Mostrando las entradas para la consulta GAMBRA ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta GAMBRA ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

miércoles, 13 de enero de 2010

EN RECUERDO DEL "ADALID DE LA BUENA DOCTRINA", DON RAFAEL GAMBRA CIUDAD




ADALID DE LA BUENA DOCTRINA

El 13 de enero pasado murió Rafael Gambra Ciudad, y tengo que decir que me ha invadido una sensación de orfandad doctrinal. Creo, sin temor a equivocarme, que ha sido el más grande y el más fiel filósofo español de la segunda mitad del siglo XX, una época especialmente turbulenta también para la filosofía. Estoy convencido, y ejemplos abundantes tenemos en altas esferas, de que no puede haber recto pensamiento, sana doctrina, sin una buena filosofía. Y también de que no es posible una acción correcta sin un pensamiento adecuado.

Rafael Gambra es un adalid, el más importante en las últimas décadas, de la filosofía cristiana de siempre. Cómo olvidar esa magnífica síntesis que es su Historia Sencilla de la Filosofía. O el Curso elemental de Filosofía, del que han bebido varias generaciones de jóvenes españoles, y a cuya fuente hay que seguir acudiendo. Supo resistir a la nueva filosofía, perniciosa, impulsada por hombres como Maritain o Theilard de Chardin, que ha acabado por imponerse, momentáneamente, en el universo católico. Y que ha traído, como consecuencia, una nueva teología que se distancia del Magisterio tradicional de la Iglesia; una moral de situación, alejada de las normas objetivas; y, por último, la consiguiente secularización, casi total, de la vida pública de los hombres y de las sociedades.

Gracias a la rectitud de su filosofía pudo mantenerse Gambra, fiel en lo dogmático y en lo moral, y siguió proclamando siempre los deberes de la comunidad política para con la religión. Y, pese a que fue un hombre más de pensamiento, por cierto brillantísimo, que de acción, no dudó en acudir en defensa de la Fe a los campos de batalla, cuando sólo contaba con dieciséis años de edad. Le esperaba el Requeté, como buen navarro que era. Me consta lo mucho que sufría al contemplar el contraste entre la Navarra de entonces y la de hoy. Fue un carlista militante hasta el final de sus días. En Tradición y Mimetismo perfiló magistralmente el concepto de Tradición, como algo dinámico, que se enriquece con el paso del tiempo rescatando lo mejor del pasado para sumarlo a lo bueno del presente y lograr con ello un futuro mejor. Pienso que podemos encontrar fácilmente la esencia de la Tradición en la parábola de los talentos. Y creo que, aún cuando sea perfectamente lícito encuadrarse en uno de sus compartimentos, no debe rehusarse la contemplación de todo ese más amplio sector del pensamiento hispano que el profesor Francisco Torres ha definido últimamente como Tradicionalidad. Confieso que no logro encontrar más españoles (de proyección y repercusión nacional, se entiende), que hayan defendido expresamente en los últimos tiempos la aplicabilidad de la doctrina cristiana en todos los ámbitos de la vida, también el sociopolítico, que Rafael Gambra y Blas Piñar. Ellos fueron los abanderados, Blas Piñar en Las Cortes y Rafael Gambra fuera de ellas, de la resistencia a la primera gran incursión del liberalismo en la España contemporánea, con ocasión del debate sobre la Ley de Libertad Religiosa, en 1967. Y es que me parece que es un deber moral, sobre todo en tiempos difíciles, procurar una mínima unidad de acción entre los que, por pertenecer a esa Tradicionalidad, mantienen una unidad de pensamiento.

En su obra La Unidad Religiosa y el Derrotismo Católico dejaba constancia del cambio doctrinal, en el terreno católico, sobre los deberes de la comunidad política para con la Verdadera Religión, e incluso del retroceso anímico de aquél que comienza a hacer más concesiones al error que defensas de la Verdad.

En El Lenguaje y los Mitos denunció el juego de los vocablos, principalmente en la mutación de los conceptos, como trascendental instrumento para, alterando la mentalidad de las personas, provocar el cambio en la concepción de la existencia del hombre y, por consiguiente, en la razón de ser de los pueblos. Y tantos elementos más de una obra colosal que nos deja, cumpliendo maravillosamente ese deber de tradición.

Admirado profesor Rafael Gambra, que su magisterio le valga el premio eterno. Descanse en paz.

Camilo Menéndez
2004

viernes, 11 de julio de 2014

UN OLVIDO DE LA COMUNIÓN TRADICIONALISTA

La Comunión Tradicionalista y sus órganos oficiales (Agencia Faro, carlismo.es, …) han tenido un olvido. Leo que el 22 de Junio rescataron y publicaron un documento extraordinario y muy interesante: “El Carlismo y la Unidad Católica”, del 23 de Mayo de 1963, en torno a la cuestión tan dañina, especialmente para España, de la “Libertad Religiosa”, debatida por entonces en el Concilio Vaticano II y aprobada en la declaración “Dignitatis Humanae”. El texto oficial que presenta el mencionado documento, narra la defensa del principio de la “Unidad Católica” rechazando, por incompatibilidad, la “Libertad Religiosa”, cuyo proyecto de ley se debatió y aprobó en 1967 modificando el artículo 6º del Fuero de los Españoles. Puede leerse aquí http://www.carlismo.es/?p=3971

Esa defensa de la Unidad Católica fue ejercida por una veintena de procuradores en Cortes cuya máxima figura fue Blas Piñar. Blas Piñar convocó a la veintena de procuradores en Cortes que debían presentar las enmiendas en el debate sobre la Ley de Libertad Religiosa, cuyo “nihil obstat” había dado ya la Conferencia Episcopal, aunque sin unanimidad entre los obispos. Uno de los prelados que defendía la “Unidad Católica” fue el Arzobispo de Valencia, don Marcelino Olaechea, que junto a Blas Piñar trazó el plan de dotar al grupo de procuradores de argumentos para presentar las distintas enmiendas a los artículos de la ley. Para ello, don Marcelino constituyó una Comisión de Expertos en la materia que ejercerían de gabinete técnico a disposición de los procuradores. Esa Comisión de expertos fueron dos padres dominicos, Victorino Rodríguez y Alonso Lobo; dos jesuítas, Eustaquio Guerrero y Baltasar Pérez Argos; un pasionista, Bernardo Monsegú, y un sacerdote secular, Enrique Valcarce Alfayate.

Blas Piñar fue el primero de los procuradores en firmar las enmiendas y, por tanto, obligarse en el debate a defenderlas. Fue presionado para que se retirara del debate. Las presiones vinieron por parte de varios obispos e incluso del Ministro de Justicia Antonio María de Oriol y Urquijo, amén de innumerables amenazas e insultos por parte del progresismo. La bandera no podía arriarse y Blas Piñar la mantuvo ondeando al viento. Basta con acudir a las hemerotecas y ver las crónicas de aquel debate. Absolutamente todas se centran en Blas Piñar, desde las de ABC por parte de José María Ruíz Gallardón o Torcuato Luca de Tena, a las del Diario Ya, Pueblo, Informaciones o Arriba. Lideró con su preparación, sus conocimientos y su oratoria a aquel grupo de hombres que, tenazmente, y contra viento y marea, seguían defendiendo la doctrina tradicional de la Iglesia en el campo civil, jurídico y político.

Aquel debate fue tan tenso y tuvo tanta repercusión que, como bien cita la crónica de la Comunión Tradicionalista, se convocó una cena homenaje en el Restaurante “El Bosque” a los procuradores  don Ramón Albístur, don Agustín de Asís Garrote, don Agustín de Bárcena, barón de Cárcer, don José María Codón, don Luis Coronel de Palma, don Miguel Fagoaga, don Luís Gómez de Aranda, don Fermín Izurdiaga, don Jesús López Medel, don Lucas María de Oriol (se desmarcó del homenaje), don Blas Piñar y don Fermín Sanz Orrio. Ocuparon la presidencia en la cena, aparte de los procuradores, el marqués de Valdeiglesias, Roberto Reyes, el Padre Oltra y Rafael Gambra.

Rafael Gambra se encargó de homenajear a los procuradores con una intervención que fue coronada por una gran ovación y aplausos prolongados. Contestó, por parte de los homenajeados, Blas Piñar. Fueron los dos protagonistas de aquella cena que reunió, según las crónicas, a seiscientas personas. Hubo altercados durante la misma, siendo atacado el restaurante desde fuera rompiendo los cristales del salón con piedras y objetos contundentes.

Se adhirieron a la cena-homenaje Los Círculos Vázquez de Mella y las Hermandades de Ex Combatientes de los Tercios de Requetés, el Consejo Nacional de la Comunión Tradicionalista, el general Díaz de Villegas, Ignacio Romero Raizabal, los señores Lizarza, José Sequeiros, Ramón Tatay, María Amparo Munilla, González Quevedo, Pascual Agramunt, Abelardo de Carlos, Francisco A. Patiño Valero y el Arzobispo de Valencia, doctor Olaechea.

