al que, por supuesto, no es lícito seguir. La juventud no fue hecha para el placer, sino para el heroísmo, nos dejó dicho Paul Claudel, a modo de consigna imperante y urgente. Es la predicación que se aleja de la sociedad de estos tiempos, la del consumo, la diversión, el materialismo y las aspiraciones personales en busca de un capital que jamás será heredado en la eternidad. El hombre, y mucho menos los jóvenes, nunca deben ser considerados como un conjunto de carne y huesos que vagan por este mundo sin exaltaciones extraordinarias y viriles. Fue un Capitán, precisamente de juventudes, poeta y mártir, césar de nuestra última Cruzada de liberación nacional, el que consideró al hombre como “envoltura corporal de un alma racional capaz de salvarse o condenarse por toda la eternidad”. El mismo que vislumbró en los hombros humanos, no las cargas nihilistas y hedonistas de estos tiempos, sino los valores eternos que son portados hasta el umbral de la muerte.

Hoy no se suscita ni la exaltación de la vida heroica ni los valores eternos. Desde nuestras mismas filas, insisten, una y otra vez, en los grandes ejemplos que suponen la vida de aquellos que forjaron la España imperial, gigantesca, evangelizadora del inca y cruzada contra el invasor. Y la incongruencia está en la palabrería fácil de poner siempre sus nombres en cualquier boca ágil, para después negar su espíritu en el joven que quiere imitar. Nosotros creemos en los arquetipos. Pero porque creemos en ellos, anhelamos sus vidas incorporadas a las nuestras. Nos negamos a que formen únicamente parte del pasado y no puedan serlo del presente y del futuro. Sus páginas, escritas con gloria, en la historia de la Patria, no tendrían valor alguno si después de muchos años, siglos incluso, no hubiera un puñado de hombres dispuestos a recoger el testigo de sus enseñanzas. Enseñanza de palabra, con su doctrina; de obra, con la ejemplaridad de sus vidas; y de sangre, pues la derramaron por esta empresa sublime, que fue suya y ahora es nuestra.

Pero toda aceptación implica una renuncia. Aceptar la vida fácil, de las aspiraciones económicas y la homologación con esta sociedad, trae inseparablemente la renuncia a nuestros Ideales y a las virtudes que lo sustentan. El sacrificio, el honor, la lealtad, la camaradería... todo ello es incompatible con la pusilanimidad, la tibieza y las medias tintas de aquellos que siendo un tiempo de los nuestros, se entregaron, con los brazos abiertos, a la democracia, el liberalismo y la disolución de los valores permanentes. Y si por el contrario el hombre abraza el Ideal de la Patria, gastando y desgastando la vida por ella, no tiene más remedio que despojarse de las ataduras de este mundo, de sus seducciones materiales y sociales, para poner todo al servicio de España. El único patrimonio deseado y amasado por el patriota es aquel que conservan los nuestros, allá arriba, en los luceros.

Jóvenes. Soldados todos de una Causa entregada, traicionada y asesinada. Militantes de la Patria sangrante y despedazada. Hijos de la España inmortal. Porque sois y debéis ser el futuro del que dependa el amanecer arrollador de la nueva primavera, habréis de aceptar que nuestras vidas están contra la comodidad, pues en la calle y en las trincheras jamás lucharon los cuerpos sin almas. Y decimos con José Antonio, siempre presente entre nosotros, que “queremos un paraíso difícil, vertical e implacable, donde no se descanse nunca y que tenga junto a las jambas de las puertas, ángeles con espadas”. Dejad de lado, por tanto, a los señoritos de cabaret. No son de los vuestros, aunque sean capaces de vivar a la Patria urbi et orbe. Enrolados en sus festines no ven más allá de su bolsillo. Nosotros, porque estamos en duelo, huimos de su techo dorado para asumir la austeridad y salir ahí fuera, “al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo y en lo alto las estrellas”


Miguel Menéndez Piñar

miércoles, 11 de marzo de 2009

LA MANIPULACIÓN DE LA PALABRA EN LA POLÍTICA

Ayer por la tarde un buen amigo me decía que lo importante en los políticos son sus declaraciones públicas. Es así, según él, cómo ellos se comprometen a una determinada actuación con el pueblo, sus votantes al fin y al cabo, como si la palabra precediera a la acción. No puedo estar de acuerdo con su teoría.

