jueves, 7 de mayo de 2009

BARACK HUSSEIN: EL LOBO MASÓNICO CON PIEL DE OVEJA


Nuestros lectores habituales --que son más de los que muchos se imaginan y otros muchos desearían--, saben que desde antes de su llegada al poder, venimos siguiéndole la pista al nuevo presidente yanqui, ese Barack Hussein con cara de Sydney Poitier descafeinado que desde que dio el campanazo parece más “raro, raro, raro” que diría el exteinto “papuchi”; y es que nos parece realmente peligrosísimo, precisamente por ser el hombre de paja de la que consideramos una de las más hábiles, sibilinas y ladinas jugadas del entramado diabólico-masónico --con base hoy en día de manera preferente pero no única en el Club Bilderberg, club del que tanto gustan nuestros monarcas ¡qué casualidad, verdad!--, que sigue intentando dominar el mundo para apartar de él todo rastro de Dios... y de paso, en lo que nos concierne, de España; bien que esto último con la inestimable ayuda de los españolitos de esta era que o están corruptos o agilipollados hasta lo indecible o las dos cosas a la vez.

Pues bien, a continuación les ofrecemos una rápida miscelánea de nuevos datos que apuntan sin duda a que tenemos razón y a que detrás de Barack Hussein lo que se esconde es una nueva ofensiva corruptora de la masonería de toda la vida que en estos tiempos ha decidido utilizar al Islam como punta de lanza tanto violenta como cultural para desbancar a la única verdadera fe, la católica, al menos de ciertas importantes regiones del mundo como es el caso de Europa, al igual que ya lo hiciera del Norte de África allá por los siglos cuarto y quinto, sin que aquella región que diera tantos y tan importantes santos volviera a recuperarse ¡aviso a navegantes purpurados hoy completamente “democratizados” y, por ello, relativizados, modernistas y materialistas, es decir, tirados en el surco mundano, revolcándose en su lodo pestilente sin visos de reacción verdadera, más preocupados por lo que dice el mindundi de “Pacopepe” que de repasar el Evangelio y gritarlo, alto y claro, a los cuatro vientos hasta quedarse roncos o perder la cabeza en el martirio mediático ganando con ello el cielo tan deseado... o al menos eso es lo que deberían desear.

He aquí los datos:

“Es importante que la gente sepa que lo de Obama (léase Barack Hussein) no es una conspiración de los friquis, sino algo muy bien trazado desde los centros del poder más rancios e universales” (Daniel Estulin, autor de La verdadera historia del Club Bilderberg).

Barack Hussein representa el rostro afable del sistema, alguien de maneras moderadas y de actitud claramente empática, que ha sido acogido como el “salvador” --en el sentido bíblico del vocablo--, por la clase media y media-baja norteamericana y casi mundial; ofrece el rostro perfecto y el perfil más idóneo y adecuado para dar cuerpo al nuevo protagonista de aquella gran novela titulada “El mensajero del miedo” cuya primera versión cinematográfica tanto nos gusta.
“Tras el actual presidente hay una cuidada imagen de hombre liberal, de izquierdas, inocente, comprometido, solidario, de grandes gestas, capaz de convencer a la sociedad con un talante singular de que aquello que hace es por nuestro bien, aunque la verdad va por otro lado” (Pedro Palao, autor de Leyendas urbanas y conspiraciones).

Son conocidas de los iniciados las estrechas vinculación de Barack Hussein con la Brookings Institution (Bruno Cardeñosa dixit, autor del reciente Expedientes del misterio) y especialmente con Zbigniew Brzezinski (Daniel Estulin dixit), influyente donde los haya --siempre desde la sombra-- en la política exterior gringa, quien a su vez es uña y carne de los Rockefeller y Soros --pura judeomasonería-- y ambos de los grandes nombres de la Comisión Trilateral, a quienes se apunta como el “creador” del títere Barack Hussein; así pues, los Bilderberg, la Trilateral y el CFR (Council on Foreign Relations) todos juntos y... nada revueltos.

Lo que, según Estulin, quedaría ratificado por la pertenencia a tan satánico conglomerado de numerosos cargos nombrados por Barack Hussein, entre otros:

Thomas Daschl, secretario de Salud, miembro del CFR y de los Bilderberg; Michael Froman, vice asesor de seguridad nacional para asuntos económicos, miembro del CFR; el secretario de Defensa Robert Gates, quien milita en el CFR y en los Bilderberg; el secretario del Tesoro Timothy Geithner, smiembro del CFR, de la Trilateral y de los Bilderberg; el general James L. Jones, Asesor de Seguridad Nacional, miembro del CFR, TC, Bilderberg; Mark Lippert Jefe de Gabinete del Consejo de Seguridad Nacional, miembro del CFR; Janet Napolitano, miembro del CFR y de la Trilateral; Lawrence Summers, Presidente del Consejo Económico Nacional, miembro del CFR, de la Trilateral y de los Bilderberg; y Paul Volcker, Presidente de la Junta Asesora de Recuperación Económica, miembro del CFR, de la Trilateral y de los Bilderberg.

Además, gran parte de su gabinete “tiene conexiones con el sionismo, empezando por Rahm Emanuel, su jefe de Gabinete” (Estulin, dixit); sin olvidar que, según Cardeñosa, el padre de Rahm, Benjamín Emanuel, fue miembro del grupo terrorista israelí Irgun Zvai Leumi.

Y para los que a estas alturas se extrañen, les aclaramos que siempre ha sido perfectamente compatible la conspiración judeomasónica con el alza del islamismo, pues tradicionalmente aquella ha utilizado los componentes explosivos y de locura de éste, manipulándolos cuando corresponde para alcanzar sus objetivos, en gran medida por lo fácil que resulta incitar a los musulmanes a cualquier cosa, incluso a su propia destrucción parcial o total si fuera el caso, debido a su estado de completa paganía y barbarie en que les sume su ideología, que no religión.

Por todo lo anterior, y si el tiempo no lo impide, ni lo impide Dios --y esto último hay que merecerlo, señoras y señores--, más vale que se tomen en serio lo que se esconde bajo la piel tiznada de Barack Hussein pues es contagioso y, dada la sintonía que muestran desde hace décadas los “dirigentes” “europedos”, más nos vale comenzar a rezar y hacer penitencia porque mal pinta el futuro de una humanidad sometida, por su corrupción, y abandono de Dios y de la Patria, a la tiranía satánica de la que bien pudiera surgir el antiCristo que tenemos anunciado y que, más que un ser, pudiera muy bien tratarse de un sistema, el democrático, cuyos hechos ya conocemos, como es, entre muchos --droga, pornografía, promiscuidad, egoísmo, soberbia, etc., etc.--, el holocausto, el sacrificio de millones de seres humanos no nacidos, pero ya concebidos, que todos los años ofrece en el mundo a través de los abortos; y es que el Mal siempre pide y exige sangre, sea de mártires en la plaza del pueblo o, mejor aun, de inocentes en un oscuro y silencioso quirófano abortista.

Mary Snow
ALTO Y CLARO

miércoles, 6 de mayo de 2009

DEBERES DEL LEGIONARIO


Un legionario mira derecho a los ojos. Los ojos no mienten. Su rostro está lleno de esperanza. Cuando habla y cuando escribe, debe ser breve, claro y preciso. La charla larga y engañosa es la charlatanería de la democracia.

Vestirá modestamente. Despreciará el lujo, que considerará fundado en una inclinación espiritual hacia la deshonestidad. El hombre que hoy es amante del lujo, si no es un ladrón pertenece a una de las variadas categorías del bribón; en todo caso, es un hombre sin sentimientos que hace escarnio de la miseria infinita del país.

El legionario juzgará a las personas según su alma . Hay muchos que visten pobremente y que esconden bajo sus modestas ropas tesoros de oro en el corazón en nuestra organización no puede creer los que sean hombres de honor. El legionario cree en dios y ora por la victoria de la legión. No se olvide que nosotros, estamos aquí, en esta tierra por voluntad de dios y bendición de la Iglesia. En torno a los altares de la Iglesia se han encontrado reunidos miles de veces, en tiempos de dolor y dificultades, la gente de estas tierras, mujeres, niños y viejos, con la perfecta conciencia de que aquél era el último refugio posible. Y hoy, nosotros estamos prestos a reunirnos alrededor de los altares como en los tiempos de los grandes peligros, para recibir de rodillas, la bendición de Dios. Las guerras las vencen aquellos que han sabido atraer de los cielos las fuerzas misteriosas del mundo invisible y asegurarse el concurso de ellas.

Estas fuerzas misteriosas son los espíritus de nuestros antepasados, los que han estado también, en otro tiempo, y ligados a nuestra tierra y han muerto en su defensa, permaneciendo todavía hoy ligados a ella en el recuerdo de su vida terrena y por intercesión nuestra, sus hijos, nietos y biznietos. Pero más alto que los espíritus de los muertos esta Dios.

Estas fuerzas una vez atraídas, harán inclinarse la balanza de tu parte, te defenderán te infundirán valor, voluntad y todos los elementos necesarios para la victoria y lograrán así que tú venzas. Lanzarán el pánico y el terror entre los enemigos, paralizaran su actividad. En último análisis, las victorias no dependen tanto de la preparación material, de las fuerzas materiales de los beligerantes, sino de su poder para asegurarse el concurso de las potencias espirituales. Nuestro patrón es el Santo Arcángel Miguel. Debemos tener su ícono en nuestras casas y en tiempos difíciles debemos pedirle ayuda y él no nos abandonará nunca.

El que entra en esta lucha, debe saber desde al principio que habrá de sufrir. Después del sufrimiento viene siempre la victoria. Aquél que sepa sufrir, vencerá.

Por ello, nosotros, los legionarios aceptaremos el sufrimiento con amor.

Cada sufrimiento no acobardará al legionario, sino que le volverá de acero, templará su espíritu. Aquellos que han sufrido y todavía sufrirán, serán verdaderamente héroes de la lucha legionaria. La bendición de la Patria se extenderá sobre ellos y sus familias

Corneliu Zelea Codreanu
Manual del Jefe

martes, 5 de mayo de 2009

EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA


La conquista de América no fue la empresa comercial de un grupo de buscadores de oro, sino la empresa de la redención espiritual de un pueblo de héroes que necesitaba de una nueva Cruzada para dar rienda suelta a su vocación de heroísmo; de un pueblo que, como ningún otro pueblo, necesitaba del azote de la guerra para librarse del azote de la paz. La paz es el receso de los héroes y es la perdición de los pueblos heroicos, porque los héroes necesitan de la gloria y los pueblos heroicos necesitan de las calamidades que acompañan a la gloria. Los pueblos necesitan de la victoria y necesitan de la derrota. Necesitan de la victoria porque la victoria es una consecuencia natural del heroísmo y necesitan de la derrota porque la derrota es una consecuencia natural de la humanidad; necesitan de la victoria porque la victoria es un premio y necesitan de la derrota porque la derrota es una lección.

El descubrimiento de América fue una empresa santa. Colón, desde la miseria de su vida, aspiraba a la reconquista del Santo Sepulcro, mientras los reyes reconquistaban España para la Cristiandad. Los conquistadores españoles, desde la miseria de su vida, aspiraban a la conquista de América para la Cristiandad. La empresa del Descubrimiento y la empresa de la Conquista eran empresas ordenadas por Dios, y el Almirante lleno de pecados y los conquistadores llenos de pecados eran los instrumentos de Dios, porque Él había juzgado que eran suficientemente hombres para llevar a Dios al conocimiento de los hombres.