La crónica de la Comunión Tradicionalista no sólo omite el nombre de Blas Piñar, protagonista sin duda de aquellos años y de aquellos hechos, sino que llega a afirmar que el  “Carlismo se había quedado solo en la defensa del principio de la Unidad Católica”. Los párrafos anteriores demuestran que esa afirmación no es cierta.

No, no se puede hablar de la tensión en España entre la “Unidad Católica” y la “Libertad Religiosa” sin citar a Blas Piñar. Añado, además, que si se es partidario de lo primero y no de lo segundo, hay que hablar de Blas Piñar con profundo agradecimiento. Agradecimiento que, al menos, desde los órganos oficiales de la Comunión Tradicionalista, brilla por su ausencia.
La Comunión Tradicionalista, en su crónica, se pregunta, ¿qué es la “Unidad Católica”? Y responde con palabras de dos autores: el padre Victorino Rodríguez y Rafael Gambra. Yo también me pregunto: ¿Por qué citar a Blas Piñar al hablar de la Unidad Católica de España? Y me contesto a mí mismo escuchando decir a don Rafael Gambra: “Blas Piñar fue la gran figura de aquellos procuradores que supieron defender la Unidad Religiosa. Bien conocéis su gran lucha, la gran pelea que ha sostenido todos estos años. Vamos ahora a escucharle con la admiración y el fervor que se merece”. O leyendo la carta que el padre Victorino Rodríguez envió a Blas Piñar el 13 de Mayo de 1967 tras el debate de la “Ley de Libertad Religiosa”:

<<Querido amigo: Después del magnífico tratamiento del Proyecto de Ley sobre libertad religiosa en las Cortes, llevado tan principalmente y a tanta altura por Vd., le felicitamos y le damos las gracias, un servidor y otros muchos Profesores de esta Facultad Teológica (P. Arturo Alonso Lobo, P. Santiago Ramírez, P. G. Fraile, P. B. Marina, etc.) que hemos comentado en común sus intervenciones en los debates: con una fe tan sana y valiente, con tanta inteligencia y agudeza dialéctica, con tanto sentido de la responsabilidad católica y española. El futuro católico de España se lo agradecerá. Dios se lo pague. Un abrazo muy fuerte. P. Victorino Rodríguez.
OP>>.

No sirvan estas letras para enfrentar o menguar nuestras filas, ya casi irreductibles por su disminuido tamaño. Las hago públicas en honor a la verdad y con base en la justifica y, sobre todo, en el agradecimiento hacia la figura de Blas Piñar. Yo sí quiero formar en las escuadras de ese futuro católico de España del que habla el gran Victorino Rodríguez. Queden adjuntadas estas palabras a la crónica de la Comunión Tradicionalista para suplir el mencionado olvido.


Miguel Menéndez Piñar

domingo, 13 de julio de 2014

Blas Piñar - La Realeza de Cristo, presentado por Rafael Gambra



Conferencia de Blas Piñar "La Realeza de Cristo", presentado por don Rafael Gambra, quien nos invita a escuchar al orador "con la admiración y fervor que se merece".

- Hasta minuto 11:45 - Presentación de Rafael Gambra.
- Del minuto 11:45 hasta el final, conferencia de Blas Piñar.

jueves, 13 de enero de 2011

RECORDANDO A DON RAFAEL GAMBRA EN EL SÉPTIMO ANIVERSARIO DE SU MUERTE


CARLISMO Y "LIBERTAD RELIGIOSA"

El Carlismo ha defendido siempre la unidad religiosa de España. Más aún: esa unidad es la piedra angular del orden político que el Carlismo propugna. Cuando hace de Dios el primero de sus lemas no significa simplemente que cree en la existencia de Dios en el Cielo o que propone la religiosidad como norma de vida de sus adeptos. El trilema carlista no es un programa de vida personal, sino el ideario de un sistema político. La unidad católica, por lo demás, aunque a veces de forma incongruente con el régimen político, ha estado vigente en España desde tiempos de Recaredo, en el siglo VI, hasta la actual Constitución de 1978, con la sola excepción de los cinco años de la segunda República.

¿Qué es la unidad religiosa? Para mejor entendernos, digamos ante todo qué no es la unidad religiosa. No es, contra lo que muchos creen, coacción ni intolerancia. La fe no puede imponerse a nadie, ni moral ni siquiera físicamente, puesto que es una virtud infusa que Dios concede y que incide en lo más íntimo de cada alma. Tampoco debe ejercerse coacción alguna sobre el culto privado de otras religiones, ni sobre su práctica en locales o templos reservados, con tal de que no se exteriorice ni se propague públicamente, ya que en un Estado confesional la difusión de las religiones falsas debe considerarse como más dañina que la propagación de drogas o sustancias nocivas.

Más aún: el sistema tradicional aconseja el prudencialismo político de acuerdo con el cual el gobernante católico en cuyo pueblo estén arraigadas de hecho más de una confesión religiosa, debe basarse en lo que tengan de común esas religiones, y practicar la tolerancia de cultos. No es el caso de España, donde no existe otra religión ni histórica ni ambientalmente establecida más que la católica.

¿Qué significa entonces la unidad religiosa que el Carlismo propugna como primero de sus lemas? Simplemente, que la legislación de un país debe estar inspirada por la fe que se profesa –la católica en nuestro caso– y que no puede contradecirla; que las costumbres, en cuanto son influidas por la ley y la política del gobernante, debe procurarse que permanezcan católicas. Que la religión, en fin, debe ser objeto de protección por parte de la autoridad civil. Dicho de otro modo: que no se pueden dictar ni proponer leyes que contradigan a la moral católica –ante todo el Decálogo–, ni que atenten a los derechos y funciones de la Iglesia. Este fundamento religioso (religión es religación con un orden sobrenatural) es radicalmente opuesto al principio constitucional moderno, según el cual el poder procede del hombre, de su voluntad mayoritaria, y nada tiene que ver con Dios ni con el Decálogo, que sólo concierne a la vida privada de quienes profesan esa religión. Recordemos que el origen de nuestras guerras civiles –que siempre tuvieron un trasfondo religioso– los dos gritos que se oponían entre sí eran ¡Viva la Religión! y ¡Viva la Constitución!

La confesionalidad del Estado y la conservación de la unidad religiosa allá donde exista son, ante todo, una consecuencia del primer Mandamiento que nos prescribe amar a Dios sobre todas las cosas, y no sólo en nuestro corazón o privadamente, sino también las colectividades que formemos, familiares o políticas. En segundo término, es una necesidad para conservar el bien inmenso de una religiosidad ambiental o popular, de lo que depende en gran medida la salvación de las almas. En algunos momentos cumbre de la historia el Cristianismo se propagó de un modo súbito, cuasi milagroso: en el Imperio Romano en tiempos de los apóstoles, en la rápida cristianización de los pueblos bárbaros a la caída de Roma, en la difusión fulgurante de nuestra fe en la América española. Pero en lo demás la fe requiere ser mantenida con esfuerzo y evitarle peligros, al igual que debemos hacer con nuestra fe personal, y con la salud y el dinero, y cualquier género de bienes, que requieren ser guardados y preservados. Bajo un Estado laico la fe tiene que perderse, porque ese pueblo no merece la fe que ha recibido, y ello está a la vista en nuestra sociedad.

En segundo lugar, tampoco puede subsistir un gobierno estable que no se asiente en lo que Wilhelmsen ha llamado una "ortodoxia pública". Es decir, un punto de referencia que sirve de fundamento a la autoridad y a la obligatoriedad de las instituciones, las leyes, las sentencias. En rigor, si se establece la libertad religiosa (y el consecuente laicismo de Estado) resulta imposible mandar ni prohibir cosa alguna. ¿En nombre de qué se preservará en una tal sociedad el matrimonio monógamo? ¿Bajo qué título se prohibirá el aborto, la eutanasia y el suicidio? ¿Qué se podrá oponer al nudismo, a la objeción de conciencia, a las drogas o a la promiscuidad de las comunas?

Bastará que el afectado por el mandato o la prohibición apele a una religión cualquiera –incluso individual– que autorice tal práctica o la prohiba. ¿Y qué límite podrá poner el Estado a esa libertad religiosa si se la supone basada en "el derecho de la persona"? Quien desee divorciarse o vivir en poligamia no tendrá más que declararse adepto a múltiples religiones orientales, o al Islam, o a los mormones. Quien quiera practicar la eutanasia o inducir al suicidio, podrá declararse sintoísta. El que desee practicar el desnudismo público alegará su adscripción a la religión de los bantús, y los objetores al servicio militar buscarán su apoyo en los Testigos de Jehová. En fin, los que vivan en promiscuidad o se droguen, hallarán un recurso en los antiguos cultos dionisíacos o báquicos. La inviabilidad última de cualquier gobierno humano (que recurre simplemente a la fuerza) se hace así patente. La "libertad religiosa" es, por su misma esencia, la muerte de toda autoridad y gobierno.

