martes, 19 de mayo de 2009

¡EN PIE!


Cuando se produce una agresión, en este caso a la Patria, flagelando la Fe que la dio vida y esplendor, despedazando la Historia forjada con los más penosos sacrificios, la postura de quienes nos sentimos españoles, a pesar de todo, es la de aquellos ángeles que un poeta y mártir describió a la entrada del paraíso. Una postura firme, erecta, portando en las manos espadas de combate, de vigilia, por cuánto allí se cobija. Ángeles que actúan y no hablan, que se alejan de la palabrería vana para empeñar sus fuerzas en el acto de servicio para el que son requeridos.

Esa postura urge adoptar. Aquella que vela en tensión los destinos de España, acompañando cada paso agonizante de la Patria por el camino hacia la muerte. Sólo así, junto a ella, sabrá la Historia de la existencia de un puñado de hombres, que en el siglo XXI mantuvo viva la llama del Patriotismo. Aquella antorcha que es llama y que llama. Que llama al calor de su entorno a los hijos desconcertados por la enfermedad de la madre.

Para cualquiera que sea el final nos ofrecemos. Si tras la agonía viniera el triste desenlace, podremos llorar a la muerte pues habríamos sabido combatir como hombres lo que otros como mujerzuelas entregaron por treinta monedas. Si por el contrario, la luz de la Victoria iluminara nuestro solar patrio, allí emocionados recordaríamos los sacrificios ofrecidos para que la gesta nunca más apremiara ser reconquistada. Allí nos encontraremos. Solos, quizás, frente a tanta impiedad, pasotismo, bajeza o traición. Pero sin renunciar al pasado que desde atrás nos sigue empujando. Sin menguar la acometividad de la contienda, pese a la soledad que nos envuelve, pues nos sabemos herederos de nuestros ancestros que fueron auténticos novios de la muerte. De la muerte por la Cruz y por la Bandera.

No podemos más que mirar al frente, visionar la Cruz que resplandece en el horizonte y levantarnos. Sí, puestos en pie, recitando el credo inmortal de España, avanzaremos sin importarnos quien nos acompañe. Ondeando se encuentra la enseña roja y gualda, resistiendo la tempestad que anhela su arriada. Pero mientras exista un solo español, orgulloso de su sangre y consecuente con su Credo, estará alzada la bandera. Y aquí estaremos nosotros, con España y para España, hasta que Dios nos separe de ella para unirnos a Él eternamente.


Miguel Menéndez Piñar

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