La conquista de América fue la conquista de las espadas ennegrecidas en la sangre de la reconquista de España y los uniformes quemados por la sal mordiente de la travesía.

La conquista de América fue el barullo de los corazones y las espadas, cuando las espadas y los corazones se movían en las manos de los hombres y redoblaban en los pechos de los hombres. Fue la empresa de heroísmo de los tiempos en que la vida servía para la muerte. Era la empresa de los hombres que renunciaban a la vida en la demanda de una vida nueva y de una nueva muerte. Eran los navíos que cabeceaban con el vaivén pensativo y solemne que traían de los amaneceres solos y los crepúsculos tendidos. Eran los soldados de la guerra y los misioneros de la Cruz.

Venían todos los que tenían una esperanza de salvación en América. Venían a América para fundar en ella el Reinado de Cristo. Traían su vida para darla por la vida de América y traían su muerte para darla también por la vida de América, y traían su vida y su muerte para darlas en la conquista de Dios.


Ignacio B. Anzoátegui
“Mendoza o el Héroe. Tres ensayos españoles”, Buenos Aires, Sol y Luna, año 1938.

lunes, 4 de mayo de 2009

NI OPTIMISMO, NI PESIMISMO, SINO ESPERANZA


El esplendor del cielo y el Cristo glorioso abren las visiones del último libro de la Sagrada Escritura, y las cierran la Nueva Jerusalén y la visión beatífica. No es, pues, el Apocalipsis, como se atrevió a decir Borges, un «libro de amenazas atroces y de júbilos feroces». Tras las huellas de Pieper, señala Castellani que la esjatología cristiana incluye dos elementos diversos: el fin catastrófico intrahistórico de la humanidad y el fin triunfal extrahistórico. Lo intrahistórico depende de la voluntad del hombre y las intervenciones metahistóricas provienen de Dios.

Resulta curioso, pero el Señor, en su Discurso Esjatológico, tras preanunciar las cosas más espeluznantes: Será la tribulación más grande que ha existido desde el principio del mundo hasta el presente ni volverá a haberla; los hombres se morirán de terror y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; las fuerzas cósmicas se desatarán... (cf. Mt 24, 21 ss.; Lc 21, 23 ss.), concluye: «Entonces cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque está cerca vuestra salvación» (Lc 21, 28). Es la actitud compleja del cristiano, cuya fe le asegura que este aión, este ciclo de la Creación, tendrá su fin, precedido por una tremenda agonía, pero será seguido de una espléndida reconstrucción. Bien señala nuestro autor que, por una paradoja de la psicología profunda, esta literatura «pesimista» ha sostenido el «optimismo» constructivo del Cristianismo. En las épocas en que la Iglesia vivió en el temblor y en la proclamación osada de la «inminente Parusía» es cuando proyectó la Cristiandad, como en los tiempos de San Pablo, de San Ireneo, de San Agustín...

Por otra parte, el conocimiento y la previsión de las catástrofes apocalípticas sirvió a los pueblos fieles para sobrellevar con entereza las catástrofes del momento, lo cual responde adecuadamente a las leyes de la psicología. «Cuando las inmensas vicisitudes del drama de la Historia –escribe Castellani–, que están por encima del hombre y su mezquino racionalismo, llegan a un punto que excede a su poder de medicación y aun a su poder de comprensión –como es el caso en nuestros días– sólo el creyente posee el talismán de ponerse tranquilo para seguir trabajando». Como si dijera: Todo esto ya estaba previsto y aún mucho más, pero después vendrá la victoria definitiva. Para eso se nos ha dado la profecía del Apocalipsis, para nuestro consuelo. Si no la tuviéramos, la tribulación se haría insoportable y su desenlace inextricable. En la Escritura, como ha señalado el Crisóstomo, se nos anuncian los males futuros, para que cuando vengan, no nos aplasten.

Frente al tema de las ultimidades, reiterémoslo por última vez con Castellani, caben posiciones erróneas y contradictorias entre sí. El Iluminismo de los siglos XVIII y XIX despreció la esjatología cristiana junto con toda la religión revelada, burlándose del Anticristo y del Dragón como de cuentos medievales. El resultado fue que cayó en una esjatología espúrea, o mejor, desembocó en dos esjatologías opuestas, fragmentos de la síntesis cristiana: la optimista, del Progreso Indefinido, y la pesimista, del Nihilismo sin sentido.

La primera visión, la visión optimista, encuentra un alto exponente en Kant, como ya lo hemos visto al desarrollar el pensamiento de Pieper. Kant creyó en el Reino instaurado por la sola fuerza de la Razón Pura, profetizando la paz perpetua sobre el fundamento del ideario de la Revolución francesa. También el progresismo católico moderno considera la historia, sobre todo a partir del Renacimiento, como un progreso indeclinable hacia el Punto Omega. Trátase siempre de una esjatología inmanente, cismundana, a la que de algún modo es reductible la teoría del «eterno retorno» de los hindúes, propugnada en Occidente por René Guénon, según la cual tras la Kali-Yuga retornará necesariamente la Edad de Oro.

Para ilustrar dicha actitud, Castellani trae a colación la parábola de las vírgenes necias. Porque también esa parábola tiene que ver con el Retorno del Señor, inserta como está en el Sermón Parusíaco de Cristo (cf. Mt 24-25). Ya desde el comienzo de la misma, Jesús alude a su Vuelta, y la cierra con un apremiante: «Velad, pues» (Mt 25, 13), que por otra parte había ya reiterado seis o siete veces en el sermón antedicho. Pero la parábola aporta algo peculiar, al esbozar un cuadro simbólico y vigoroso del «apurón» de la Parusía y de sus adjuntos principales, cifrando plásticamente el Sermón Profético anterior. Las vírgenes necias no eran impías, sino negligentes, saliendo al encuentro de Cristo con las lámparas vacías. Representan a los cristianos adormecidos en su «tibieza», justamente lo que se achaca en el Apocalipsis a la última Iglesia, la Iglesia de Laodicea. Lo que la parábola nos quiere decir es lo siguiente: la Parusía será inopinada, y la mayor parte de la gente estará dormida, pues aparentemente el tiempo sigue transcurriendo y «Cristo no vuelve más», como piensa la mayoría, o se demora mucho, como opinan numerosos cristianos. Cuando acaezca, se hará un gran clamor, y el desconcierto será total. Las providencias que tomen los que no se hayan preparado fracasarán todas, pues ya no será momento de previsiones.

Tal es la gran herejía de nuestro tiempo, la negación u olvido de la Parusía, en la espera de salvaciones intramundanas. Entre dichas esperanzas inmanentes hay que poner la expectativa del internacionalismo, concebido como panacea universal. Dice Castellani que en la actualidad hay dos posibles internacionalismos, el de Rousseau y el de San Agustín, el de la Ciudad de Dios y el de la Ciudad del Hombre. «Si admitimos que la pacificación de la Humanidad en una gran familia es un asunto específicamente religioso, no quedan para realizarlo sino dos religiones que son de veras internacionales: la Iglesia Católica y la Anti-Iglesia, o sea la Sinagoga. La Iglesia es internacional por divina vocación. La Sinagoga es internacional por divina maldición. La Iglesia y la Sinagoga representan las dos concreciones más fuertes y focales del sentimiento religioso que existen en el mundo. El pueblo cristiano y el pueblo judío representan por expresa declaración de Dios los dos pueblos sacerdotales que existen en la tierra: son el fermento de todo el resto, la sal de la tierra; la sal que ha perdido su salazón y no puede ya por nadie ser salada, y la otra sal, que debe salar todo». Los demás internacionalismos, el mahometano, el liberal, el bolchevique, son ramas provenientes de la Anti-Iglesia. Porque también el último, que tiene raíz judaica, es mesiánico, anticristiano y esjatológico, y por tanto se mueve en el plano religioso, de una religión inmanente, la del hombre divinizado.

De por sí, la empresa de congregar a todos los hombres es algo bueno, propio de la Iglesia Católica, que justamente quiere decir universal. El hombre no es instintivamente cosmopolita. Instintivamente los hombres se enjambran en grupos, en corporaciones, en clases, en razas. Solamente podrán reconocerse como hermanos, escribe nuestro autor, cuando se reconozcan como hijos de un mismo Padre que está en los cielos. No como hijos de un mismo padre que está encima de un árbol, el antropopiteco de Darwin. Ni de una madre que está en la estratosfera, como la «Diosa Humanidad» de Comte. Sólo los cristianos tenemos nuestra Mesa, que es sagrada, y sabemos que comunicando en ella volverán los pueblos del mundo a sentirse hermanos. Ninguna paz duradera será concertable en la Mesa Redonda de Londres o en la Mesa Directiva de Ginebra, si se prescinde del visto bueno de esta humilde Mesa de los cristianos, que fue instituida expresamente para que «todos sean uno, Padre mío, como tú y yo somos uno» (Jn 17, 22).

Concluyendo, pues: La unión de las naciones en grupos regionales, primero, y después, en un solo Imperio Mundial, sueño fascinante del mundo de hoy, no puede realizarse sino por Cristo o contra Cristo. Lo que se puede hacer sólo con la ayuda de Dios, y que de hecho Dios hará al final, conforme está prometido, febrilmente intenta el mundo moderno construirlo al margen del designio divino, orillando a Dios, abominando del antiguo proyecto de unidad que se llamó la Cristiandad, y violentando incluso la naturaleza humana, con la supresión intentada de la familia y de las patrias. En frase categórica de Castellani: «Todo lo que hoy día es internacional, o es católico o es judaico».

La segunda visión acerca del futuro, la visión pesimista, ha sido expuesta principalmente por nihilistas como Schopenhauer y Nietzsche, que heredaron el otro fragmento de la concepción cristiana. «Nietzsche vio la catástrofe impendente en el nihilismo europeo; y su refugio desesperado en la esperanza del Superhombre, la cual no es más que la programación del Anticristo», escribe nuestro autor. No deja de ser aleccionador observar cómo las viejas utopías eran todas de un optimismo delirante, en cambio los últimos ensayos sobre el porvenir son con frecuencia espeluznantes.

Así las dos partes inseparables de la Teología fermentaron y se pusieron en las manos de estos antiteólogos. «Esas dos corrupciones ideológicas perduran en el ateísmo contemporáneo, esperando la hora que el Anticristo las reúna en amalgama perversa... Cuando venga el Anticristo no necesitará más que tomar a Kant y Nietzsche como base programal de su religión autoidolátrica».

Tal es la situación en que hoy nos desenvolvemos. El «odio formal» a Dios, escribe Castellani, es el pecado más grave que puede cometer un hombre. Es el pecado del demonio y será el pecado del Anticristo. Pues bien, en nuestro siglo hemos sido testigos presenciales del odio a Dios encarnado en manifestaciones sociológicas y hasta políticas. Hemos visto, en el Este, la aparición de una «nación atea», oficial y constitucionalmente «anti-tea», con organizaciones contra Dios, museos contra Dios, y toda una «cultura» abocada a la destrucción de la idea de Dios. Y en el ámbito occidental, hemos presenciado y seguimos presenciando la universalización de un género de vida, ampliamente promocionado por los medios de comunicación, que parece suponer que «no hay Dios», que «no hay otra vida», y que lo único que se debe propiciar es una sociedad signada por la inmanencia y el hedonismo.