Se objetará, sin embargo, que la Declaración Conciliar Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II ha propugnado la libertad religiosa y el consiguiente laicismo de Estado.

¿Qué hemos de pensar de esto los carlistas? A mi juicio, lo siguiente:

1.º.- El Concilio Vaticano II no es un concilio dogmático sino sólo pastoral, por propia declaración: por lo mismo, exento de infalibilidad.

2.º.- La libertad religiosa en el fuero externo al individuo contradice la enseñanza de todos los papas anteriores (uno de ellos santo) desde la época de la Revolución Francesa, y particularmente a la encíclica Quanta Cura de Pío IX que reviste las condiciones de la infalibilidad.

3.º.- La Declaración Conciliar se contradice a sí misma, puesto que afirma al mismo tiempo que deja intacta la doctrina anterior.

4.º.- Los amargos frutos de esa Declaración son bien patentes en la Iglesia y en la sociedad.

5.º.- Si esa Declaración hubiera de ser recibida como "palabra de Dios", al Carlismo no le quedaría más que disolverse, porque ha sido el último y más heroico empecinamiento en la defensa del régimen de Cristiandad.

Rafael Gambra

sábado, 16 de abril de 2011

PONENCIA DE DON JOSÉ MIGUEL GAMBRA SOBRE LA ACTUAL PERSECUCIÓN RELIGIOSA

Reproducimos a continuación las brillantes, claras y rotundas palabras de Don José Miguel Gambra, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, en el acto que tuvo lugar el pasado 14 de Abril, en la Facultad de Derecho, en respuesta a las profanaciones y sacrilegios cometidos en Madrid. Lean y difundan estas letras que son en realidad la arenga católica necesaria para una obligada reacción:

Agradezco a FORO su invitación para hablar en esta ocasión, felicito a D. Javier Esparza y a D. Ángel David Martín Rubio, por su brillante intervención, y doy las gracias a la Dra. Martínez Sicluna, que me ha introducido como miembro de esta universidad. Sin embargo, aunque estoy unido a ella desde hace treinta y tantos años como profesor, prefiero no presentarme de esa manera, sino como presidente del Círculo de Estudios Tradicionalistas Antonio Molle Lazo. Y no me quiero presentar como profesor de esta casa, porque los actos sacrílegos en ella realizados enturbian tanto el prestigio de esta que fue venerable institución, que pertenecer a ella ya no es para mí un honor. La totalidad de los méritos acumulados, durante más de quinientos años, por los sabios que han pertenecido a la Complutense no basta para enjugar la afrenta cometida en Somosaguas contra Nuestro Señor.

Dirán ustedes, sin duda, que esta apreciación es en extremo injusta, pues la Universidad Complutense no puede responsabilizarse de los desmanes cometidos por sus alumnos. No es así. Para convencerse basta ver las reacciones oficiales de sus autoridades: los actos sólo fueron condenados de manera formularia, las autores no han sido expedientados y las asociaciones que los han perpetrado no han sido ilegalizadas. Al contrario, se les han concedido los locales del centro de Madrid para que desde allí irradien su anticatolicismo a toda la ciudad convocando la procesión atea proyectada para el Jueves Santo.

Esta respuesta de las autoridades da la impresión de una cierta anuencia a las profanaciones y, si miramos antes y alrededor de esos incalificables actos, esa impresión se reafirma.

La legislación democratizante de tiempos recientes permite formar asociaciones estudiantiles y concede una importante representación de alumnos en los órganos de gobierno. Al principio, en la época de decadencia del marxismo tras el desfondamiento de la Unión Soviética, las asociaciones eran más o menos inocuas y había escasísima participación del alumnado en muchos órganos rectores. En los últimos años, el neomarxismo, que toma las formas de antiglobalización, de feminismo, de sexualismo antinatural o de movimientos antisistema, ha aprovechado esas facilidades para constituir asociaciones que, a su vez, han copado buena parte de la representación estudiantil en los órganos universitarios, la mayoría de las veces con un apoyo ridículo por parte del alumnado. La masiva abstención de los alumnos en las elecciones a representantes ha sido descaradamente utilizada por esas asociaciones para ocupar toda la representación en los órganos de gobierno, con un apoyo que, a veces, no supera el 5% y puede ser del 2% de los alumnos.

El poder de esas asociaciones ha crecido hasta el punto de ejercer una verdadera tiranía en algunas facultades; tiranía que está en proporción directa a la presencia de autoridades académicas de similar ideología. En políticas, cuyo decano ha defendido el sacrílego asalto a la capilla como “expresión de pluralidad de tendencias”, el desorden ha llegado a ser tal, que, hace unos días se han suspendido actos ya concedidos, porque podían no gustar a las asociaciones y porque el decano se ha sentido incapaz de asegurar que se desarrollen con normalidad. Y, durante el mandato del rector Berzosa, se ha extendido a toda la universidad la anarquía que ha convertido políticas en un verdadero zoco impresentable.

Así, en muchas facultades, so pretexto de libertad de expresión, se han hecho común el insulto más descarado a la religión y a las cosas más sagradas, sin que las autoridades hayan querido poner coto a ello, sea por temor sea por convencimiento. Los mismos órganos del rectorado han desoído sistemáticamente las denuncias que algunos hemos presentado, durante todos estos años, contra la práctica de poner carteles insultantes para la Iglesia y la religión. En cambio, cualquier denuncia por parte del feminismo radical ha sido presurosamente atendida, por lo menos en lo que yo he podido conocer.

A nadie se le escapa que, a un nivel más alto del poder, la era Berzosa ha coincidido con la era Zapatero. La poderosa mente de estadista que posee Zapatero le ha llevado a proponerse como programa de gobierno demostrar que es tan rojo como su abuelito. Por eso ha roto con todos los pactos implícitos alrededor de la constitución y se ha dedicado, con especial encono, no sólo a promulgar leyes contra la moral católica, como sus predecesores, sino a perseguir directamente a la Iglesia y a promocionar la cultura de la blasfemia. Cabe incluso conjeturar que el año de plazo que le queda antes de dejar el gobierno dedique a completar ese programa, de manera que posiblemente la persecución arrecie en los próximos meses.

¡No! los profanadores de Somosaguas y sus corifeos no son enfermos psiquiátricos, como han dicho algunos medios de comunicación. Los actos de las personajas que asaltaron la capilla no son sino la puesta en práctica de lo que les ha sido transmitido por el ambiente sostenido o tolerado muchas autoridades académicas y de lo que les ha transmitido la cultura subvencionada, y los medios de comunicación oficiales. Se trata de avanzadillas de jóvenes marxistas, similares a las que, so pretexto de libertad, se adueñaron de la universidad al final del régimen anterior, y que ahora, so pretexto de que la universidad sea pública, ya no defienden libertad alguna, sino que ejercen una auténtica dictadura popular que quiere expulsar de la universidad cuanto no coincida con sus presupuestos ideológicos, y especialmente a los católicos. Antes, por lo menos estaban rodeados del halo estético de quienes se oponen al poder, hoy no son más que serviles sicarios del poder político, que en los actuales sistemas bipartidistas -no nos engañemos-, deja a las izquierdas el gobierno de las mentes con tal de que éstas dejen al centro el poder económico. Es de suponer que el nuevo rector vestirá de uniforme y gorra de plato a estos sicarios y que los veremos paseándose por la universidad y vigilando las actividades contrarias a los ucases rectorales.

Los actos de Somosaguas se ha dicho que son teatrales, simbólicos y sin violencia. Pero tales actos, más o menos intelectualoides, son síntoma de lo que se avecina. En los madriles del trienio liberal, los cafés y ateneos estaban poblados de jovenzanos exaltados que adoptaban actitudes declamatorias entre bufas y blasfemas, con aplauso de las sociedades secretas que, de hecho, gobernaban el país. Pocos años después, en 1834, cuando ese ambiente penetró más allá de las élites intelectuales, la bufonada sacrílega se convirtió en matanza y despedazamiento de frailes, y en profanación y destrucción de iglesias, ante los cuales Martínez de la Rosa -un centrista de entonces- se lavó las manos y se limitó a lamentar lo ocurrido.

Los eclesiásticos, ante hechos de esta clase, empiezan, no sin razón, a poner sus barbas en remojo y echan de menos unas potentes ayudas que no les llegan de parte alguna. Sólo algunas instituciones de escasos medios y algunas personas aisladas les han prestado apoyo en esta tesitura, que probablemente se extenderá como un reguero de pólvora.