Primero hay que decir que la palabra ha perdido todo sentido ontológico, de forma general, y en lo que se refiere a la clase política, en particular. Antes, en otros tiempos, la palabra se asentaba en la fidelidad a una idea, para representar y defender un determinado pensamiento. Ahora, en cambio, la palabra sólo sirve para acariciar las emociones y hasta la conciencia del receptor. Es el arte de la simulación y el engaño. Digámoslo claro. Es la artimaña a la que siempre se llamó mentira y que ahora, ni el oído ni la mente, son capaces de detectarlo.

En segundo término, lo anterior responde a la forma de proceder que es parte esencial de la perversión del sistema actual. La palabrería barata, la demagogia sucia o la gratuidad en afirmaciones falsas y embusteras para defender, de cara al exterior y según el público o el foro donde se hable, cosas radicalmente opuestas a la actuación general del emisor. El objetivo de todo político es gobernar, llegar al poder democráticamente por las urnas. Y para ganar necesita más votos que su rival, lográndolo si consigue convencer al votante. Para eso, lógicamente, tendrá que decirle al receptor aquello que este quiera escuchar. Dicho de otra manera más clara y rotunda. Mentir se ha convertido en profesión y ha tomado el nombre de política, despedazando etimológicamente este término, que no es otra cosa, en su definición clásica, que las acciones del gobernante en beneficio del bien común, de la sociedad, del pueblo.

Entenderán si les digo, y quizá lo compartan, que detesto a la clase política actual que vive de la mentira y el engaño a costa de nosotros, españoles, a los que debían defendernos. Que nadie se equivoque: los políticos, los partidos y el mismo sistema del que forman parte nos prostituyen, a nosotros y nuestras vidas y familias, y lo que es peor, lo hacen con España a la que vemos y contemplamos con profunda tristeza en trance de muerte.

Por la noche, ayer, vi un video de Rajoy llenando su torpe boca de un discurso pró-vida y sentimental en contra de la nueva ley del aborto. Afirmando, incluso, que “el aborto es un asesinato” y que “no hay mayor progreso que reconocer y defender el derecho a la vida de todos, cuanto más, -añadió, el de los más indefensos”. Lo dijo en un programa de Intereconomía TV, El Gato al Agua, donde el presidente del Partido Popular sabía que iba a lidiar en un ambiente contrario al aborto. Hace un año, el mismo personaje, ante Iñaki Gabilondo y en una cadena de televisión, sensiblemente favorable al aborto, defendió el derecho de las mujeres a asesinar a sus hijos y se comprometió a mantener y hacer cumplir los tres supuestos de despenalización del crimen. Ya fue dicho anteriormente y las declaraciones de Mariano Rajoy son un ejemplo sencillo de la manipulación, el falseo de la palabra y el engaño a la gente. Sencillamente, la profesión política hecha carne en Rajoy.

¿Es importante lo que diga o prometa un político, gratuitamente? O quizá ¿no es preferible que los hechos sean la expresión de la política? ¿Nadie va a exigir a la llamada casta parasitaria honradez en su quehacer y veracidad en sus exposiciones? ¿Es legítimo disociar los hechos de la palabra cuando ésta es continua promesa?

Hay que recuperar la palabra que distinguía al caballero del malhechor y a las damas de las adulterinas. Urge custodiar la verdad, exaltarla y vitorearla, y denunciar la mentira y la manipulación de los bribones al servicio de sí mismos, costeados por todos y cada uno de los españoles.
Miguel Menéndez Piñar

lunes, 23 de febrero de 2009

23-F: EL HONOR FRENTE A LA TRAICIÓN

El 23 de Febrero es el día de aquellos hombres que, cumpliendo con el juramento a la bandera, actuando con honor, ofrecieron cuanto tenían a España y los españoles. También recordamos a los que quisieron aniquilar cualquier resistencia, armada o no, engañando y traicionando sin escrúpulo.