No hace tanto blasfemaba Heine: «El cielo se lo dejamos a los ángeles y a los gorriones». Atinadamente escribe Castellani: «Todo lo que impida fabricar un edén en la tierra y un rascacielos que efectivamente llegue hasta el cielo debe ser combatido con la máxima fuerza y por todos los medios –según estos hombres. Los que de cualquier modo atajen o estorben la creación de esa Sociedad Terrena Perfecta y Feliz deben ser eliminados a cualquier costo. Todas las inmensas fuerzas del Dinero, la Política y la Técnica Moderna deben ser puestas al servicio de esta gran empresa de la Humanidad, que un gran político francés, Viviani, definió con el tropo bien apropiado de «apagar las estrellas». Esos hombres no son solamente los masones, ni solamente los judíos, ni solamente los herejes; ni tampoco son dellos todos los judíos y todos los herejes; aunque es cierto que a esa trenza de tres se pueden reducir como a su origen todos los que hoy día están ocupados –¡y con qué febril eficiencia, a veces!– en ese trabajito de pura cepa demoníaca».

Por eso, ni optimismo ni pesimismo, posiciones ambas sustentadas por todos «los que no tienen el sello de Dios en sus frentes» (Ap 9, 4). El mundo se dirige hacia una catástrofe intrahistórica, que quizás asuma la forma de un suicidio colectivo, pero dicha catástrofe condiciona una gloriosa transfiguración de la vida del hombre y del mundo. Por sobre el pesimismo y el optimismo –categorías psicológicas–, el Apocalipsis levanta la divisa de la esperanza, que es una virtud teologal. Como escribe Castellani, el Apocalipsis se encuentra por sobre el optimismo y el pesimismo; «es juntamente pesimista al máximo y optimista al máximo, y por ende supera por síntesis estas dos posiciones sentimentales». El proceso de la Kali-Yuga o Edad Sombría está relatado en él con los términos más crudos, pero también y paralelamente, el proceso de la final Restauración en Cristo, «dependiente no de las fuerzas humanas sino de la potencia superhistórica que gobierna la Historia». El Apocalipsis es, pues, un libro de esperanza, no un libro hecho para infundir miedo, sino para consolar y fortificar a los que se sienten acosados por el temor de un futuro pavoroso.

Un auténtico católico no puede sino desear la Segunda Venida, recordando que el que una vez vino es también el que vendrá, el erjómenos. Pero hoy más que nunca este anhelo se vuelve apremiante. Siempre que ha habido una crisis histórica grave, la atención de los cristianos se dirigió casi como por instinto a las profecías. La crisis actual, con el peligro atómico y nuclear, que no deja de pender como la espada de Damocles, es mayor que todas las precedentes, engendrando angustia generalizada. En el campo espiritual, la crisis de la Iglesia, la inmanentización de las virtudes teologales, la organización de la Gran Apostasía religiosa, agravan infinitamente la situación.

El querido e inolvidable P. Castellani ha hecho con sus libros sobre la esjatología un servicio relevante a la cultura religiosa. Tras las huellas de Soloviev, nos recuerda que la función del «Profeta», que especula sobre el futuro, es necesaria a una nación tanto o más que la función del «Sacerdote» y la función del «Monarca». Si se arroja por la borda la profecía, se cae necesariamente en la pseudoprofecía (fantaciencia, literatura de pesadilla o ensayos de utopía). En su espléndida novela Juan XXIII (XXIV), le hace decir al simpatiquísimo Papa argentino de la ficción: «Mira, andaluz: cuando la Iglesia anda mal no coincide la vocación del sacerdote con la del profeta; y esto es señal infalible, que entonces los sacerdotes desconocen y aun persiguen a los profetas –y eso pasaba en mi patria. Pero cuando la Iglesia anda bien, entonces es compatible el ser sacerdote con el ser guerrero, ser sabio, ser artista, ser poeta, ser»...

La conclusión de este análisis sobre el Apocalipsis no es permanecer con los brazos cruzados, sino preparar el espíritu para épocas bravías, disponiéndonos convenientemente a enfrentar la apostasía con lucidez y coraje, al tiempo que trabajando en favor de la verdad conculcada. Dicho propósito no será estéril, ni quedará sin recompensa.

P. Alfredo Sáenz

FUENTE: "El Apoclipsis según Leonardo Castellani" de Alfredo Sáenz

domingo, 3 de mayo de 2009

EL MAL ENORME


Conocida es la afirmación de Pío XI, cuando refiriéndose al incremento desorbitado del poder financiero, protestaba contra la economía que se ha vuelto “dura, inexorable y cruel”. Y si al Imperialismo Internacional del Dinero señalaba en primerísimo lugar el Pontífice como fruto funesto de aquella desorbitación, no deja de ser menos cierto que la misma ha traído, entre otras, la desgraciada consecuencia del olvido de cuanto no guarde relación inmediata con el patrimonio material. Simultáneamente víctima y victimario de este economicismo furioso —hijo a su vez de una desacralización compulsiva— el hombre moderno ha optado por la añadidura, en clara contradicción con el mandato evangélico.

Podrá entenderse así que el sacrilegio y la blasfemia se han instalado en nuestra doliente realidad, sin que ninguna reacción condigna suscite en unos y en otros, absorbidos todos, por protagonizar o por padecer aquella aludida inexorabilidad crematística. La más leve modificación del riesgo país o las oscilaciones bursátiles menos perceptibles, tienen en vilo y estremecen al conjunto social, con diligente consagración. Las más graves ofensas a la Fe Católica, en cambio —jamás vistas ni pensadas en esta tierra criolla— encuentran el campo libre de la indiferencia o de la complacencia colectiva, que el bolsillo llora o se llena, pero el alma parece ausente.

No se crea que los términos sacrilegio y blasfemia recién empleados, tienen aquí un alcance genérico o metafórico, como quien se queja difusamente de “lo mal que están las cosas”. Trátase por el contrario de dos pecados abominables y específicos contra el primero y el segundo de los Mandamientos, consistente uno en profanar o tratar indignamente los sacramentos, las acciones litúrgicas, las personas, cosas o lugares sagrados; mientras su horrible par consiste, secamente, en la irreverencia, injuria, desprecio u odio empecinado al hermoso nombre del Señor, como lo invoca el Apóstol Santiago, cuya fiesta litúrgica hoy celebramos. Palabras, obras, gestos, imágenes, sonidos, señales, y tantas formas expresivas combinadas existen hoy, son puestas desde los medios masivos al servicio de estos vicios, que la teología consideró propios de demonios, y hasta —si cabe— de mayor culpa que en ellos en quienes los practican, pues ni siquiera tienen la explicación de proceder de la desesperación connatural al infierno. La propaganda y la publicidad, la llamada gran prensa o la vulgar pasquinería, las programaciones televisivas o radiales, las usinas múltiples de la difusión que la tecnología hoy potencia, compiten en este abyecto ejercicio de la irreverencia, en esta maldita praxis del ultraje, que todas las civilizaciones dignas de ese nombre castigaron con la muerte. Palurdos, canallas y degenerados de la peor ralea tienen prontas sus herramientas para tan torva embestida, con una impunidad que exaspera cuanto alarma, pues bien pronto llegarían las reprimendas y sanciones si tan infames golpes —u otros levísimos— se dirigieran contra aquellos credos que no fueran el de la Verdadera Iglesia. De lo que se sigue la triste certeza de que tamaña ofensiva nos tiene a los católicos por destinatarios excluyentes.

Sería ingenuo sorprenderse y contradictorio esperar algún remedio de las autoridades políticas. Nutridas en el lodazal de sus mismas excrecencias, cualquier arrebato de cielo les está vedado. Prohijadas en las logias donde el Orden Sobrenatural se escarnece a sabiendas, ninguna batalla por la Cruz serían capaces de librar. Resultaría candidez asimismo confiar en que los pastores actuaran con la virilidad que la hora exige. Ganados muchos de ellos por concepciones pacifistas y sincretistas —cuando no, lisa y llanamente transformados en heresiarcas— no cabe siquiera en sus conjeturas plantearse una contienda contra el mundo, una embestida contra el Maligno, una militancia fervorosa que comprometiera los corazones y los puños en la custodia de la reyecía de Jesucristo. Sus afectos están puestos aquí abajo; temporal y horizontalmente tendidos. Y sin embargo, la respuesta se impone y urge; tanto más en medio de las actuales convulsiones mundiales que nos tocan vivir.

Sepa cada católico desagraviar privada y públicamente cualquier atropello, allí donde suceda. Sepa llevar la plegaria reparadora, la penitencia necesaria, la mortificación honesta; y si fuera el caso, sepa llevar los brazos convertidos en ariete y escudo contra los inicuos. Sepa cada católico que ha de unirse espiritual y físicamente con sus auténticos pares, para organizar la réplica, perseverar en la resistencia, sostenerse en la adversidad y confiar en la victoria. Sepa cada católico lo que nos enseña la Escritura sobre el castigo que aguarda a los renegados, y el que de hecho recibieron a lo largo de la historia, se llamaran Jeroboam o Constante, Arrio, Nestorio o Voltaire; fuesen emperadores o funcionarios, ideólogos o poderosos de la tierra. Y si ese católico que ha de saber tales cosas, ha nacido además en esta patria argentina —incorporada a la Cristiandad hace cinco siglos— sepa ya, sin atisbos de dudas o remilgos, cómo sancionaba el General San Martín la conducta de blasfemos y sacrílegos

Antonio Caponnetto

sábado, 2 de mayo de 2009

2 DE MAYO

Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman tocando a muerto,
la campana y el cañón;
sobre tu invicto pendón
miro flotantes crespones,
y oigo alzarse a otras regiones
en estrofas funerarias,
de la iglesia las plegarias,
y del arte las canciones.

Lloras, porque te insultaron
los que su amor te ofrecieron...
¡a ti, a quien siempre temieron
porque tu gloria admiraron:
a ti, por quien se inclinaron
los mundos de zona a zona;
a ti, soberbia matrona
que libre de extraño yugo,
no has tenido más verdugo
que el peso de tu corona...!

Do quiera la mente mía
sus alas rápidas lleva,
allí un sepulcro se eleva
cantando tu valentía;
desde la cumbre bravía
que el sol indio tornasola,
hasta el África , que inmola
sus hijos en torpe guerra,
¡no hay un puñado de tierra
sin una tumba española!...

Tembló el orbe a tus legiones,
y de la espantosa esfera
sujetaron la carrera
las garras de tus leones;
nadie humilló tus pendones
ni te arrancó la victoria;
pues de tu gigante gloria
no cabe el rayo fecundo,
ni en los ámbitos del mundo,
ni en el libro de la historia.

Siempre en lucha desigual
cantan tu invicta arrogancia,
Sagunto, Cádiz, Numancia,
Zaragoza y San Marcial;
en tu suelo virginal
no arraigan extraños fueros;
porque indómitos y fieros,
saben hacer tus vasallo,
frenos para sus caballos
con los cetros extranjeros...

Y aun hubo en la tierra un hombre,
que osó profanar tu manto...
¡Espacio falta a mi canto
para maldecir su nombre!...
Sin que el recuerdo me asombre
con ansia abriré la historia;
presta luz a mi memoria,
y el mundo y la patria a coro,
oirán el himno sonoro
de tus recuerdos de gloria.

Aquel genio de ambición
que en su delirio profundo
captando guerra, hizo al mundo
sepulcro de su nación,
hirió al ibero león
ansiando a España regir;
y no llegó a percibir,
ebrio de orgullo y poder,
que no puede esclavo ser,
pueblo que sabe morir.