Su debilidad se ha visto propiciada por unos errores que vienen de lejos. Las autoridades eclesiásticas apostaron decididamente por la democracia en la transición y usaron de una autoridad, que no tenían, para exigir de los fieles que no formaran partidos ni grupos políticos católicos y que se conformaran con inspirar desde dentro los partidos laicos existentes. Y eso no fue sólo una tendencia de los eclesiásticos españoles, sino que venía de más arriba. Baste pensar que la legislación eclesiástica ha incluido la obligación a priori de pedir permiso a los ordinarios, o la autoridad eclesiástica competente, para que cualquier asociación pueda hacer uso del nombre de católicos. Y como ese permiso, de facto, no se concede sino a los demócrata-cristianos, el resultado es que hoy no hay partido fuerte alguno que defienda a la Iglesia, y los eclesiásticos andan tan desamparados en la selva política como niños perdidos en un bosque.

Agradecidos por la ayuda de los eclesiásticos, los partidos políticos de uno y otro signo, durante bastantes años, no acosaron para nada a la Iglesia. Las izquierdas, incluidas las más extremas, en parte por la propia decadencia mundial de esa ideología y, en parte, por lo asombrados que debían de estar ante la actitud de los jerarcas eclesiásticos, convivieron en relativa paz con ellos. Pero, desde Zapatero, el ensalmo se ha roto y, desparecida la tácita connivencia entre los eclesiásticos y el estado constitucional, el peligro anticristiano que este conlleva en esencia, ha aparecido con toda su crueldad.

Ante semejante situación cualquiera se preguntará ¿por qué no cambia de estrategia la Iglesia? Lo que pasa es que no se trata de una estrategia momentánea, sino de la aplicación de la absurda teoría del estado laico-cristiano, que es una opinión utópica, irrealizada e irrealizable, ajena a la tradición católica, que afecta a asuntos políticos en los cuales la jerarquía eclesiástica no tiene especial autoridad.

En la literatura generada por los acontecimientos de Somosaguas, se ha llamado repetidamente cobardes a sus autores, porque no se atreven a hacer con las mezquitas musulmanas lo mismo que con los templos católicos. Implícitamente se supone que los católicos no se van a defender. Verdad es que la religión católica dista mucho de la crueldad mahometana, lo cual no quita que el catolicismo español siempre haya sabido defender su religión, ya desde tiempos de la invasión musulmana hasta épocas más recientes. De hecho, la persecución a la Iglesia ha sido el principal acicate de muchas de las contiendas de los últimos siglos, desde la guerra de la convención a la guerra del 36, pasando por las de la independencia y las guerras carlistas.

Siguiendo el ejemplo de sus mayores, el catolicismo español, por amor a Dios y a la Iglesia, tiene que recuperar la influencia política que por su número le corresponde. Y, por paradójico que parezca, tiene que empezar por abandonar el clericalismo que le tiene paralizado. Es de toda evidencia que no bastan denuncias, recogidas de firmas y manifestaciones. Es de vital urgencia que los católicos hallen la vía de asociarse, con o sin el beneplácito de las autoridades eclesiásticas, porque la función de éstas no es organizar la sociedad civil, sino transmitir la doctrina social, en consonancia con la tradición, señalar el error e intervenir en lo que afecte a asuntos espirituales.

Hay que adherirse a las organizaciones y partidos que defienden la integridad de la tradicional doctrina social de la Iglesia, con el fin de evitar en nuestro país la barbarie anticatólica que empieza a aflorar, y cuyas imprevisibles consecuencias pueden ser de la mayor gravedad. La incapacidad de los eclesiásticos no nos exonera de la obligación de defender a Dios. Hay que romper con el voto cautivo de los católicos y restar apoyo a los partidos que se reparten el poder. Dentro de la legalidad humana vigente, ése es el único camino efectivo.

Pero, si la ley humana falla y esto sigue así, los católicos deberemos hacer cuanto permita la ley de Dios en defensa de Nuestro Señor y de la Iglesia, empezando por acudir a la procesión blasfema de Jueves Santo, por ponerse delante y, luego, pues ¡a ver qué pasa! Lo exige nuestra fe, lo exige nuestro amor a España y lo exige el honor mismo que merece Dios.

José Miguel Gambra
14 de Abril de 2011
Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid

lunes, 8 de marzo de 2010

CARTA DE DON JOSÉ MIGUEL GAMBRA

Estimado amigo:

Recientemente he sido nombrado Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista. Desearía, en semejante tesitura, ponerme a tu disposición para cuanto redunde en beneficio de nuestra causa que, como sabrás, se resume en el lema Dios, Patria, Fueros y Rey. Como esa causa resulta, para muchos, desconocida y, cuando se conoce, es frecuente tener de ella una visión distorsionada, quisiera aprovechar esta ocasión para hacerte unas breves consideraciones.

Pocas doctrinas políticas habrán sido tan denostadas como el carlismo, en los tiempos que corren. Muchos no ven en él más que una supervivencia atávica de recuerdos obsoletos, cuando no lo identifican con meras cuestiones de preferencias dinásticas; otros, fieles a los manuales de la historia oficial, lo confunden con una caricatura del absolutismo derrocado por el liberalismo y la democracia. No faltan los que mezclan el carlismo con los orígenes del separatismo, ni quienes lo asimilan a doctrinas fascistas, más o menos pasadas por agua; y los hay --o ha habido-- que se dicen carlistas por socialistas autogestionarios o porque confunden el carlismo con cierto clericalismo, de larvadas inclinaciones demócrata-cristianas.

Denostado por tantos y de manera tan contradictoria, ¿no se te ha ocurrido pensar que, precisamente por ello, el carlismo tiene virtudes insoportables para nuestra decadente sociedad? Amañado por tantos otros, y en direcciones tan dispares ¿no te sugiere eso que la doctrina carlista oculta tesoros de sabiduría, de prestigio y arraigo social que merecen ser instrumentalizadas? Y es que el pensamiento carlista no coincide con ninguna de esas doctrinas que vulgarmente se le achacan, aunque de todas tenga un poco.

El carlismo no es fruto de una invención transeúnte de una escuela filosófica, que la haya elaborado para resolver los problemas sociales o políticos de un momento dado. Al contrario, es el resultado de toda la sabiduría política, recogida y depurada por el cristianismo a lo largo de muchos siglos. Sabiduría ya presente en filósofos paganos, como Aristóteles, decantada y perfeccionada por los padres de la Iglesia, como San Agustín, por filósofos, como Santo Tomás y los grandes pensadores de la escolástica española. Decaída y medio olvidada, tras las necedades prerrevolucionarias del s. XVIII y las subsiguientes perversidades revolucionarias, fue lentamente reconstruida y acomodada a las nuevas circunstancias por los pensadores tradicionalistas españoles, en perfecta consonancia con las encíclicas pontificias del s. XIX y principios del s. XX. En otras palabras, el pensamiento carlista no es sino la que se llamaba "doctrina social de la Iglesia", hasta los tiempos en que casi ha logrado destruirla el modernismo eclesiástico. Doctrina social universal e imperecedera, de la que el carlismo constituye su aplicación a las costumbres y tradiciones de nuestra patria, y que sólo la dinastía carlista ha mantenido incólume hasta hoy, sin tolerar en sus miembros que la legitimidad de origen prevalezca sobre la de ejercicio.

Esta egregia doctrina --dije antes-- algo tiene de cuanto le achacan. ¿Absolutista? Algo, pero bien escaso, porque no admite ni la intromisión del poder real en las prerrogativas eclesiásticas, ni forma alguna de despotismo; pero sí reconoce al REY un ámbito de poder exclusivo, limitado, sin embargo, por el poder de las sociedades inferiores y sometido a los dictados de la ley natural y de la Iglesia. ¿Separatista? No en cuanto proponga secesión alguna, pero sí en cuanto reconoce, frente al uniformismo racionalista, las peculiaridades de los reinos, regiones y municipios, cuyos FUEROS debe jurar el rey legítimo. ¿Socialista? No, desde luego porque defienda forma alguna de totalitarismo, pero sí es lo que Mella llamaba "sociedalista": más sociedad y menos estado. ¿Fascista? Misma respuesta en lo que al estatismo se refiere, pero además coincide con él en su declarado amor a nuestra PATRIA, sin necesidad de divinizarla o hipostatizarla, como hace algún falangismo. Más aún, el carlismo comulga con los anteriores en el odio al capitalismo, nacido de la destrucción de los estamentos del antiguo régimen y fuente de innumerables males e injusticias, contra el cual propone no una revolución, sino una restauración ¿Demócrata cristiano? Católico, sin duda; demócrata también, pero no a la manera en que estamos acostumbrados, con elecciones de partidos obsequiosos en los programas y tiránicos en el poder, sino a la manera de las cortes, cuyos miembros son elegidos por estamentos, entre personas conocidas que, a modo de compromisarios, defienden los intereses de municipios, gremios, regiones y reinos, y no los del partido.