Aquella fecha de 1981 fue la consecuencia de unos precedentes históricos que convulsionaron a España espiritual, social y políticamente. Espiritualmente en decadencia, España sufría los nefastos frutos del Concilio Vaticano II que había dado pie a la proliferación de toda clase de sectas, a la secularización de sacerdotes, a la protección oficial de la inmoralidad y a la marxistización de la Iglesia con el Primado Cardenal Tarancón y sus secuaces. Sacudida España socialmente por los movimientos estudiantiles, las revueltas universitarias y las reivindicaciones de los sindicatos bermellones, la fragmentación del pueblo era una crónica diaria. Y políticamente España era un barco que se hundía por las grietas del nacionalismo, los asesinatos de las bandas terroristas y un parlamento donde se sentaban desde Carrillo a Fraga, los nuevos amigos del consenso bastardo.

La situación era insostenible. Los pocos militares que hacían servir los galones al juramento, y no al revés, dieron un paso al frente. Con todas las consecuencias estaban dispuestos a intervenir para cambiar el rumbo a la deriva del pueblo español. Unos, por España, al servicio de ella. Otros sólo actuarían a las órdenes del Jefe de las Fuerzas Armadas: Juan Carlos de Borbón.

Se gestó, precipitadamente, la irrupción en el Congreso de Diputados del Ejército. Después, una vez tomado el hemiciclo, la autoridad militar se haría cargo de los destinos de España. Esa autoridad militar contaría con el apoyo total y absoluto del inquilino de la Zarzuela. El General Armada sería la cabeza visible del golpe de estado haciéndose cargo del poder. Detrás de él, las diversas Capitanías Generales, secundarían, a las órdenes de Juan Carlos, un gobierno de concentración con izquierdas y derechas, liberales y comunistas.

El Teniente Coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero Molina, movido por su amor inquebrantable a España, fue el elegido para entrar en el Congreso. Un hombre íntegro, profundamente patriota, que contaba con el respeto y la admiración de sus subordinados. Después de cumplir su misión dejaría paso al General Armada. Nada sabía el Teniente Coronel de los apaños sucios que habían acordado desde Zarzuela.

Tejero, todo por la Patria. Todo, su carrera, su sueldo, sus galones… años y años de servicio. No lo había ofrecido todo para mayor gloria de Armada, Juan Carlos o cualquiera de los parásitos que ya se estaban repartiendo cargos, ministerios y capitanías. Tejero es un hombre de honor. Y el honor fue su divisa cuando paró el golpe de la Zarzuela y cargando con la responsabilidad de sus hombres los despidió uno a uno a las puertas del Congreso. El golpe quedó parado. No era España lo que allí se defendía. El General Armada le había traicionado mientras en Valencia el General Milans del Bosch regresaba al cuartel con sus tanques dando cumplimiento al deseo y las órdenes de Zarzuela. Si don Jaime Milans del Bosch (gran militar, héroe del Alcázar toledano y juancarlista hasta aquel día) no hubiera dado marcha atrás otro gallo estarían cantando ahora mismo.

El consuelo de Tejero es el deber cumplido. La integridad de una vida. El sacrificio por la Patria y la austeridad y soledad de la celda tras los fríos barrotes.

Alguien estaba a su lado. Alguien que no sabía de traición, sino de lealtad. De amistad y nunca de interés. Alguien que, aquella noche oscura y tenebrosa, lució la claridad y pureza del blanco uniforme de la Armada. Y que llevó al Teniente Coronel Tejero el abrazo de un amigo y la cercanía de un camarada. Era el Capitán de Navío Camilo Menéndez Vives, inmolando sus galones, su carrera, su familia y su vida por un patriota traicionado. Porque “por encima de la disciplina, está el honor”.

Aquel día quedó cortada en el ejército cualquier posibilidad de reacción. Y sin embargo el Valor y el Honor se abrieron paso.
Miguel Menéndez Piñar

miércoles, 4 de febrero de 2009

PARÁSITOS


El sistema se mantiene en pie por el enjambre de parásitos que conforman su estructura. Es una nueva clase social, la clase política, que nace, crece y se reproduce incrustada, como chupópteros, en las arcas públicas. La única disciplina que se les exige es la de las siglas. Su afán, trabajo y preocupación, ya no es la “res publica”, sino el mantenimiento de su cargo a toda costa, libre de escrúpulos morales.