¡Guerra! clamó ante el altar
el sacerdote con ira;
¡guerra! repitió la lira
con indómito cantar:
¡guerra! gritó al despertar
el pueblo que al mundo aterra;
y cuando en hispana tierra
pasos extraños se oyeron,
hasta las tumbas se abrieron
gritando: ¡Venganza y guerra!...

La virgen con patrio ardor
ansiosa salta del lecho;
el niño bebe en su pecho
odio a muerte al invasor;
la madre mata su amor,
y cuando calmado está
grita al hijo que se va:
"¡Pues que la patria lo quiere,
lánzate al combate, y muere:
tu madre te vengará!..."

Y suenan patrias canciones
cantando santos deberes;
y van roncas las mujeres
empujando los cañones;
al pie de libres pendones
el grito de patria zumba
y el rudo cañón retumba,
y el vil invasor se aterra,
y al suelo le falta tierra
para cubrir tanta tumba!...

viernes, 1 de mayo de 2009

LECCIÓN SOBRE LA PATRIA


¡DESPIERTA, CENTINELA!

El centinela dormido, bien está que sea castigado con pena de muerte… Centinela, centinela, eres el sentido de las murallas que son como una vaina para el cuerpo frágil del poblado, que le impide derramarse, pues si alguna brecha las abre no queda sangre en el cuerpo…

Pero, ¿qué serían las murallas si no hubiera centinela?

Por eso, el centinela que duerme deja desnudo al poblado. Y por eso se apoderan de él, cuando lo encuentran, para ahogarlo en su propio sueño…

Claudicación de los centinelas, es el bárbaro quien los adormece.

Centinela dormido. Vanguardia de los enemigos. Conquistado por anticipado, pues tu dormir es un negarte a ser ligado permanentemente por la ciudad…

Entonces se me apareció la imagen de la ciudad derrotada por tu simple sueño, pues todo se ata y se desata en ti. Cuán hermosa es tu vigilia, oído y mirada de la ciudad. Y de tan noble comprensión dominando con tu simple amor la inteligencia de los lógicos, que no comprenden la ciudad, sino que la dividen.

Pero tú, centinela, cuando velas estás en relación con la ciudad librada a las estrellas. No esta casa, ni esta obra, ni ese hospital ni ese palacio. Sino la Ciudad… esa mezcla de fervor y de sueños, ese fuego bajo la ceniza de la vía láctea.

Centinela, cuando velas, la ciudad reposa sobre ti y sobre la ciudad reposa el Imperio…

He aquí que tú duermes. Centinela dormido. Centinela muerto. Y yo te miro con espanto pues en ti duerme y muere el Imperio. Lo veo enfermo a través de ti porque es un mal signo que me delega centinelas para dormir. Por cierto, me digo, el verdugo cumplirá su misión y ahogará a ese en su propio sueño.

Pero en mi piedad se alzaba un litigio nuevo e inesperado. Pues sólo los imperios fuertes siegan las cabezas de los centinelas dormidos, pero estos imperios que ofrecen centinelas para dormir, no tienen ya derecho a segar nada. Porque importa comprendes bien el rigor. No es cortando las cabezas de los centinelas dormidos como despiertan los imperios; es cuando los imperios se han despertado que se cortan las cabezas de los centinelas dormidos. Otra vez confundes aquí el efecto con la causa. Y viendo que los imperios fuertes cortan las cabezas, tú quieres crear tu fuerza cortándolas, y no eres más que un bufón sanguinario.

Funda el amor y fundarás la vigilancia de los centinelas, y la condenación de los que duermen, pues en este caso son aquellos los mismos que han tronchado el Imperio.

Pero yo te deseo fiel a ti mismo, despierto, sabiendo que llegarás a ser.

Antoine de Saint-Exupéry

jueves, 30 de abril de 2009

¡FELICIDADES MI TENIENTE CORONEL!

En homenaje y felicitación al Teniente Coronel Antonio Tejero Molina que hoy, 30 de Abril, cumple 77 años. Al sacrificio heroico de una vida hipotecada entre los fríos barrotes de una oscura celda por amor a España. Y en desagravio por tanto tiempo de calumnias que ha soportado con admirable serenidad.

Con mi amistad perpetua. Con mi admiración creciente.
Un fuerte abrazo.




El 23 de Febrero es el día de aquellos hombres que, cumpliendo con el juramento a la bandera, actuando con honor, ofrecieron cuanto tenían a España y los españoles. También recordamos a los que quisieron aniquilar cualquier resistencia, armada o no, engañando y traicionando sin escrúpulo.

Aquella fecha de 1981 fue la consecuencia de unos precedentes históricos que convulsionaron a España espiritual, social y políticamente. Espiritualmente en decadencia, España sufría los nefastos frutos del Concilio Vaticano II que había dado pie a la proliferación de toda clase de sectas, a la secularización de sacerdotes, a la protección oficial de la inmoralidad y a la marxistización de la Iglesia con el Primado Cardenal Tarancón y sus secuaces. Sacudida España socialmente por los movimientos estudiantiles, las revueltas universitarias y las reivindicaciones de los sindicatos bermellones, la fragmentación del pueblo era una crónica diaria. Y políticamente España era un barco que se hundía por las grietas del nacionalismo, los asesinatos de las bandas terroristas y un parlamento donde se sentaban desde Carrillo a Fraga, los nuevos amigos del consenso bastardo.

La situación era insostenible. Los pocos militares que hacían servir los galones al juramento, y no al revés, dieron un paso al frente. Con todas las consecuencias estaban dispuestos a intervenir para cambiar el rumbo a la deriva del pueblo español. Unos, por España, al servicio de ella. Otros sólo actuarían a las órdenes del Jefe de las Fuerzas Armadas: Juan Carlos de Borbón.

Se gestó, precipitadamente, la irrupción en el Congreso de Diputados del Ejército. Después, una vez tomado el hemiciclo, la autoridad militar se haría cargo de los destinos de España. Esa autoridad militar contaría con el apoyo total y absoluto del inquilino de la Zarzuela. El General Armada sería la cabeza visible del golpe de estado haciéndose cargo del poder. Detrás de él, las diversas Capitanías Generales, secundarían, a las órdenes de Juan Carlos, un gobierno de concentración con izquierdas y derechas, liberales y comunistas.

El Teniente Coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero Molina, movido por su amor inquebrantable a España, fue el elegido para entrar en el Congreso. Un hombre íntegro, profundamente patriota, que contaba con el respeto y la admiración de sus subordinados. Después de cumplir su misión dejaría paso al General Armada. Nada sabía el Teniente Coronel de los apaños sucios que habían acordado desde Zarzuela.

Tejero, todo por la Patria. Todo, su carrera, su sueldo, sus galones… años y años de servicio. No lo había ofrecido todo para mayor gloria de Armada, Juan Carlos o cualquiera de los parásitos que ya se estaban repartiendo cargos, ministerios y capitanías. Tejero es un hombre de honor. Y el honor fue su divisa cuando paró el golpe de la Zarzuela y cargando con la responsabilidad de sus hombres los despidió uno a uno a las puertas del Congreso. El golpe quedó parado. No era España lo que allí se defendía. El General Armada le había traicionado mientras en Valencia el General Milans del Bosch regresaba al cuartel con sus tanques dando cumplimiento al deseo y las órdenes de Zarzuela. Si don Jaime Milans del Bosch (gran militar, héroe del Alcázar toledano y juancarlista hasta aquel día) no hubiera dado marcha atrás otro gallo estarían cantando ahora mismo.

El consuelo de Tejero es el deber cumplido. La integridad de una vida. El sacrificio por la Patria y la austeridad y soledad de la celda tras los fríos barrotes.

Alguien estaba a su lado. Alguien que no sabía de traición, sino de lealtad. De amistad y nunca de interés. Alguien que, aquella noche oscura y tenebrosa, lució la claridad y pureza del blanco uniforme de la Armada. Y que llevó al Teniente Coronel Tejero el abrazo de un amigo y la cercanía de un camarada. Era el Capitán de Navío Camilo Menéndez Vives, inmolando sus galones, su carrera, su familia y su vida por un patriota traicionado. Porque “por encima de la disciplina, está el honor”.

Aquel día quedó cortada en el ejército cualquier posibilidad de reacción. Y sin embargo el Valor y el Honor se abrieron paso.

Miguel Menéndez Piñar

ESPLENDOR DE LA CONCEPCIÓN JERÁRQUICA Y CRISTIANA DE LA VIDA

La ola satánica del igualitarismo que desde la revolución protestante del siglo XVI hasta la revolución anarco-comunista de nuestros días viene atacando, calumniando, socavando y debilitando todo cuanto sea o simbolice jerarquía, presenta toda desigualdad social como una injusticia.

Está en la naturaleza humana -dicen los igualitarios- que el hombre se sienta disminuido y humillado al inclinarse delante de un superior. Si lo hace, es porque ciertos prejuicios o la imposición de las circunstancias económicas lo obligan a hacerlo. Y esta violencia al orden natural de las cosas -continúan los igualitarios- trae como consecuencia que el que es supuestamente superior deforma su alma por la prepotencia y la vanidad que lo llevan a exigir que alguien se incline delante de él. Y el que se siente inferior, pierde con ese gesto servil de inclinarse ante otro, algo de la dignidad propia de su personalidad como hombre libre e independiente.

Sin embargo la Doctrina Católica nos dice exactamente lo contrario. Dios creó todo el universo de acuerdo con un orden jerárquico. Y dispuso que lo jerárquico fuese la esencia de todo tipo de orden verdaderamente humano y católico.

En contacto con el superior, el inferior puede y debe tributarle todo el respeto sin el menor recelo de que esto lo degrade o rebaje. Y de su parte el superior no debe dejarse llevar por la vanidad y la prepotencia pues su superioridad no proviene de la fuerza sino de un orden de cosas muy santo y deseado por nuestro Creador. Las costumbres en la Iglesia Católica expresan con admirable fidelidad esta doctrina. Sabido es que en ninguna institución ni ambiente de hoy, se percibe y consagra como en Ella -en sus ritos y pulidas formas- el principio jerárquico. Y tampoco en ninguna se ve tan claramente como en la Iglesia, cuánta nobleza puede haber en la obediencia, cuánta elevación de alma y cuanta bondad en el ejercicio de la autoridad y de la preeminencia.

En una Cartuja española un monje oscula genuflexo el escapulario de su superior. Es la expresión de la más entera sujeción de una voluntad a otra.


Considérese atentamente la escena y se podrá notar cuánta virilidad, cuánta fuerza de personalidad, cuánta sincera convicción, cuánta elevación de motivos el humilde monje genuflexo pone en su gesto que contiene cualquier cosa de santo y de caballeresco, de grandioso y de sincero que hace pensar a la vez en “La Legende Dorée”, en “La Chanson de Roland” y en los “Fioretti” de san Francisco de Asís.

Genuflexo así, este monje religioso católico, humilde y desconocido, se ve mayor que el hombre moderno, molécula arrogante y vanidosa, impersonal, anónima e inexpresiva de la gran masa amorfa en que se transformó la sociedad contemporánea.

Considerada la humilde actitud del monje, veamos ahora la del gentilhombre. Se trata del Conde Vladimir D´Omersson quien fuera Embajador de Francia ante la Santa Sede en los tiempos del Papa Pío XII. En esta foto aparece vestido con el solemne traje de gala diplomático, arrodillado ante el Santo Padre con ocasión de una audiencia pontificia. Sería difícil imaginar una actitud que exprese -tan completamente y al mismo tiempo- una alta conciencia de su propia dignidad y un vivo respeto ante la autoridad excelsa y suprema ante la cual el embajador tiene la honra de encontrarse. Rodilla en tierra pero torso y cuello bien erectos, saludo reverente y noble, todo muestra cuánto respeto y dignidad están contenidos en los tradicionales estilos diplomáticos de los que el Conde es un fiel intérprete, y que fueron elaborados en los siglos áureos de la Civilización Cristiana.