Algo de cada cosa tiene, pero no es un amasijo ecléctico de todo ello. Al contrario, son esas doctrinas, erradas por parciales y desmesuradas, las que, desgajadas del tronco lleno de savia y vitalidad del pensamiento social clásico, se han convertido en nocivas ramas muertas, sólo de lejos parecidas a las del árbol. El todo de esta doctrina es infinitamente superior a la suma de sus partes, pues cada pieza se unifica con las otras y se vivifica porque todas han de tender al bien común de la sociedad y, en última instancia, al bien común del hombre que sólo en DIOS reside.

De suyo esta doctrina es imperecedera, porque hunde sus raíces en la naturaleza social del hombre y ha sido refrendada por el magisterio eclesiástico, que no puede cambiar ni corromperse. Pero sí puede desdibujarse en la conciencia humana y desaparecer por completo en una sociedad. El carlismo, derrotado en tres guerras mantuvo, sin embargo, una admirable vitalidad. Paradójicamente, tras su victoria en la Cruzada del 36, su situación ha terminado por serle mucho más desfavorable, en parte por el maltrato que sufrió durante el régimen franquista, pero, sobre todo, por la defección de los eclesiásticos progresistas que, desde la década de los sesenta, han desautorizado sistemáticamente la concepción del estado confesional, han propugnado la libertad de cultos y han tergiversado la doctrina de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo. Ante este desconcertante hecho, que atenta contra el principio fundamental en que confluye todo el pensamiento social de la Iglesia y del tradicionalismo, cada carlista tiró hacia donde se le ocurrió y surgieron así esos absurdos "carlismos" socialistas, separatistas o demócrata-cristianos de que antes hablé.

Hoy, sólo la Comunión Tradicionalista, con su Abanderado, Don Sixto Enrique de Borbón, al frente, mantiene en su integridad la doctrina carlista; sólo desde sus filas se estudia y se propaga, sin rehuir la acción política. De unos años a esta parte, su reduplicada actividad se ha plasmado en innumerables actuaciones de las que hallarás un elenco en la hoja adjunta. También podrás informarte de nuestras próximas convocatorias, empezando por la Misa que se celebrará el próximo 10 de marzo, en la festividad de los Mártires de la Tradición.

Te ofrezco estas simples consideraciones para invitarte a que te unas a nosotros. La Comunión Tradicionalista necesita apoyo, trabajo y todo tipo de ayudas. Y la necesita tanto como a ella la necesitas tú, católico que asqueado tiras al suelo el periódico y estragado apagas el televisor cuando dan las noticias. Porque somos naturalmente sociables y no podemos mantenernos en la verdadera doctrina ni a solas, ni son el solo apoyo del entorno familiar.

Atentamente:


José Miguel Gambra
Jefe de la Secretaría Política de S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón

jueves, 26 de marzo de 2009

LA PATRIA EN TENSIÓN


El tiempo enfría el pensamiento, la voluntad y hasta la sangre. Lo hace siempre que aquellos que custodian la Verdad, la Fe y la Historia traicionan su misión protectora y usurpan la herencia sagrada a las generaciones del mañana, pisoteando, sin escrúpulos, el patrimonio perenne que supieron forjar nuestros mayores.

Vivimos el invierno más crudo que ha conocido nuestra Patria a lo largo de su bimilenaria historia. Jamás, como hoy, abundaron los traidores viandantes de nuestros caminos que campean con sus desvaríos proclamados como política de estado. Nunca se encontró la Patria tan sola ante sus feroces enemigos que, a zarpazos, dividen sus tierras, sus gentes y sus clases. En ningún tiempo se pudo observar cuán dañino es el olvido del pasado, repitiéndose ahora tan descarado, al menos, como antaño. Y parace, por añadidura, que hemos replegado nuestras fuerzas y pactado nuestra derrota en aras de la debilidad del pueblo claudicante y tibio.

El ataque es mortal. Lo es porque dispara contra la fuente estimulante de la Patria hiriendo de gravedad los órganos vitales que la vivifican. Y porque los defensores que debían repeler la agresión abandonaron su puesto de guardia por cobardía o traición. Unos, en quién se mantuvo la esperanza de muchos mientras permanecían en su sitio; en otros, el disimulo era incompatible con su espíritu turbio y malvado. El resultado lo tenemos a la vista. Y ya hace años que no faltaron gentes, aunque ciertamente no abundaron, que profetizaban los daños irreversibles que sufriría la Patria a causa del enfriamiento, primero, y del desecho, después, del alma nacional. Obispos, hablando como corresponde sí sí, no no, en la norma evangélica, muy pocos. Don José Guerra Campos. Un Obispo, valiente y santo. Santo por ser valiente entre otras cosas. Que llamó al pan, pan, y al vino, vino. Que condenó a los perjuros, a los divorcistas, a los abortistas, a los servidores del maligno todos ellos, en su papel de actores o colaboradores, llamándoles pecadores públicos – recuérdese auquello de Cristo: “al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino y lo hundiesen en el fondo del mar” (Mat 18,7)-. Que custodió, Guerra Campos, la bandera insigne de la Verdad al desarrollar un pensamiento católico arrinconado en el baúl de ningún recuerdo. Que empuñó, como pedía Cristo en la última cena, la espada de la Fe (Lc 22,36), manteniento recta su postura, con la voluntad ferrea del “doble coraje en tiempos malos” del Cardenal Pie. Que no sólo no se olvidó de la Historia, sino que supo mantenerla viva en muchos españoles ejemplarizándoles con la sangre aún caliente de los mártires que no hacía muchos años la habían derramado por Dios y por España. Sacerdotes, gracias a Dios, los hubo y los hay. Pocos, pero mágnificos formadores de católicos fieles al Dogma, a la Moral, a la Liturgia, a la Disciplina. Seglares, algunos más. Allí estuvieron o siguen estando Blas Piñar, imprimiendo una fuerza nueva en los tejidos vitales del pueblo, en sus tres vertientes esenciales, bajo el lema Dios, Patria, Justicia. Rafael Gambra, bastión seguro de doctrina y magisterio, de confesionalidad católica, pública y social. Y muchos otros que el espacio me priva de nombrar, pero que su recuerdo sigue vivo y presente.

El enemigo, a pesar de la escasa, pero valiosa resistencia, penetró hasta el último rincón de la fortaleza. Y día tras día lo sufrimos. Nos envuelve el alma la turbación apagando el fuego de la reacción ante la enfermedad cancerígena que sufre España.

Hoy mueren asesinados miles de niños inocentes en el vientre de sus madres. Asesinato que protege la ley y el estado. Hoy la homosexualidad ha dejado de ser enferma y se ha convertido en virtud demócratica de primer orden. Hoy los transexuales lucen el tricornio de Guardia Civil como el mayor Honor de una Divisa nueva. Hoy el ejército pasó de ser el brazo armado de la Patria a los zapatos más viejos de cualquier político vendepatrias. Hoy el rojo y gualda ya no es la bandera gloriosa de una gran nación, ni siquiera la simple mortaja de algún buen hijo. Hoy ya no se besa la bandera, sólo se la escupe y se la pisotea aunque esté empapada por la sangre de muchos de los nuestros. Hoy la unidad de la Patria ya no es ningún bien sagrado e inextimable sino la opresión más cruel a las diferentes nacionalidades históricas. Hoy la Cruz ya no redime y santifica, sólo conspira y enfrenta la Fe con el avance, las creencias medievalistas con el progreso humano. Hoy la Iglesia no es Madre ni Maestra pues impera la apostasía generalizada y no se reconoce la autoridad Petrina.

Se tambalea la sociedad por el agrietamiento de los pilares que la sustentan. Fruto de ello, la angustia y la preocupación incrementan. La soledad se cierne sobre nuestros hermanos que no encuentran respuesta a sus problemas. No hay solución ya que nadie tiene interés en el diagnóstico. Con la imposición del egoísmo se suprimió el carácter racional y social del hombre, adentrándose en la dimensión nihilista, hedonista y consumista. Los instintos del “yo” se posicionan sobre el semejante, los padres, la familia, la Patria y Dios. Nada importa la realidad de conjunto, las aspiraciones colectivas, los esfuerzos sumados, el espíritu nacional o la tributación social en el reconocimiento de la Verdad siempre Crucificada. Han confiscado su futuro en la Patria, la terrena y la celeste. Les han robado los talentos del Evangelio que no son otros que la Verdad, la Fe y la Historia.