Multipliquen ahora en el caso concreto de España. El llamado “estado de las autonomías” cobija en sus ácidas tripas a un sinfín de diputados, senadores, portavoces, secretarios, representantes a nivel nacional que pululan por el Congreso y el Senado y sus alrededores. Pero lo anterior lo tenemos repetido hasta diecisiete veces gracias al castillo de naipes formado por todas y cada una de las Comunidades Autónomas con sus respectivos parlamentos, consejerías y delegaciones. Por debajo de ese entramado, y en número infinitamente mayor, las cincuenta y dos provincias, orquestadas por las diputaciones, y los 7.286 municipios al frente de los cuales están los ayuntamientos. No olvidemos el sueño europeo (pesadilla real) del parlamento de Estrasburgo. Como dato de este último, cada eurodiputado, a final de mes, recibe de media 40.000 Euros.

¿Para eso pagamos impuestos? Sí, para mantener y sostener a este sistema perverso que ofrece la esclavitud al pueblo y el pueblo la adquiere a precio de oro. Para subvencionar su vida y sus lujos, sus viajes, sus dietas y sus casas. Para hacer lo que ellos dicten, sea abortar o pagar la fiesta anual a los degenerados.

Enrique de Diego, periodista de Intereconomía, ha acuñado la definición exacta: los políticos son “la casta parasitaria”. No puedo estar más de acuerdo con su percepción de estos personajes que nos roban, a manos llenas, mientras sonríen y hablan, hablan y sonríen. Contra ellos, contra el sistema que sostienen, De Diego, Presidente de la Plataforma de las Clases Medias, ha convocado un acto el 14 de Febrero en la madrileña Plaza de Colón. Llaman a la rebelión de la sociedad.

A pesar de las diferencias en la teoría política de los estados con la Plataforma de las Clases medias, acudiré y me sumaré a esa rebelión. Esperemos que lo sea en sentido estricto. Iré para eso.

Miguel Menéndez Piñar

viernes, 30 de enero de 2009

OBJECIÓN EpC

Seguimos dando vueltas a la controvertida asignatura de Educación para la Ciudadanía. Y creo que va para largo y será al final cuando podamos sacar conclusiones de verdad.

El problema tiene dos vertientes: individual y colectiva. Pero la concepción del mismo, desde la óptica militante del que quiere resolverlo, sólo puede ser tomada en sus causas. Se equivocan, y luchan en balde, aquellas buenas gentes que frente a este tipo de trances intentan sofocar a toda costa las consecuencias y se olvidan del origen. Porque la metástasis sólo se combate localizando el cáncer y acabando radicalmente con él. Si logramos la objeción con Educación para la Ciudadanía, ¿algo habrá cambiado en los colegios? ¿Serán mejores y más libres nuestros hijos? ¿Saldremos de los porcentajes abrumadores en fracaso escolar? ¿Tendrán una formación integral, basada en los valores y principios inmutables?

El sistema. Todo el sistema, sus cimientos y raíces, es el origen y la causa primera. El entramado que legitima, si así lo decide la mayoría, una guerra injusta en Irak, un genocidio permanente de niños o costear con dinero de todos a los maricones, sus fiestas y sus amputaciones.

La milicia católica no está llamada a reponer los parches repugnantes de un sistema horrendo sino a combatirlo hasta derribarlo para construir una nueva civilización, del ayer y del mañana, basada en el sacrificio y el amor, el trabajo y la justicia, la Verdad, la Patria y la Fe.

Hay que objetar. Por supuesto. Pero no sólo a EpC, sino al sistema entero. Hoy más que nunca, necesitamos el doble filo de la espada. A diestro y siniestro.

Miguel Menéndez Piñar

jueves, 29 de enero de 2009

EpC

La justicia en este país no existe. Y ya que no existe, ni los tribunales ni los jueces son legítimos porque no pueden, por ellos mismos y por el sistema, impartir justicia. No se puede esperar menos, ni más, de este montaje llamado democracia y sustentado en una constitución pagana, atea, ambigua. Escrita, en suma, a lo largo de un rollo de papel higiénico. Alguien equivocó su uso…

El Tribunal Supremo rechaza el derecho a la objeción de conciencia a la asignatura Educación para la Ciudadanía. Esa es la noticia del día y los debates en la calle se centran en ello. Pero los atropellos no han empezado ahora. Las agresiones no son nuevas. Contra la familia, el divorcio; contra la vida, el aborto; contra el matrimonio, los maricas; contra los niños, EpC.

Preparad las espadas, al cinto. La empuñadura impoluta para ser desenvainada.