Considérese también en la primera foto la actitud del Prior. Hay como un contraste entre su imagen blanca, erecta, robusta y estable, que expresa autoridad, seguridad y paternal protección, y su expresión fisonómica que parece impasible, serena, neutra y un poco distante. El porte blanco de su aspecto expresa su condición oficial de Prior de la cartuja. Pero su fisonomía refleja desapego y simplicidad pues se ve que está muy consciente que no es a él en cuanto tal que se le dirige ese homenaje sino al cargo que representa.

Y, con el debido respeto, por supuesto, consideremos en la otra foto la actitud del Sumo Pontífice. Sentado en ese pequeño trono no se levanta para recibir el homenaje del embajador pero se inclina levemente para escucharlo con especial atención. Conservando su mano en la del Conde, le da al respetuoso saludo que este le presenta una cierta nota de amenidad, y manteniéndose enteramente como Papa, da todas las muestras de su más profunda benevolencia y alto aprecio para con el noble embajador.

Cuatro actitudes inspiradas en una visión bien jerárquica de las cosas. Actitudes dignas, nobles y honorables, aunque cada cual a su modo. En pocas palabras, se trata del esplendor de la humildad cristiana y la hermosura de una vida social jerarquizada.

Plinio Correa de Oliveira
O Catolicismo No. 70, Octubre de 1.956

miércoles, 29 de abril de 2009

INSENSATEZ Y MALDAD


Decía Santo Tomás que el gobierno de las naciones debe confiarse a quienes exceden en virtud e inteligencia al común de los mortales. Encumbrar lo que es de naturaleza inferior es siempre una monstruosidad; pero vivimos en una época tan dejada de la mano de Dios que hemos llegado a confundir la democracia con un sistema de gobierno donde pueden llegar a gobernar quienes no son ni virtuosos ni inteligentes. El gran Castellani establecía una clasificación de los tontos en cinco grupos, atendiendo al grado de conciencia que tenían sobre su cortedad de ingenio, que eran los siguientes: 1) Tonto a secas; esto es, ignorante. 2) Simple; esto es, tonto que se sabe tonto. 3) Necio; esto es, tonto que no se sabe tonto. 4) Fatuo; esto es, tonto que no se sabe tonto y además quiere hacerse el listo. Y 5) Insensato; esto es, tonto que no se sabe tonto y encima quiere gobernar (o hacer que gobierna) a otros. Y concluía que esta última categoría de tonto era la verdaderamente peligrosa y siniestra, más peligrosa aún -añadimos nosotros- que la categoría de los malvados; pues el malvado obra mal a sabiendas, con premeditación y alevosía, a diferencia del insensato, que obra mal pensando que obra bien. Además, el malvado, cuando llega a gobernar, lo hace ocultando a quienes lo han encumbrado sus verdaderas intenciones, de tal modo que, una vez descubiertas, puede ser depuesto. Pero al insensato lo encumbran los ignorantes, a quienes conduce fatalmente a su perdición, sin que éstos reaccionen.

Pero puede también ocurrir -el diablo nunca descansa- que los insensatos, una vez entronizados, se tornen malvados; y aquí llegamos al grado de corrupción máxima de un gobierno. Ángel Expósito, que es menos dado que yo a las lucubraciones tomistas, encarnaba en su artículo de ayer esta síntesis de insensatez y maldad en el presidente Zapatero, cuando lo caracterizaba como un gobernante que, en lugar de regir su acción por la búsqueda del bien común, se guía siempre por un interés político, que es signo distintivo de insensatez; y le faltó añadir que esa búsqueda de interés político la logra encizañando a los españoles, convencido de que su fortaleza como gobernante exige una fractura social, un estado de demogresca constante que mantenga enardecidos a sus votantes. Algunos ilusos creen que el huracán de la crisis económica, que amenaza con arramblarlo todo, lo hará desistir de su estrategia encizañadora; pero se equivocan de medio a medio, porque a estas alturas Zapatero ya no puede aparecer como un gobernante que anhela el bien común (tal pose resultaría poco creíble, amén de irrisoria), sino que necesita más que nunca exacerbar las pasiones políticas, que tal vez no sirvan para llenar los estómagos, pero en cambio distraen mucho el hambre y, sobre todo, permiten disfrazar las causas del hambre, y aun identificar erróneamente a los causantes.

Que Zapatero se está preparando para una nueva etapa en la que intensificará sus mensajes encizañadores lo demuestra la elección como ministro de Pepiño Blanco, quien -digámoslo piadosamente- aparte de no exceder al común de los mortales en virtud e inteligencia, se caracteriza sobre todo por una vocación irrefrenablemente cainita que asoma en cuanto abre la boca, no importa que se refiera a nimiedades (cuando afirma que «le tengo un asco al Real Madrid que no lo puedo ni ver») o a asuntos graves (cuando arremete contra «la hipocresía de aquellos que por la puerta de atrás abortan y luego van en la cabecera de las manifestaciones»). Nombrar ministro a una persona huérfana de méritos cuyo signo distintivo es su capacidad para enviscar los ánimos y sembrar la cizaña por doquier tal vez sea una muestra de insensatez; hacerlo en las presentes circunstancias constituye una prueba de maldad.
JUAN MANUEL DE PRADA, ABC

martes, 28 de abril de 2009

64 ANIVERSARIO

Hoy hace 64 años que descuartizaron y asesinaron a Benito Mussolini los rojos partisanos.

Requiescat in pace.

"Todo lo que fue hecho no podrá ser borrado, mientras mi espíritu, ya librado de la materia, viva, después de la pequeña existencia terrena, la vida sin fin y universal de Dios”. Del testamento de Mussolini.

EJEMPLOS DE VIDA, EJEMPLOS DE RESISTENCIA

Decía José Antonio que el espíritu se divide en dos castas: el sacerdocio y la milicia, las dos formas más heroicas de hipotecar la vida. La Fe como virtud sobrenatural que nos abre la morada eterna, y la milicia porque sin ella la vida del hombre sobre la tierra no sería digna a los ojos del Padre.

Personificando estos conceptos, la supremacía del espíritu como valor eterno, el padre Alba es buen candidato a ello, no sólo por ser sacerdote secumdum Cor tuum, sino porque la correlación de su espíritu con la milicia fue armoniosamente compaginada. Creo que las últimas palabras que le escuché fueron: mi vocación siempre fue castrense. Su figura le delataba, siempre en posición rígida. Cada una de sus palabras era un verbo encendido, vivo, guerrero, antagónico a las voces melancólicas de los púlpitos progresistas. Patriota como ninguno, sabía que nuestra historia, la de España, no podía entenderse sin el cobijo de la Providencia. Amante como el que más de las cruzadas, en especial la última de nuestra Patria, en la que luchó y murió la mejor generación española de todos los tiempos, nos puso a aquellos héroes, mártires y cruzados como paradigmas de la Fe católica, en jurada fidelidad con la sublime promesa de los jóvenes de la Asociación de la Inmaculada y san Luis Gonzaga.

Pero, ¿el modelo en la milicia? El mismo padre Alba me hubiera contestado: el Capitán de Navío Camilo Menéndez Vives. Sí, ciertamente, soldado de la Patria, en su sentido más literal, ya con quince años y tras falsificar su edad, tomó el fusil, se encarnó la boina roja y se marchó al frente como requeté al tercio de san Marcial, a defender a su Dios y a su madre España como cruzado. Más tarde como militar, sirviendo en la Armada Española, continuó la guerra, el martirio psicológico, como lo ha calificado el Santo Padre. Tal es así, que varias veces sufrió prisión y acabó expulsado del ejército por sus propios compañeros, por el simple hecho de ser católico y español consecuente con la doctrina que ello conlleva, cumpliendo así la causa-efecto de la santidad-persecución. Para mi, santo requeté Camilo Menéndez.


Nos faltaría alcanzar un equilibrio, que sin ser sacerdocio ni milicia, compaginara las dos en otro estado. Por un lado se habría de dar la predicación, el pastoreo de las almas a Dios. Por otro el combate espiritual y físico que trascienda más allá del interior del hombre. Blas Piñar. Con cerca de cuarenta años en la vida pública de España y desde su juventud en Acción Católica, sin desmayo ninguno, su voz y su pluma han dado testimonio heroico de aquella consigna del Caudillo: “España será más grande cuanto más católica sea”. Su coherencia de vida, tan escasa en nuestros tiempos, le han llevado ha ser uno de los grandes ejemplos del martirio, incruento, que esta democracia despacha contra aquello cuyas formas y fondos, perfuman su alrededor de algo católico, tradicional, sin que por ello detuviera, lo más mínimo, su paso firme y decidido, hacia el calvario que habría de traer la resurrección de España (sin Cruz no hay salvación). En él se concentra el sacerdocio y la milicia sin ser, plenamente, de uno o de otro. Apóstol de Cristo, como el padre Alba, y soldado de la Patria, como Camilo Menéndez.


Tres figuras con un denominador común: el combate por Cristo, desde diferentes estados, aquel que santifica al hombre cuando es interior, elevando el alma a Dios y, cuando es superado por una voluntad inquebrantable contra el pecado, le sucede la tan olvidada lucha exterior, pública, de testimonio constante de la Verdad. El padre Alba combatió de frente a los que, por la espalda, agrietaban los muros de la Iglesia Santa para dejar paso al humo de Satanás. El Padre sufrió la peor transición de España, la transición religiosa, denunciada por Pablo VI, como autodemolición de la Iglesia, lo que le llevó a fundar, para conservar la Fe en el pueblo y los ministros de la Iglesia, la Hermandad Sacerdotal Española, la Asociación de Sacerdotes y Religiosos de San Antonio Maria Claret, la Unión Seglar, la Sociedad Misionera de Cristo Rey, turnos de adoración, asociaciones de jóvenes con sus campamentos, colonias y un sin fin de comunidades que han demostrado que su unión se fundamenta en el amor a Cristo.

Hubo otra transición, la militar, que junto con la religiosa, se encargaron de augurar el peor de los futuros para España. Fue el Capitán de Navío Menéndez Vives, quien dentro de la institución militar, con hechos y palabras denunció la maniobra del enemigo. No pecó de omisión, pues cuando el deber de católico y español le exigieron dar ejemplo intachable, siempre mantuvo el honor por encima de la disciplina, puesto que no se puede servir a dos señores. Por causa de la injusticia y del odio, al igual que Cristo, conoció la cárcel terrena acumulando méritos para escapar de la cárcel eterna. Invalidado el brazo armado de la Patria y arrancada la Fe del pueblo, la tercera transición y consecuencia de las dos anteriores, la política, no se hizo esperar. En medio de ella, y como único bastión de resistencia, encontramos a un Blas Piñar enarbolando la bandera de la reforma perfeccionista del régimen del 18 de Julio, al estilo de santa Teresa o san Juan de la Cruz, contra la ruptura liberal de los que, como Lutero, anhelaban minar todo cimiento católico, traicionando unos, y olvidando otros, la sangre que sus mayores habían derramado en aquella santa Cruzada del 36. Con este mensaje recorrió los pueblos de España, junto con los que a su lado militaron un día en Fuerza Nueva, como profeta de los males actuales. A pesar de estar siempre bajo el cobijo de la Cruz, los fariseos que habitaban la Santa Madre Iglesia y, que por desgracia aún persisten, le negaron cualquier ayuda o aliento y hasta lo descalificaron, ignorando lo que el santo obispo de Cuenca Monseñor Guerra Campos había sentenciado: “en los discursos de Blas Piñar hay más teología, que en las reuniones de la Conferencia Episcopal”.