Pero hay esperanza. Esperanza que reside en la Eternidad que visiona la tierra desde la perspectiva divina que todo lo envuelve, desde el cruce perfecto de dos maderos donde colgaron la Salvación del hombre. Es la visión que recoge el pasado, la sangre derramada y los sacrificios de nuestros ancentros. Que mira al mañana y se apiada de las generaciones que vienen. Una mirada cuyos ojos iluminan con el brillo estelar, fulgurante, del que es la Verdad, de la Fe en sí misma, del que cambió la Historia del hombre elevándola hacia las metas sublimes antaño perdidas. A Él es a quien pertenece la victoria. Dios quiera que nos sea otorgada, también en esta vida. Pero, repito, no es nuestra. A nosotros pertenece la gloria, el honor, la gracia de la lucha. Siendo fieles a nuestro deber como patriotas, nos convertiremos en paradigmas de una Causa cobardemente entregada, que fue ganada con valentía tantas veces. Pero allí donde vayamos, no buscaremos la Victoria sino que ofreceremos la vida y la muerte para que ésta venga a nosotros.

Por eso la reacción es justa. Es necesaria. Es obligatoria. En la ascética militante, la que nos corresponde, sobre todo a la juventud, no hay más camino que el combate. El de San Pablo empuñando la espada de la Fe por Cristo. Y el de San Fernando, esgrimiendo el acero físico e inflexible por España. Ambos al mismo tiempo. Sólo así el espíritu es espuela para la carne y somete todo a la voluntad. La voluntad que todo lo enfrenta con tal de servir a la Verdad, atreviéndose el hombre si corresponde, como sostenía el requeté.

Al contemplar esta España sangrante por las fisuras de su división, abocada a las más bajas cotas de inmoralidad, perpetuadas en las leyes injustas que nos imperan, hacemos eco de Su Santidad Benedicto XVI, ante el cual nos postramos sumisos rindiendo pleitesía, que acaba de recordarnos en su reciente encíclica “Deus Caritas est” las palabras de San Agustín: “Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones”. Así hay que entender a esta sociedad, manejada y manipulada por esta banda y sus secuaces, que ya no sólo no defienden la Patria, como es su misión, sino que la ultrajan y desgarran, la infectan de contaminantes políticas para que en su trance de muerte sea rematada por sus enemigos más declarados.

Así está España. En tensión. No la tensión necesaria y fervosora para la vigilia, sino la delirante tensión que precede al desgarramiento. Por eso hay que posicionarse. Aquellos que con España estén dispuestos a escoltarla, ahí tienen el camino. Un camino duro, inflexible, sacrificado. Un camino lleno de lágrimas, sudor y hasta de sangre. Ruta que atravesaron nuestros mayores, también en épocas dificiles, en aras de la grandeza del Pueblo y del Santuario. No es travesía de recompensas sino de ofrecimientos, de la vida y de la muerte.

Nadie que ame a España espere reconocimientos, alfombras rojas o medallas. No en esta vida. Tendrá, eso sí, algo más austero. El pecho descubierto y el rostro azotado por el frío viento. El privilegio de cabalgar junto a la Verdad. La conciencia serena y tranquila. El deber y la oblicación cumplidos ante la Historia. Y esa Fe inmortal, por ser eterna, que es capaz de mover montañas, de montar guardia firme a pesar de la nevada gélida o de acaudillar una legión de hombres bajo un Credo ascético y militante, místico y guerrero.

Frente a la tensión interna y externa que sufre España, descuartizando cuanto de sublime posee, ofrecemos la tensión de nuestro espíritu, la predicación de la Verdad, oportuna e inoportunamente, la supremacía de la Fe que todo lo reconstruye y el ejemplo perpetuo de la Historia, la de España, que fue forjada por aquellos santos, heroes y mártires, paladines y caudillos, que clamaron al Cielo por sus fuerzas, en el Pilar o en Covadonga, en Guadalupe o en el Alcázar de Toledo, y que desde allí ahora nos exhortan en reconquistar España. Con ellos, bajo su Bandera, nuestra militancia. Por Su Reinado, nuestro combate.

Miguel Menéndez Piñar




martes, 14 de abril de 2009

LA MORAL DEL SIGLO XXI

LA MORAL DEL SIGLO XXI

“ABC” publicó un artículo de Luis Racionero bajo el título “El origen de los valores”. Según su autor, toda sociedad histórica ha tratado de fundamentar los valores y normas morales y jurídicas vigentes en ella en una instancia superior metafísica que, en la Europa anterior al siglo XIX, fue siempre la religión cristiana. El que mandaba y el que reprimía u ordenaba su conducta lo hacía siempre, no por un simple imperativo jurídico humano, sino porque tal era la voluntad de Dios reflejada en el orden natural. Durante siglos —dice Racionero— “el cristianismo logró ordenar el individualismo bárbaro bajo la férula de la cristiandad, imponiendo unos valores tomados de la Biblia y de los Evangelios, sancionados por las penas del infierno o los deleites del paraíso, y, si esto no bastaba, por la Inquisición y el brazo secular a sus órdenes”.

“El siglo de las Luces —añade— acabó con esto, y propuso la idea de un imperativo categórico de la razón, creyendo que, cuando se diese educación a la gente, ésta actuaría de modo razonable”. Las atrocidades bélicas y revolucionarias de los siglos XIX y XX no han confirmado ciertamente estos augurios, y una pléyade de sombríos diagnosticadores de nuestra época —desde Spengler hasta Koestler— confluyen en la necesidad de establecer una “escala de valores” de común aceptación que sirvan de referencia obligada a las leyes y las conductas. Su fundamentación en la ciencia le parece a Racionero imposible, dada la continua evolución de la misma. Ortega y Gasset y la escuela axiológica han tratado de conferir (o reconocer) objetividad a los valores, que serían así elementos de la realidad y no meras reacciones sentimentales o afectivas del sujeto.

Este ensayo de una moral laica, pero objetiva y estable, sería muy deseable, según nuestro autor, pero sucede que los valores sólo sirven para discutirlos, propagarlos o intentar “superarlos”.

La única solución sensata en orden al próximo milenio sería —para él— llegar a una escala de valores mediante el consenso. Existen —dice— una serie de normas y sentencias de general admisión por los humanos (conócete a ti mismo, nada en exceso, el Hombre es un fin en sí mismo, ama a tu prójimo, no hagas lo que no desees para ti, etc.), cuyos autores son hombres como Sócrates, Protágoras, Jesucristo, Kant, Teilhard… Si toda la humanidad conviniera en esos imperativos tendríamos un decálogo humanista y filantrópico perfectamente estable y universal.

Lo malo sería alcanzar ese consenso. Habría que apelar a novelistas como Rousseau para que lo imaginaran y escribieran. Además, aunque el imposible se diera, ¿cómo lograr que cada hombre aceptara los sacrificios o los esfuerzos inmensos (a veces la muerte o la ruina) que el cumplimiento de la moral exige, si ésta se basa sólo en un acuerdo meramente voluntario, humano, perfectamente discutible y discutido en el que él seguramente no ha participado?

Por otra parte, el ensayo ya se hizo en España hace cerca de dos siglos. En esto fuimos pioneros. La Constitución de 1812 fue el primer fruto de una Asamblea Constituyente (convención o consenso) a imitación de la Revolución francesa. En ella se establecía que los españoles habrían de ser “justos, honrados y benéficos”. Tan ambicioso imperativo ha servido de general pitorreo hasta nuestros días. Quizá la última década socialista que hemos vivido sea el mejor contraste del cumplimiento de aquel imperativo constitucional.

Yo no sé cuándo ni cómo el hombre moderno no creyente dispondrá para regular su conducta de algo que no sea la normativa legal positivista, ni si esa reconquista se hará por una inspiración superior, sobrenatural, o mediante trágicas experiencias históricas. Sólo sé que esa normativa superior habrá de ser necesariamente religiosa y, por supuesto, nuevamente cristiana. Todo lo demás son historias para escribir ensayos.


Rafael Gambra
16 de septiembre de 1995.

jueves, 7 de abril de 2011

¿VUELVE LA PERSECUCIÓN CONTRA LA IGLESIA?


Adhesiones al acto en defensa de la libertad de la Iglesia.

Todos quisiéramos que no hubiera sucedido, pero ahí están la profanación de la capilla de Somosaguas y el anuncio, sin reacción gubernativa alguna, de la procesión anticristiana de Jueves Santo. ¿Eres de los que quieren pensar que sólo es una gripe primaveral que, tan pronto como ha venido, se irá? ¿Piensas que el sistema gubernativo actual tomará las medidas adecuadas para detener la proliferación de tan repugnantes actos? ¿Crees que las denuncias tendrán algún efecto? ¿Eres de esos que cierran el periódico o cambian de canal, cuando oyen noticias como esas? O, en fin, ¿eres consciente de que algo no ha hecho más que empezar, y no sabes qué hacer o pensar?

