jueves, 30 de abril de 2009

ESPLENDOR DE LA CONCEPCIÓN JERÁRQUICA Y CRISTIANA DE LA VIDA

La ola satánica del igualitarismo que desde la revolución protestante del siglo XVI hasta la revolución anarco-comunista de nuestros días viene atacando, calumniando, socavando y debilitando todo cuanto sea o simbolice jerarquía, presenta toda desigualdad social como una injusticia.

Está en la naturaleza humana -dicen los igualitarios- que el hombre se sienta disminuido y humillado al inclinarse delante de un superior. Si lo hace, es porque ciertos prejuicios o la imposición de las circunstancias económicas lo obligan a hacerlo. Y esta violencia al orden natural de las cosas -continúan los igualitarios- trae como consecuencia que el que es supuestamente superior deforma su alma por la prepotencia y la vanidad que lo llevan a exigir que alguien se incline delante de él. Y el que se siente inferior, pierde con ese gesto servil de inclinarse ante otro, algo de la dignidad propia de su personalidad como hombre libre e independiente.

Sin embargo la Doctrina Católica nos dice exactamente lo contrario. Dios creó todo el universo de acuerdo con un orden jerárquico. Y dispuso que lo jerárquico fuese la esencia de todo tipo de orden verdaderamente humano y católico.

En contacto con el superior, el inferior puede y debe tributarle todo el respeto sin el menor recelo de que esto lo degrade o rebaje. Y de su parte el superior no debe dejarse llevar por la vanidad y la prepotencia pues su superioridad no proviene de la fuerza sino de un orden de cosas muy santo y deseado por nuestro Creador. Las costumbres en la Iglesia Católica expresan con admirable fidelidad esta doctrina. Sabido es que en ninguna institución ni ambiente de hoy, se percibe y consagra como en Ella -en sus ritos y pulidas formas- el principio jerárquico. Y tampoco en ninguna se ve tan claramente como en la Iglesia, cuánta nobleza puede haber en la obediencia, cuánta elevación de alma y cuanta bondad en el ejercicio de la autoridad y de la preeminencia.

En una Cartuja española un monje oscula genuflexo el escapulario de su superior. Es la expresión de la más entera sujeción de una voluntad a otra.


Considérese atentamente la escena y se podrá notar cuánta virilidad, cuánta fuerza de personalidad, cuánta sincera convicción, cuánta elevación de motivos el humilde monje genuflexo pone en su gesto que contiene cualquier cosa de santo y de caballeresco, de grandioso y de sincero que hace pensar a la vez en “La Legende Dorée”, en “La Chanson de Roland” y en los “Fioretti” de san Francisco de Asís.

Genuflexo así, este monje religioso católico, humilde y desconocido, se ve mayor que el hombre moderno, molécula arrogante y vanidosa, impersonal, anónima e inexpresiva de la gran masa amorfa en que se transformó la sociedad contemporánea.

Considerada la humilde actitud del monje, veamos ahora la del gentilhombre. Se trata del Conde Vladimir D´Omersson quien fuera Embajador de Francia ante la Santa Sede en los tiempos del Papa Pío XII. En esta foto aparece vestido con el solemne traje de gala diplomático, arrodillado ante el Santo Padre con ocasión de una audiencia pontificia. Sería difícil imaginar una actitud que exprese -tan completamente y al mismo tiempo- una alta conciencia de su propia dignidad y un vivo respeto ante la autoridad excelsa y suprema ante la cual el embajador tiene la honra de encontrarse. Rodilla en tierra pero torso y cuello bien erectos, saludo reverente y noble, todo muestra cuánto respeto y dignidad están contenidos en los tradicionales estilos diplomáticos de los que el Conde es un fiel intérprete, y que fueron elaborados en los siglos áureos de la Civilización Cristiana.



Considérese también en la primera foto la actitud del Prior. Hay como un contraste entre su imagen blanca, erecta, robusta y estable, que expresa autoridad, seguridad y paternal protección, y su expresión fisonómica que parece impasible, serena, neutra y un poco distante. El porte blanco de su aspecto expresa su condición oficial de Prior de la cartuja. Pero su fisonomía refleja desapego y simplicidad pues se ve que está muy consciente que no es a él en cuanto tal que se le dirige ese homenaje sino al cargo que representa.

Y, con el debido respeto, por supuesto, consideremos en la otra foto la actitud del Sumo Pontífice. Sentado en ese pequeño trono no se levanta para recibir el homenaje del embajador pero se inclina levemente para escucharlo con especial atención. Conservando su mano en la del Conde, le da al respetuoso saludo que este le presenta una cierta nota de amenidad, y manteniéndose enteramente como Papa, da todas las muestras de su más profunda benevolencia y alto aprecio para con el noble embajador.

Cuatro actitudes inspiradas en una visión bien jerárquica de las cosas. Actitudes dignas, nobles y honorables, aunque cada cual a su modo. En pocas palabras, se trata del esplendor de la humildad cristiana y la hermosura de una vida social jerarquizada.

Plinio Correa de Oliveira
O Catolicismo No. 70, Octubre de 1.956

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