El padre Alba y Camilo Menéndez volaron ya al cielo, tan alto como sus méritos, pues hicieron de sus vidas una milicia para que esta fuera un servicio constante a la Fe. Creyendo en Cristo, le predicaron; esperando en Cristo, por Él lucharon; amando a Cristo, se ofrecieron a Él en expiación por “la apostasía y el hombre del pecado, el rebelde, que ha de levantarse contra todo lo que lleva el nombre de Dios o merece respeto, llegando a poner su trono en el Templo de Dios”. (2Tes. 2,4). Blas Piñar aún hoy sigue a nuestro lado, para alentar nuestras vidas hacia el noble combate de la Fe.

Tres hombres, tres católicos, tres españoles. Tres ejemplos sublimes, en tres vocaciones distintas, consagradas, en holocausto perfecto, a la restauración del Reinado Social de Jesucristo, único camino para encontrar la Paz verdadera entre los hombres.
Miguel Menéndez Piñar

lunes, 27 de abril de 2009

REZO CONTRA LA MASONERÍA

Señor nuestro Jesucristo
Rey de las Naciones y de los corazones
Dios que todo lo creaste, lo redimiste,
y has hecho a nuestro pueblo cristiano;
mira con ojos benévolos a ésta nuestra querida Patria
Consagrada a Tu Santísima Madre
y escucha a tus hijos que quieren volver a Ti.

¡Oh Rey! cristianos hemos nacido,
y cristianos queremos ser
Nuestra Patria es su historia católica,
y su destino de grandeza es llevar
Tu nombre como Bandera.
Atiéndenos, Señor, en esta jornada aciaga,
y, si está en Tu Santísima Voluntad,
aparta de nosotros este cáliz de amargura
dándonos la gracia de reconquistarte España y el mundo.

Tu Madre, Reina nuestra,
Conductora y Vencedora en la Lucha Final,
aplaste la cabeza del enemigo que avanza
extendiendo su Poder Internacional
Que el Angel que custodia nuestro suelo
aparte de nosotros la perfidia sionista,
el terror comunista y la siniestra masonería.
Aniquilen Tus Arcángeles a las Sectas Invasoras,
y guarden a nuestras juventudes
de la corrupción mental y moral.

Pero no se haga nuestra voluntad, sino la Tuya;
y si prefieres para nosotros
la noche oscura de una pasión nacional,
Te pedimos, Rey de los Reyes,
no permitas que tu pueblo sea traidor,
Antes prepáranos y danos el triunfar en el martirio,
para la Gloria de Tu Divina Majestad,
en reparación por tanta historia laica,
y para que, bajo el Manto de la Virgen Soberana,
Te adoremos en la Patria Eterna,
con los que lucharon por Ti.
Amen

viernes, 24 de abril de 2009

CRITERIOS PARA ORIENTARSE EN MEDIO DE LA CONFUSIÓN (I): PUNTOS FIJOS.

Si la adhesión a la verdad es tan importante para la vida, se comprende el cuidado que pone la Iglesia en preservar la pureza de su doctrina. Se comprende también el lamento, muy extendido, de los que se quejan de la confusión doctrinal en la Iglesia. No sólo porque circulan con ligereza opiniones dispares -siempre las hubo-, sino porque, según estiman muchos, falla la orientación de no pocos pastores.

En el seno de numerosos grupos, desde publicaciones, cátedras de enseñanza religiosa, y a veces desde la misma predicación sacerdotal, se vierten, como doctrina de la Iglesia, ideas contrarias a la misma, y, al parecer, sin una desautorización eficaz.

Muchos tienen la impresión de que algunos pastores se expresan de un modo ambiguo o se entretienen en consideraciones acerca de "renovadores" o inmovilistas", buscando una artificiosa vía media, en lugar de exponer paladinamente la verdad revelada, la cual se cualifica por sí misma, nunca por referencia a aquellos tópicos.

Éste es el lamento, muy fundado y compartido por el Papa, muchos obispos e innumerables observadores serios. La cuestión preocupa, ante todo, a los fieles, pero es de suponer que también los que se sienten fuera o alejados de la comunidad creyente querrán saber a qué atenerse respecto a la doctrina de la iglesia.

¿Hay criterios, avalados por la jerarquía de la Iglesia, para orientarse en medio de la confusión, incluso cuando la confusión parece afectar a algunos pastores? Sí, los hay y no será inútil ocuparse de ellos (hablo como obispo, no emitiendo opiniones particulares, sino aquellas enseñanzas y normas de la Iglesia que reflejan sin error la verdad de Cristo).

Pablo VI ha invitado a todos los fieles a que cada uno defienda su fe contra los errores. ¿La va a defender cada uno a su antojo, con "libre examen"? No; de acuerdo con normas superiores de la jerarquía, que es el principio de unidad para todos. Hay determinaciones permanentes del magisterio y el mismo Papa, con solicitud admirable, se encarga de recordárnoslas todos los días.

La confusión brota en torno a las "novedades". Hay novedades legítimas; otras, ilegítimas. Hay cosas claras; otras, oscuras. la confusión se disipa si se discierne entre las novedades, si no se mezcla lo claro con lo oscuro. El discernimiento se hace por referencia al depósito que todos los pastores y fieles han de asimilar con sumisión. "Vigilad y orad", dice el Señor. Nuestra vigilancia se inspira en cuatro actitudes: en medio del oleaje, a través de la niebla, mirar hacia puntos fijos, como faros; referir a ellos las novedades, para ver si son o no legítimas; acotar las zonas de opinión libre; y, aunque a veces haya que atravesar los bancos de niebla de la duda, o de la búsqueda, rechazar siempre las cortinas de humo de la ambigüedad, del lenguaje de doble sentido.

Digamos ahora algo sobre lo primero. Los puntos fijos son, ante todo, las verdades de fe y los principios morales, propuestos y declarados por el Magisterio supremo de la Iglesia: el Papa y el Episcopado universal.

Es importante recordar que estos puntos vinculan a los mismos pastores, de suerte que cualquier manifestación menos clara de alguno de ellos ha de ser juzgada a la luz de aquellas proposiciones. Esta es la norma desde el comienzo de la Iglesia.

San Pedro fue el primero en promulgar una gran verdad: que a Cristo, salvador de todos los hombres, se puede acceder sin necesidad de someterse a la ley judía. Sin embargo, en una ocasión en Antioquía, por no disgustar a los partidarios de la judaizacíón, Pedro se comportaba con disimulo. Pablo se le opuso abiertamente. ¿Por desacuerdo con su doctrina? Al contrario: porque estimó que la "simulación" de Pedro oscurecía la doctrina del mismo Pedro y desorientaba a los creyentes. San Pablo, a su vez, afirmaba que cualquier cosa que él pudiese decir habría de subordinarse en todo caso a la predicación oficial ya establecida: "Aunque nosotros, o un ángel del cielo, os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema... Si buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo".

¿Ha cambiado algo, en este punto, con el último Concilio? No. Juan XXIII, al inaugurarlo, reafirmó la misma norma. Le impuso como tarea el "ejercicio pastoral del magisterio, que debe partir de la adhesión renovada, serena, tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia en su integridad".

Y Pablo VI, terminado el Concilio, se apresuró a advertir que es necesario enmarcarlo en el cuadro de todo el magisterio anterior. Poco después, al ver -son sus palabras- que "algunos católicos se dejan llevar de una especie de pasión por el cambio y la novedad", cumple el mandato de Cristo de "confirmar en la fe a sus hermanos" y "proclama por encima de las opiniones humanas" la verdad de Cristo, pronunciando el Credo, "que recoge en sustancia la inmortal tradición de la santa Iglesia de Dios".

Si hay quien siembra el desconcierto, si los mismos pastores inmediatos dejan de orientar, cada uno debe defender su fe. Para ello, lo fundamental es conocer los documentos que hacen fe.

Ciertamente, no es imprescindible estudiar todos los textos de los concilios o de los Sumos Pontífices. Para fijar un rumbo inicial suficiente bastaría acudir, por ejemplo, a los viejos catecismos familiares (como el Astete o el Ripalda...). Sin duda, son resúmenes escuetos, que admiten desarrollo en varios puntos; pero es importante subrayar que ni una sola línea de estos catecismos ha sido cambiada por el Concilio.

¡He aquí, pues, una pista para comenzar a abrirse camino en la maleza de la confusión! Una pista con tres indicadores:

- no hay por qué aceptar nada que sea disconforme;

- si alguien dice cosas que parezcan diferentes, es posible que no hayamos entendido bien y que sean válidas; pero el que las dice, sea quien sea, laico, presbítero u obispo, está obligado en conciencia a mostrar su conformidad con la tradición de la Iglesia, y, mientras no lo haga, es un derecho sagrado de todos suspender el juicio;

- si alguno, en nombre del catecismo de "ahora" se atreve a proponer lo contrario a las verdades de fe y moral contenidas en el catecismo de "antes", por mucho que apele al Concilio, se le debe resistir en nombre del Concilio y de la verdadera autoridad de la Iglesia.

Termino con un ejemplo muy sabroso, ahora que estamos en vísperas del congreso eucarístico nacional de Valencia. Hay quienes, con disquisiciones o argucias más o menos habilidosas, inducen a despreciar la adoración al Santísimo Sacramento en el sagrario, intentando limitarla al momento de la misa. Pues bien, el Credo de Pablo VI dice: "El Señor.. - sigue presente, después del sacrificio, en el Santísimo Sacramento que está en el tabernáculo, corazón viviente de cada una de nuestras iglesias. Es para nosotros un dulcísimo deber honrar y adorar en la Santa Hostia que ven nuestros ojos al Verbo Encarnado a quien no pueden ver y que sin abandonar el cielo se ha hecho presente ante nosotros."

Ésta es la verdad. Con ella en el corazón, no podremos acaso evitar el dolor ante otros comportamientos; pero sí podemos impedir que nadie nos empuje a la confusión.

+José Guerra Campos+, obispo

JURAMENTO ANTI-MODERNISTA

JURAMENTO ANTI-MODERNISTA que debía prestar todo el clero, los pastores, confesores, predicadores, superiores religiosos y profesores de filosofía y teología en seminarios.
Motu Propio: “SACRORUM ANTISTITUM”
San Pío X


“ Yo...abrazo y recibo firmemente todas y cada una de las verdades que la Iglesia por su magisterio, que no puede errar, ha definido, afirmado y declarado, principalmente los textos de doctrina que van directamente dirigidos contra los errores de estos tiempos.”

“En primer lugar, profeso que Dios, principio y fin de todas las cosas puede ser conocido y por tanto también demostrado de una manera cierta por la luz de la razón, por medio de las cosas que han sido hechas, es decir por las obras visibles de la creación, como la causa por su efecto.”

“En segundo lugar, admito y reconozco los argumentos externos de la revelación, es decir los hechos divinos, entre los cuales en primer lugar, los milagros y las profecías, como signos muy ciertos del origen divino de la religión cristiana. Y estos mismos argumentos, los tengo por perfectamente proporcionados a la inteligencia de todos los tiempos y de todos los hombres, incluso en el tiempo presente.”