El próximo día 14, JUEVES, a las 12:30, en la FACULTAD DE DERECHO de la UCM, MESA REDONDA con el título: ¿VUELVE LA PERSECUCIÓN CONTRA LA IGLESIA? Se hablará con claridad de todo eso, se analizará la situación actual de la persecución anticatólica, y se extraerán las lecciones de la historia.

Intervendrán: doña Consuelo Martínez-Sicluna, el Padre Ángel david Martín Rubio, don José Javier Esparza y don José Miguel Gambra.

Acto convocado por la Asociación Foro Universitario Francisco de Vitoria, en enérgica protesta por los actos sacrílegos recientemente cometidos en las capillas de la UCM y, en general, por la persecución que sufre la Iglesia católica en nuestra universidad y en España. Los resultados, se podrán ver próximamente en: w w w . f o r o u n i v e r s i t a r i o f v . b l o g s p o t . c o m

martes, 9 de junio de 2009

CARLISMO Y "LIBERTAD RELIGIOSA"


El Carlismo ha defendido siempre la unidad religiosa de España. Más aún: esa unidad es la piedra angular del orden político que el Carlismo propugna. Cuando hace de Dios el primero de sus lemas no significa simplemente que cree en la existencia de Dios en el Cielo o que propone la religiosidad como norma de vida de sus adeptos. El trilema carlista no es un programa de vida personal, sino el ideario de un sistema político. La unidad católica, por lo demás, aunque a veces de forma incongruente con el régimen político, ha estado vigente en España desde tiempos de Recaredo, en el siglo VI, hasta la actual Constitución de 1978, con la sola excepción de los cinco años de la segunda República.

¿Qué es la unidad religiosa? Para mejor entendernos, digamos ante todo qué no es la unidad religiosa. No es, contra lo que muchos creen, coacción ni intolerancia. La fe no puede imponerse a nadie, ni moral ni siquiera físicamente, puesto que es una virtud infusa que Dios concede y que incide en lo más íntimo de cada alma. Tampoco debe ejercerse coacción alguna sobre el culto privado de otras religiones, ni sobre su práctica en locales o templos reservados, con tal de que no se exteriorice ni se propague públicamente, ya que en un Estado confesional la difusión de las religiones falsas debe considerarse como más dañina que la propagación de drogas o sustancias nocivas.

Más aún: el sistema tradicional aconseja el prudencialismo político de acuerdo con el cual el gobernante católico en cuyo pueblo estén arraigadas de hecho más de una confesión religiosa, debe basarse en lo que tengan de común esas religiones, y practicar la tolerancia de cultos. No es el caso de España, donde no existe otra religión ni histórica ni ambientalmente establecida más que la católica.

¿Qué significa entonces la unidad religiosa que el Carlismo propugna como primero de sus lemas? Simplemente, que la legislación de un país debe estar inspirada por la fe que se profesa –la católica en nuestro caso– y que no puede contradecirla; que las costumbres, en cuanto son influidas por la ley y la política del gobernante, debe procurarse que permanezcan católicas. Que la religión, en fin, debe ser objeto de protección por parte de la autoridad civil. Dicho de otro modo: que no se pueden dictar ni proponer leyes que contradigan a la moral católica –ante todo el Decálogo–, ni que atenten a los derechos y funciones de la Iglesia. Este fundamento religioso (religión es religación con un orden sobrenatural) es radicalmente opuesto al principio constitucional moderno, según el cual el poder procede del hombre, de su voluntad mayoritaria, y nada tiene que ver con Dios ni con el Decálogo, que sólo concierne a la vida privada de quienes profesan esa religión. Recordemos que el origen de nuestras guerras civiles –que siempre tuvieron un trasfondo religioso– los dos gritos que se oponían entre sí eran ¡Viva la Religión! y ¡Viva la Constitución!

La confesionalidad del Estado y la conservación de la unidad religiosa allá donde exista son, ante todo, una consecuencia del primer Mandamiento que nos prescribe amar a Dios sobre todas las cosas, y no sólo en nuestro corazón o privadamente, sino también las colectividades que formemos, familiares o políticas. En segundo término, es una necesidad para conservar el bien inmenso de una religiosidad ambiental o popular, de lo que depende en gran medida la salvación de las almas. En algunos momentos cumbre de la historia el Cristianismo se propagó de un modo súbito, cuasi milagroso: en el Imperio Romano en tiempos de los apóstoles, en la rápida cristianización de los pueblos bárbaros a la caída de Roma, en la difusión fulgurante de nuestra fe en la América española. Pero en lo demás la fe requiere ser mantenida con esfuerzo y evitarle peligros, al igual que debemos hacer con nuestra fe personal, y con la salud y el dinero, y cualquier género de bienes, que requieren ser guardados y preservados. Bajo un Estado laico la fe tiene que perderse, porque ese pueblo no merece la fe que ha recibido, y ello está a la vista en nuestra sociedad.

En segundo lugar, tampoco puede subsistir un gobierno estable que no se asiente en lo que Wilhelmsen ha llamado una "ortodoxia pública". Es decir, un punto de referencia que sirve de fundamento a la autoridad y a la obligatoriedad de las instituciones, las leyes, las sentencias. En rigor, si se establece la libertad religiosa (y el consecuente laicismo de Estado) resulta imposible mandar ni prohibir cosa alguna. ¿En nombre de qué se preservará en una tal sociedad el matrimonio monógamo? ¿Bajo qué título se prohibirá el aborto, la eutanasia y el suicidio? ¿Qué se podrá oponer al nudismo, a la objeción de conciencia, a las drogas o a la promiscuidad de las comunas?

Bastará que el afectado por el mandato o la prohibición apele a una religión cualquiera –incluso individual– que autorice tal práctica o la prohiba. ¿Y qué límite podrá poner el Estado a esa libertad religiosa si se la supone basada en "el derecho de la persona"? Quien desee divorciarse o vivir en poligamia no tendrá más que declararse adepto a múltiples religiones orientales, o al Islam, o a los mormones. Quien quiera practicar la eutanasia o inducir al suicidio, podrá declararse sintoísta. El que desee practicar el desnudismo público alegará su adscripción a la religión de los bantús, y los objetores al servicio militar buscarán su apoyo en los Testigos de Jehová. En fin, los que vivan en promiscuidad o se droguen, hallarán un recurso en los antiguos cultos dionisíacos o báquicos. La inviabilidad última de cualquier gobierno humano (que recurre simplemente a la fuerza) se hace así patente. La "libertad religiosa" es, por su misma esencia, la muerte de toda autoridad y gobierno.

Se objetará, sin embargo, que la Declaración Conciliar Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II ha propugnado la libertad religiosa y el consiguiente laicismo de Estado.

¿Qué hemos de pensar de esto los carlistas? A mi juicio, lo siguiente:

1.º.- El Concilio Vaticano II no es un concilio dogmático sino sólo pastoral, por propia declaración: por lo mismo, exento de infalibilidad.

2.º.- La libertad religiosa en el fuero externo al individuo contradice la enseñanza de todos los papas anteriores (uno de ellos santo) desde la época de la Revolución Francesa, y particularmente a la encíclica Quanta Cura de Pío IX que reviste las condiciones de la infalibilidad.

3.º.- La Declaración Conciliar se contradice a sí misma, puesto que afirma al mismo tiempo que deja intacta la doctrina anterior.

4.º.- Los amargos frutos de esa Declaración son bien patentes en la Iglesia y en la sociedad.

5.º.- Si esa Declaración hubiera de ser recibida como "palabra de Dios", al Carlismo no le quedaría más que disolverse, porque ha sido el último y más heroico empecinamiento en la defensa del régimen de Cristiandad.

Rafael Gambra

martes, 3 de mayo de 2011

BAJO EL PODER...


Siempre hemos dicho al recitar el Credo o Símbolo de la Fe que Nuestro Señor Jesucristo padeció “bajo el poder de Poncio Pilato” (sub Pontio Pilato). No deja de resultar sorprendente que se mencione en tan alta ocasión a un mero gobernador romano de provincia que no buscó ni deseó la muerte de Jesús —que trató de eludirla—, y no a Herodes o a Caifás o a los Príncipes de los Sacerdotes que la promovieron y consiguieron, o a Judas que lo entregó, o, en otro caso, al Emperador de Roma de quien Pilato era un simple delegado.

La actual traducción al castellano, realizada por la Iglesia posconciliar, sustituye la expresión “bajo el poder de” por “en tiempos de”. La inepcia es demasiado fuerte para que pueda admitirse simplemente como un “aggiornamento” de lenguaje. Nadie en el mundo conservaría hoy memoria de Poncio Pilato si no hubiera intervenido en el proceso de Nuestro Señor Jesucristo. Un biógrafo de Pilato podría haber dicho que vivió en tiempos de Cristo, pero que Cristo murió en tiempos de Pilato carece por completo de sentido y posee cierto carácter grotesco. Sería como decir de Napoleón que murió en tiempos de Fouché. Incluso decir que murió en tiempos del Emperador Tiberio hubiera resultado extraño, porque la situación histórica de Cristo es incomparablemente más relevante que la cronología de los emperadores romanos. Pero ¡colocar la referencia en Poncio Pilato…!