“En tercer lugar, creo también con fe firme que la Iglesia, guardiana y maestra de la palabra revelada, ha sido instituida de una manera próxima y directa por Cristo en persona, verdadero e histórico, durante su vida entre nosotros, y creo que esta Iglesia esta edificada sobre Pedro, jefe de la jerarquía y sobre sus sucesores hasta el fin de los tiempos.”

“En cuarto lugar, recibo sinceramente la doctrina de la fe que los Padres ortodoxos nos han transmitido de los Apóstoles, SIEMPRE CON EL MISMO SENTIDO Y LA MISMA INTERPRETACIÓN. POR ESTO RECHAZO ABSOLUTAMENTE LA SUPOSICION HERETICA DE LA EVOLUCION DE LOS DOGMAS, según la cual estos dogmas cambiarían de sentido para recibir uno diferente del que les ha dado la Iglesia en un principio. Igualmente, repruebo todo error que consista en sustituir el deposito divino confiado a la esposa de Cristo y a su vigilante custodia, por una ficción filosófica o una creación de la conciencia humana, la cual, formada poco a poco por el esfuerzo de los hombres, sería susceptible en el futuro de un progreso indefinido.”

“Consecuentemente: mantengo con toda certeza y profeso sinceramente que la fe no es un sentido religioso ciego que surge de las profundidades tenebrosas del "subconsciente", moralmente informado bajo la presión del corazón y el impulso de la voluntad, sino que un verdadero asentamiento de la inteligencia a la verdad adquirida extrínsecamente por la enseñanza recibida EX CATEDRA, asentamiento por el cual creemos verdadero, a causa de la autoridad de Dios cuya veracidad es absoluta, todo lo que ha sido dicho, atestiguado y revelado por el Dios personal, nuestro creador y nuestro Maestro".

“En fin, de manera general, profeso estar completamente indemne de este error de los modernistas, que pretenden no hay nada divino en la tradición sagrada, o lo que es mucho peor, que admiten lo que hay de divino en el sentido panteísta, de tal manera que no queda nada más que el hecho puro y simple de la historia, a saber: El hecho de que los hombres, por su trabajo, su habilidad, su talento continúa a través de las edades posteriores, la escuela inaugurada por Cristo y sus Apóstoles. Para concluir, sostengo con la mayor firmeza y sostendré hasta mi ultimo suspiro, la fe de los Padres sobre el criterio cierto de la verdad que está, ha estado y estará siempre en el episcopado transmitido por la sucesión de los Apóstoles; no de tal manera que esto sea sostenido para que pueda parecer mejor adaptado al grado de cultura que conlleva la edad de cada uno, sino de tal manera que LA VERDAD ABSOLUTA E INMUTABLE, predicada desde los orígenes por los Apóstoles, NO SEA JAMAS NI CREIDA NI ENTENDIDA EN OTRO SENTIDO.

“Todas estas cosas me comprometo a observarlas fiel, sincera e INTEGRAMENTE, a guardarlas inviolablemente y a no apartarme jamás de ellas sea enseñando, sea de cualquier manera, por mis palabras y mis escritos...".

jueves, 23 de abril de 2009

LA PATRIA SOBERANA

Audio mp3

Bellas palabras de Antonio Caponnetto hablando de la Patria.

TENIENTE ROBERTO NÉSTOR ESTÉVEZ, ¡PRESENTE!

Teniente Roberto Néstor Estévez condecorado post mortem con la medalla “La Nación Argentina al heroico valor en combate” en la Guerra Justa de Malvinas. Desde la Madre Patria le rendimos homenaje.

Querido papá:

Cuando recibas esta carta yo ya estaré rindiendo cuentas de mis acciones a Dios Nuestro Señor. El, que sabe lo que hace, así lo ha dispuesto: que muera en cumplimiento de mi misión. Pero fijate vos, ¡que misión? ¿no es cierto? ¿Te acordás cuando era chico y hacía planes, diseñaba vehículos y armas, todos destinados a recuperar las islas Malvinas y restaurar en ellas Nuestra Soberanía?. Dios, que es un Padre Generoso ha querido que éste, su hijo, totalmente carente de méritos, viva esta experiencia única y deje su vida en ofrenda a nuestra Patria.

Lo único que a todos quiero pedirles es:
1) que restauren una sincera unidad en la familia bajo la Cruz de Cristo.
2) que me recuerden con alegría y no que mi evocación sea la apertura a la tristeza y, muy importante,
3) que recen por mí.

Papa, hay cosas que, en un día cualquiera, no se dicen entre hombres pero que hoy debo decírtelas: Gracias por tenerte como modelo de bien nacido; gracias por creer en el honor; gracias por tener tu apellido; gracias por ser católico, argentino e hijo de sangre española, gracias por ser soldado, gracias a Dios por ser como soy y que es el fruto de ese hogar donde vos sos el pilar.

Hasta el reencuentro, si Dios lo permite.

Un fuerte abrazo.

Dios y Patria ¡O muerte!

Roberto

miércoles, 22 de abril de 2009

POR LA RESTAURACIÓN DEL IMPERIO

Como yo también soy partidario de la Restaurarión del Imperior Romano con esa bicefalia perfecta entre Emperador y Papa, copio este artículo de mi buen amigo Kiko Méndez-Monasterio aparecido en Alba Digital.


INFLUENCIA CATÓLICA


Me temo, y no es una conclusión alegre, que los católicos sólo influyen políticamente en una sociedad cuando son emperadores o cuando son mártires, pero nunca de otra manera. De hecho, la historia política del catolicismo es bastante pendular, y se pasa de una situación a otra con una rapidez desconcertante: un día en las catacumbas y al siguiente en el palacio; o viceversa, una noche entre sábanas de seda, y la siguiente al pie de la guillotina o en el fondo de la checa.

Ya sé que es una visión excesivamente reducida, y que se pueden poner mil objeciones. Todas las acepto… bueno, todas menos una: me niego a catalogar como influencia política católica eso que se ha llamado Democracia Cristiana, que sólo de oírlo me produce un escalofrío desagradable: primero porque las mentiras, cuando van en pareja, se hacen más irritantes. (Esto se entiende bien en el caso del PSOE, “obrero y español”, que ya les vale). Y segundo porque la influencia política que haya tenido esta corriente, la DC, obedece más que nada a la multitud de asociaciones secretas que convivían en ella, y de las cuales la mafia era la menos perversa de todas.

El caso es que la política práctica, en realidad, es poco permeable a la religión. Y la cosa tiene sentido: el arte de la política se basa en los infinitos matices del gris, y sin embargo esa tibieza, en lo religioso, no encaja con naturalidad. Yo, personalmente, soy partidario de la Restauración (del Imperio romano, me refiero, con esa bicefalia perfecta entre emperador y Papa), aunque entiendo que ahora mismo no somos muchos los entusiastas de esta opción (creo que unos tres).

Esto me lleva a la perplejidad ante los sucesos político-mediáticos de lo “católico”, ya sea en radio, televisión o merendero. Qué complicado es eso de jugar con los grises y a la vez mantener blanco lo blanco y negro lo negro. Algunos debieran, o debiéramos (me incluyo), entender que no parece tiempo de influencia desde los palacios. Y que como la otra opción ya hemos dicho que es más bien incómoda, quizá sea el momento de prestar menos atención a la política y más a otros aspectos como el arte, la cultura, la educación…

PS. Tengo un amigo que está en absoluto desacuerdo con mi tesis: para él la historia de España es la historia de su Iglesia, y pone como ejemplo que hasta los partidos más radicales de la izquierda beben más de seminarios que de ateneos. Casi le doy la razón, pero es que no tengo tiempo de escribir otro artículo

Kiko Méndez-Monasterio

martes, 21 de abril de 2009

EL RETORNO DEL REY

SALUTACIÓN AL OPTIMISTA

Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fratemos, luminosas almas, ¡salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;
retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte;
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña
y en la caja pandórica, de que tantas desgracias surgieron
encontramos de súbito, talismánica, pura, rïente,
cual pudiera decirla en su verso Virgilio divino,
la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!

Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
o a perpetuo presidio condenasteis al noble entusiasmo,
ya veréis al salir del sol en un triunfo de liras,
mientras dos continentes, abonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
digan al orbe: la alta virtud resucita
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.

Abominad la boca que predice desgracias eternas,
abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,
abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres,
o que la tea empuñan o la daga suicida.
Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la Tierra;
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despiertan entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que el alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo,
ni entre momias y piedras reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que tras los mares en que yace sepultada la Atlántida,
tiene su coro de vástagos altos, robustos y fuertes.

Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos;
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco pristino,
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el amor de espigas que inició la labor triptolémica.

Un continente y otro renovando las viejas prosapias,
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.

La latina estirpe verá la gran alba futura:
en un trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto, en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros.
¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!

Rubén Darío, marzo 1905

lunes, 20 de abril de 2009

EL OCASO DE LOS PROFETAS

CUALQUIER persona que se atreva a hacer augurios poco complacientes sobre el futuro que nos acecha es de inmediato arrojada a las tinieblas exteriores. Donde se demuestra que la nuestra es una época desesperada (esto es, idólatra): pues allá donde el hombre tiene esperanza, el vaticinio del profeta es acogido como signo de consolación y acicate de un cambio profundo de los corazones; pero allá donde el hombre carece de esperanza, el profeta es confundido con un agorero catastrofista y condenado al silencio que se reserva a los alborotadores. A los que se atrevieron a vislumbrar hace algún tiempo los avisos del derrumbe, nuestro presidente los tildó de «antipatriotas», que es más o menos lo mismo que el rey Sedecías hizo con Jeremías, acusándolo de estar al servicio de los babilonios, cuando profetizaba la destrucción de Judea si no se arrepentía de sus pecados; y lo mismo que los troyanos hicieron con Casandra, tildándola de loca, cuando se atrevió a vaticinar que el regalo que los aqueos habían dejado a las puertas de la ciudad -aquel célebre caballo de madera- provocaría su ruina.

La misión del profeta en las sociedades desesperadas (esto es, idólatras) es siempre infecunda -voz que grita en el desierto-, pues es rasgo distintivo de las sociedades desesperadas aferrarse al disfrute de las ventajas materiales adquiridas; y, cuando ese disfrute ensimismado -que es lo único que mitiga el sinsentido vital en el que chapotean- se pone en peligro, prefieren escuchar los engañosos cantos de sirena de quienes les predican melosamente una pronta recuperación. Entre los profetas autóctonos sacrificados por los cantos melosos de las sirenas merece destacarse al diputado Pizarro, que se atrevió a vaticinar en un debate televisivo el descalabro que nuestras cabecitas a pájaros pronto sufrirían; y no sólo fue castigado por las audiencias televisivas idiotizadas, sino también por sus conmilitones, que de inmediato lo condenaron al ostracismo. Otro profeta al que aguarda un similar destino es el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, a quien los mismos que lo nombraron tildan ahora de alarmista por atreverse a poner una nota discordante en el coro de sirenas; y a poco que se resista a cantar su misma canción melosa, lo aguarda otra condena al ostracismo.