Es evidente que nunca se trató en esta alusión a Pilato de una referencia temporal, y mucho menos al otorgarle ahora este carácter a los dos mil años de aquellos hechos. Se trata más bien de sustituir por esa localización histórica otra cosa. Y de hacer esa sustitución por algún motivo. ¿Qué cosa y qué motivo? He aquí la cuestión.

Ante todo, ¿por qué se menciona en el Credo a Poncio Pilato y no a aquellas otras figuras más directamente interesadas en la muerte de Cristo? ¿Por qué se ha condenado a ser mencionado en la muerte de Cristo durante siglos y siglos a un hombre que únicamente se mostró débil y atemorizado, que procuró, hasta cierto punto, evitar el desenlace?

Hay una primera respuesta, que quizá pudiera ser suficiente: porque en Pilato residió el poder —y el libre albedrío— para decidir la muerte y suplicio de Cristo. Los judíos no hubieran tenido ese poder si Pilato no hubiera accedido. El César estaba muy lejos y no se enteró siquiera de lo que sucedía y de lo que en su nombre se decidió en Jerusalén.

Significaría esta explicación la responsabilidad personal que incumbe a cada hombre en sus grandes decisiones, y la responsabilidad muy especial del gobernante que no ejerce una mera función moderadora y dialogante, sino un ministerio sagrado de justicia. Pilato no quería la muerte de Cristo, pero fue el único que pudo evitarla, y el que no la evitó, antes bien, la sancionó con su inhibición y su venia. Esta extraña mención de aquel oscuro gobernador de provincia sería así como una proclamación, en el Símbolo de nuestra fe, de la realidad del libre albedrío humano, de la responsabilidad personal, y del sagrado ministerio del gobernante o del juez.

Pero cabe otra interpretación (entre otras muchas, dado que la Palabra inspirada es insondable):

¿Qué sabemos nosotros de Poncio Pilato? Según el Evangelio de San Juan, cuando Cristo se declara ante él testimonio de la verdad y afirma que cuantos son de la verdad escuchan su voz, Pilato pregunta: ¿qué es la verdad? (quid est veritas?) No pregunta ¿qué verdad es ésa? o ¿de qué verdad hablas?, sino ¿qué es la verdad? A lo que Cristo no respondió.

Pilato, como tantos romanos decadentes y escépticos, no creía en la verdad ni servía a ninguna verdad. Creería en la verdad de cada uno, en la verdad relativa al hombre, a cada hombre, verdad subjetiva, en evolución. Si hubiera hablado el lenguaje de hoy habría contestado: “¡La verdad! ¿Es que eres un ultra? Querrás decir tu verdad, tu opinión, no más valiosa que cualquier otra opinión”.

Pilato no profesaba el liberalismo como doctrina pública porque tal teoría no existía en su tiempo: sólo se daba entonces el escepticismo personal y el relativismo de la verdad. Él pertenecía a un pueblo religioso —el romano— que sacralizaba el poder y hasta a la misma figura del Emperador. Tampoco los judíos eran liberales, antes bien se gobernaban por una teocracia. Sólo Pilato era allí un precursor a título individual de la teoría que niega la verdad (y el bien) objetivos, por referencia a los cuales ha de juzgarse y gobernar. Como liberal subjetivo acudió para resolver la cuestión a la única fuente que queda a quien no cree en una verdad y un orden subjetivos: a la opinión de la multitud. Gobernar en tal caso es responder a los deseos de la mayoría, “oír al pueblo”, facilitar la paz y la convivencia, dado que la sociedad no es más que convivencia y nadie puede arrogarse el monopolio de la verdad, porque, ¿qué es la verdad? En consecuencia, se lavó las manos en el asunto para que no se alborotara el pueblo: una solución “democrática”. Además, al César, como a todo hombre, no gustarían las complicaciones, y tampoco escudriñaría demasiado la justicia de aquel remoto proceso que sólo tendría una víctima…

Cabría pensar entonces que al decirse en el Credo “padeció bajo el poder de Poncio Pilato” (al otorgar tal relevancia a este nombre) se significa —viendo en Pilato un símbolo— algo así como que “Cristo murió bajo el poder del liberalismo y la democracia”. (No como régimen jurídico o político válido, sino como disposición subjetiva en la mente y en el corazón de un hombre). Si sólo supiéramos de Pilato que autorizó la muerte de Cristo por debilidad o por miedo, tal alusión única permanecería misteriosa, pero esa pregunta previa ¿qué es la verdad? posee a esta distancia un gran valor aclaratorio.

Lo que, en consecuencia, intenta encubrir la iglesia posconciliar en las traducciones actuales con esa absurda localización cronológica en Poncio Pilato, es la referencia a su poder, a la índole de su poder y al liberalismo de su corazón. Y el motivo es que el espíritu que anima a esta Iglesia actual (en tanto que actual) está sumamente cerca del espíritu de Pilato: lo comprende y comparte cordialmente. Ella también crucificaría (o permitiría la crucifixión) de quien afirme una verdad y el deber de pertenecer a esa verdad y sólo a ella.

En los albores de nuestro siglo, San Pío X —el único pontífice santo de la modernidad— hubo de enfrentarse (y de juzgar) a una doctrina —y una actitud— que él llamó “modernismo”. Se trataba, en rigor, del liberalismo dentro de la propia Iglesia.

El modernismo afirmaba que el conjunto de verdades o dogmas de los que la Iglesia se supone depositaria son, en realidad, patrimonio de la humanidad entera, y que la religión —que debe ser dinámica y no estática— se identifica con la razón humana en su desarrollo, es decir, con el progreso de la ciencia. Todas las religiones —según esta teoría— poseen una parte de verdad, y su evolución las acerca en convergencia hacia una religión del futuro, racional y humana por entero. Las verdades absolutas o dogmáticas no existen: la religión, como las otras manifestaciones culturales, debe responder a la mentalidad y las necesidades del hombre en cada época. El evolucionismo (vitalista o dialéctico), el liberalismo, la democracia y aún el socialismo no se oponen en absoluto al cristianismo ni a esa futura religión planetaria, sino que han de verse como creaciones cripto-cristianas, es decir, cristianas aún sin saberlo. Su oposición al cristianismo es —según el modernismo— fruto sólo del enquistamiento o de la inmovilización dogmatista de la fe. Esta teoría, expuesta y condenada por San Pío X en su encíclica “Pascendi”, es lo que hoy nos aparece como doctrina extendida en toda la Iglesia posconciliar con el nombre de progresismo o “humanismo” cristiano.

¿Cómo juzgó el santo pontífice a esta doctrina? Simplemente: como “movimiento de apostasía general” y como “germen y compendio de todas las herejías”. Y no se limitó a condenarla, sino que estableció para todas las ordenaciones, consagraciones episcopales y tomas de posesión de cátedras eclesiásticas el previo “juramento antimodernístico” (suprimido bajo el pontificado de Juan Pablo II) por el que clérigos y obispos se comprometían a luchar hasta el fin contra tales doctrinas: tal era la extrema peligrosidad para la fe que en ella reconocía.

Los hechos se me antojan así parejos en su significación y simétricos: en los orígenes de la Iglesia, al redactar en Nicea el Símbolo de la fe, se destaca con mención especial y única a Poncio Pilato, que profesa un liberalismo y un democratismo personales o subjetivos (al desconocer la verdad y recurrir a la multitud), por encima de quienes por traición o malevolencia procuraron la muerte de Cristo. Pasan los siglos, casi dos milenios: el liberalismo se ha convertido en teoría, primero política, después religiosa, y ha pasado de la teoría a la vigencia como forma de gobierno. En nuestro siglo un Papa santo la destaca sobre todas las herejías y cismas, ve en ella la fuente de todos los males para la fe, y trata de preservar de ella a la Iglesia mediante un juramento insólito y solemne que habrían de prestar todos los eclesiásticos y todas las jerarquías de la Iglesia.

La razón, por lo demás, es obvia: si una herejía niega una o varias verdades de la fe, por ejemplo, la Trinidad o la Virginidad de María, no por eso deja Dios de ser Uno y Trino ni María Virgen. Pero si una herejía pone en duda —con una quiebra de su propia identidad— el Sacramento de la Eucaristía y reduce la Misa a una asamblea o a un “memorial de la Pasión”, puede lograr que deje de producirse el hecho de la Transubstanciación sobre la tierra. Es decir, que se rompa definitivamente el lazo principal entre el Cielo y los hombres, el efecto vivo de la Redención.

Rafael Gambra