Pero, a fin de cuentas, que los profetas surgidos en el seno de la idolatría sean acallados por sus conmilitones no debe provocar nuestro escándalo; pues es misión de la idolatría mantener a la gente desesperada, imbuyéndole la falsa creencia de que su única salvación se cifra en el disfrute de las ventajas materiales adquiridas que ahora se empiezan a disipar. Más pavoroso resulta que quienes tendrían que devolver la esperanza a la gente desesperada también renuncien a ejercer de profetas. Hace apenas unas semanas, Benedicto XVI recordaba a los sacerdotes que «es deber de la Iglesia la denuncia razonable y razonada de los errores que han provocado la actual crisis económica», añadiendo que tal denuncia no debía recurrir a difusos «moralismos», sino motivarse en «razones concretas y comprensibles» que hicieran visibles «los fracasos de un sistema basado en la idolatría del dinero», a la vez que exhortasen a «un cambio de ruta individual», intensificando «el trabajo humilde y cotidiano de la conversión de los corazones». Lo que Benedicto XVI estaba reclamando, en fin, es que la Iglesia no renuncie al don de profecía; pues el que profetiza -condenando la idolatría y llamando a la conversión- trae la esperanza a quienes están desesperados. Que los profetas sean acallados por los mantenedores de la idolatría es propio de nuestra época desesperada; que no surjan entre quienes tienen como deber combatirla, devolviendo la esperanza a nuestras vidas, empieza a olerme a chamusquina.

JUAN MANUEL DE PRADA
20-4-2009 ABC

sábado, 18 de abril de 2009

SERVIR A DOS SEÑORES. DIOS Y POLÍTICA

A diferencia de los paganos, los primeros cristianos se caracterizaron por no tener más “señor” que a Jesucristo, hasta el punto de que su negativa a adorar el César, llegó a ser el motivo del martirio de muchos de ellos. San Pablo lo tenía muy claro cuando proclamaba: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra, y toda lengua proclame: Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11). También en nuestros días, los cristianos tenemos la misma tentación de “servir a dos señores”, sobre la que nos advirtió Jesucristo: «Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro» (Mt 6, 24).

¿Sobre qué peligros concretos nos estaba advirtiendo Jesús? Son muchas las combinaciones a las que cabe aplicar la enseñanza evangélica de los “dos señores”: Dios y el dinero, Dios y la fama, Dios y el placer… “Dios y la política”.

Desde una perspectiva mediática, al igual que ocurre con otras muchas realidades, los católicos suelen ser juzgados y encasillados en dos bandos: derechas e izquierdas. Sin embargo, la lectura desde el punto de vista evangélico es muy diferente. En realidad, los cristianos se dividen en dos grupos: aquellos para los cuales su adscripción política tiene más peso que su fe católica, y aquellos otros, para los cuales la fe católica es más determinante que su sensibilidad política.

En efecto, la vinculación política llega a tener, en ocasiones, tanta influencia en la vida de muchos creyentes, que limita en gran manera la libertad evangélica necesaria para juzgar y discernir las ideologías de este mundo, desde el espíritu de Jesucristo. Por desgracia, hay creyentes que en la práctica llegan a condicionar la aceptación del Magisterio eclesial, al pronunciamiento –favorable o contrario- del partido político que suscita sus simpatías.

Los católicos no sólo han de valorar y estimar el ejercicio de la política, sino que están llamados a una participación activa en ella. Pero, sin embargo, me estoy queriendo referir a otra cosa en esta reflexión: el cristiano no debe “servir” a la política, cual si ésta tuviese un “señorío” sobre su corazón y sus valores de vida. («Se entregará a uno y despreciará al otro», Mt 6,24)

Una vez concluidas las persecuciones del Imperio Romano a los cristianos, San Agustín -a caballo entre los siglos IV y V- afirmaba que «el mundo tiene dos formas de perseguir al cristianismo: la primera es la violencia y la segunda es la seducción». Sin dudarlo, él entendía que la segunda era más peligrosa que la primera. Es evidente que éste es también nuestro caso. En el momento presente se habla mucho de los ataques y del acoso laicista que está padeciendo la Iglesia, lo cual es cierto y debe ser denunciado. Pero quizás no reparamos lo suficiente en el poder de seducción que tantas ideologías contrarias o extrañas a la fe, llegan a tener sobre los seguidores de Cristo. Recordemos aquellas palabras de reprensión dirigidas por Jesús a San Pedro: «Tú piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16, 23).

El cristiano que es seducido por ideologías o simpatías partidistas, suele ser más fácilmente aceptado y adulado en los ambientes políticos afines, pero, inevitablemente, su identidad se ve diluida, como nos recordaba Jesucristo: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres» (Mt 5, 12). En realidad, el cristiano solamente es capaz de transformar el mundo, en la medida en que esté libre de él. Jesucristo nos advirtió: «no podéis servir a dos señores».
Mons. José Ignacio Munilla Aguirre

¡ESPAÑA!

Cuando hay que descubrir un Nuevo Mundo

o hay que domar al moro,

o hay que medir el cinturón de oro

del Ecuador, o alzar sobre el profundo

espanto del error negro que pesa

sobre la Cristiandad, el pensamiento

que es amor en Teresa

y es claridad en Trento,

cuando hay que consumar la maravilla

de alguna nueva hazaña,

los ángeles que están junto a su Silla,

miran a Dios... y piensan en España.


José María Pemán

viernes, 17 de abril de 2009

MONARQUÍA (El de la foto no es rey)

"La monarquía lleva en sí misma la oposición con el liberalismo, quien, por fuerza de la lógica, combate todos los poderes que no reconozcan su origen en la soberanía individual y no sean revocables por la voluntad colectiva. De donde se deduce que toda monarquía que se asocie con el liberalismo se condena a muerte irremisiblemente, solicitando fuerzas de sus adversarios y fundamento en principios que le son contradictorios. La monarquía queda reducida a mera ficción o simbolismo, por añadidura inútil y costoso, deja de ser tradicional, es decir si no se apoya en la tradición y en la unidad de creencias en que ésta se levanta"

Vázquez de Mella




Juan Carlos de Borbón disolvió la monarquía católica, tradicional, social y representativa. Se consagró en "monarca" parlamentario firmando la ley de partidos, el sufrago universal, la constitución atea, la ley del divorcio, del aborto y del "matrimonio" de los invertidos.
Juan Carlos NO ES REY. Ni es rey ni lo reconocemos como tal. Es parte del sistema al que combatimos y derribaremos.

jueves, 16 de abril de 2009

¡FELICIDADES!

Felicitamos al Romamo Pontífice Benedicto XVI en su 82 cumpleaños.

¡Dios lo guarde y fortalezca!


Oremus pro Pontifice nostro Benedicti XVI. Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum ejus.

LUCHA: DONOSO CORTÉS

“Y no se me diga que, si el vencimiento es seguro, la lucha es excusada; porque en primer lugar, la lucha puede aplazar la catástrofe, y en segundo lugar, la lucha es un deber y no una especulación para los que nos preciamos de católicos. Demos gracias a Dios de habernos otorgado el combate, y no pidamos sobre la gracia del combate la gracia del triunfo a aquel que en su bondad infinita reserva a los que combaten bien por su causa una recompensa mayor que la victoria. En cuanto a la manera de combatir, no encuentro más que una que pueda dar hoy día provechosos resultados: el combate por medio de la prensa periódica. Hoy día es menester que la verdad dé en el tímpano del oído y que resuene en él monótona y perpetuamente, si sus ecos han de llegar hasta el recóndito santuario en donde yacen las almas enterradas y dormidas”.

Donoso Cortés

miércoles, 15 de abril de 2009

LECTURA RECOMENDADA: UNA FAMILIA DE BANDIDOS


Una Familia de Bandidos

Este libro recoge de una forma trepidante la trágica epopeya de una familia católica en tiempos de la Revolución francesa. Una lección de heroismo y de fidelidad a la religión. Ideal para toda la familia.

Pedidos en:
Editorial GAUDETE

martes, 14 de abril de 2009

LA MORAL DEL SIGLO XXI

LA MORAL DEL SIGLO XXI

“ABC” publicó un artículo de Luis Racionero bajo el título “El origen de los valores”. Según su autor, toda sociedad histórica ha tratado de fundamentar los valores y normas morales y jurídicas vigentes en ella en una instancia superior metafísica que, en la Europa anterior al siglo XIX, fue siempre la religión cristiana. El que mandaba y el que reprimía u ordenaba su conducta lo hacía siempre, no por un simple imperativo jurídico humano, sino porque tal era la voluntad de Dios reflejada en el orden natural. Durante siglos —dice Racionero— “el cristianismo logró ordenar el individualismo bárbaro bajo la férula de la cristiandad, imponiendo unos valores tomados de la Biblia y de los Evangelios, sancionados por las penas del infierno o los deleites del paraíso, y, si esto no bastaba, por la Inquisición y el brazo secular a sus órdenes”.

“El siglo de las Luces —añade— acabó con esto, y propuso la idea de un imperativo categórico de la razón, creyendo que, cuando se diese educación a la gente, ésta actuaría de modo razonable”. Las atrocidades bélicas y revolucionarias de los siglos XIX y XX no han confirmado ciertamente estos augurios, y una pléyade de sombríos diagnosticadores de nuestra época —desde Spengler hasta Koestler— confluyen en la necesidad de establecer una “escala de valores” de común aceptación que sirvan de referencia obligada a las leyes y las conductas. Su fundamentación en la ciencia le parece a Racionero imposible, dada la continua evolución de la misma. Ortega y Gasset y la escuela axiológica han tratado de conferir (o reconocer) objetividad a los valores, que serían así elementos de la realidad y no meras reacciones sentimentales o afectivas del sujeto.

Este ensayo de una moral laica, pero objetiva y estable, sería muy deseable, según nuestro autor, pero sucede que los valores sólo sirven para discutirlos, propagarlos o intentar “superarlos”.

La única solución sensata en orden al próximo milenio sería —para él— llegar a una escala de valores mediante el consenso. Existen —dice— una serie de normas y sentencias de general admisión por los humanos (conócete a ti mismo, nada en exceso, el Hombre es un fin en sí mismo, ama a tu prójimo, no hagas lo que no desees para ti, etc.), cuyos autores son hombres como Sócrates, Protágoras, Jesucristo, Kant, Teilhard… Si toda la humanidad conviniera en esos imperativos tendríamos un decálogo humanista y filantrópico perfectamente estable y universal.

Lo malo sería alcanzar ese consenso. Habría que apelar a novelistas como Rousseau para que lo imaginaran y escribieran. Además, aunque el imposible se diera, ¿cómo lograr que cada hombre aceptara los sacrificios o los esfuerzos inmensos (a veces la muerte o la ruina) que el cumplimiento de la moral exige, si ésta se basa sólo en un acuerdo meramente voluntario, humano, perfectamente discutible y discutido en el que él seguramente no ha participado?

Por otra parte, el ensayo ya se hizo en España hace cerca de dos siglos. En esto fuimos pioneros. La Constitución de 1812 fue el primer fruto de una Asamblea Constituyente (convención o consenso) a imitación de la Revolución francesa. En ella se establecía que los españoles habrían de ser “justos, honrados y benéficos”. Tan ambicioso imperativo ha servido de general pitorreo hasta nuestros días. Quizá la última década socialista que hemos vivido sea el mejor contraste del cumplimiento de aquel imperativo constitucional.

Yo no sé cuándo ni cómo el hombre moderno no creyente dispondrá para regular su conducta de algo que no sea la normativa legal positivista, ni si esa reconquista se hará por una inspiración superior, sobrenatural, o mediante trágicas experiencias históricas. Sólo sé que esa normativa superior habrá de ser necesariamente religiosa y, por supuesto, nuevamente cristiana. Todo lo demás son historias para escribir ensayos.


Rafael Gambra
16 de septiembre de 1995.