miércoles, 16 de junio de 2010

AMAR LA TRADICIÓN

Escribo esta consideración en la fiesta de los Mártires de la Tradición, el 10 de marzo, la vieja fiesta familiar de la Tradición Española, que venera a cuantos murieron y lucharon por mantener la tradición católica de España. Todos debemos amar la Tradición, y si preciso fuera, morir en su defensa. Esa actitud tradicional de nuestra vida religiosa, nos ha de diferenciar de toda otra actitud que aun llamándose católica, vive de espaldas a la tradición católica, y se entrega a un utópico modernismo sin raíces tradicionales.

La Iglesia es nuestra Madre, la Iglesia que, además de Una, Santa, Católica y Apostólica, es toda Ella Tradicional. La Iglesia es el Reino de Jesucristo en la tierra que se va transmitiendo en tradición viva de generación en generación. Sus enseñanzas no son innovaciones para cada época de la Humanidad, con diferentes posiciones, para cada pueblo, para cada color, de la historia humana. Nuestra fe de hoy, la fe de la Iglesia, hoy como ayer, enseña a todos los hombres, es la misma fe de San Pedro y San Pablo, la misma fe de los circos romanos, de las catacumbas, la misma fe que predicaron San Metodio, San Columbano, San Francisco Javier, el beato Diego de San Vítores, y los obispos y sacerdotes mártires de la persecución religiosa en España en 1936. La doctrina de la Iglesia no está sujeta a modificaciones, a incrementos de verdades que Ella enseña. Nada tiene que ver con el aumento de los contenidos científicos. Que hacen a las ciencias humanas cada vez más dilatadas, más evolucionadas, en el contenido de sus verdades científicas, abandonadas unas en el hoy, y que se consideraron tal vez intangibles en el ayer. No hay evolución, no hay cambio, sino la enseñanza de una misma fe, de la misma sabiduría, de la misma doctrina de salvación.

En medio de un mundo cambiante, con paso efímero de pueblos, civilizaciones, culturas e imperios, la Iglesia permanece siempre coherente consigo misma desde el primer día hasta la más actual modernidad. Los cambios que algunos dicen se han dado en Ella no son más que falsos enfoques de su realidad sobrenatural, porque de hecho las diferentes dimensiones de la cultura y de la evolución humana en todas sus variantes y complejos aspectos, son los que iluminan la Iglesia con su misma luz. Al reflejar esa luz, las cosas de los hombres toman colores y formas diferentes. Pero son las cosas de los hombres las que cambian, porque la luz es siempre la misma. Como la luz del sol ilumina cada nuevo día, cielos y tierras, que aparecen siempre renovados, la luz de la Iglesia ilumina todos los amaneceres humanos y todas las mutaciones de todos los siglos, siempre con su misma luz que penetra hasta los más recónditos entresijos de las creaciones de los hombres. Las circunstancias y las obras humanas cambian; pero la luz de la Iglesia no cambia al iluminarlas todas con su claridad.

La Iglesia es Tradición, amor al tesoro de los siglos, amor a todas las palabras que a lo largo de los siglos ha ido pronunciando la Iglesia para enseñar su doctrina de salvación. No "modernizar", no "acomodar" la Iglesia a las cambiantes situaciones. El esfuerzo de los hijos de la Iglesia se ha de situar en acomodar la cultura, el trabajo, la civilización del momento a las enseñanzas permanentes de la Iglesia y a su Magisterio tradicional. Novedades, no gracias. Tradición viva, sí.

Padre José María Alba Cereceda, SJ

lunes, 14 de junio de 2010

HOMILÍA DEL ROMANO PONTÍFICE EN LA CLAUSURA DEL AÑO SACERDOTAL

El Año Sacerdotal que hemos celebrado, 150 años después de la muerte del santo Cura de Ars, modelo del ministerio sacerdotal en nuestros días, llega a su fin. Nos hemos dejado guiar por el Cura de Ars para comprender de nuevo la grandeza y la belleza del ministerio sacerdotal. El sacerdote no es simplemente alguien que detenta un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo la palabra de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transustanciación, palabras que lo hacen presente a Él mismo, el Resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a Él. Por tanto, el sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio». Que Dios nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así, se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este año hemos querido de nuevo considerar y comprender. Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad; que Él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro «sí». Junto con la Iglesia, hemos querido destacar de nuevo que tenemos que pedir a Dios esta vocación. Pedimos trabajadores para la mies de Dios, y esta plegaria a Dios es, al mismo tiempo, una llamada de Dios al corazón de jóvenes que se consideren capaces de eso mismo para lo que Dios los cree capaces. Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida. Si el Año Sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en «vasijas de barro», y que una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo. Así, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios. De este modo, el don se convierte en el compromiso de responder al valor y la humildad de Dios con nuestro valor y nuestra humildad. La palabra de Cristo, que hemos entonado como canto de entrada en la liturgia, puede decirnos en este momento lo que significa hacerse y ser sacerdotes: «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).

Celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y con la liturgia echamos una mirada, por así decirlo, dentro del corazón de Jesús, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. Sí, su corazón está abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el corazón de Dios mismo. La liturgia interpreta para nosotros el lenguaje del corazón de Jesús, que habla sobre todo de Dios como pastor de los hombres, y así nos manifiesta el sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su corazón; de este modo, nos indica el perenne fundamento, así como el criterio válido de todo ministerio sacerdotal, que debe estar siempre anclado en el corazón de Jesús y ser vivido a partir de él. Quisiera meditar hoy, sobre todo, los textos con los que la Iglesia orante responde a la Palabra de Dios proclamada en las lecturas. En esos cantos, palabra y respuesta se compenetran. Por una parte, están tomados de la Palabra de Dios, pero, por otra, son ya al mismo tiempo la respuesta del hombre a dicha Palabra, respuesta en la que la Palabra misma se comunica y entra en nuestra vida. El más importante de estos textos en la liturgia de hoy es el Salmo 23 [22] – «El Señor es mi pastor» –, en el que el Israel orante acoge la autorrevelación de Dios como pastor, haciendo de esto la orientación para su propia vida. «El Señor es mi pastor, nada me falta». En este primer versículo se expresan alegría y gratitud porque Dios está presente y cuida de nosotros. La lectura tomada del Libro de Ezequiel empieza con el mismo tema: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro» (Ez 34,11). Dios cuida personalmente de mí, de nosotros, de la humanidad. No me ha dejado solo, extraviado en el universo y en una sociedad ante la cual uno se siente cada vez más desorientado. Él cuida de mí. No es un Dios lejano, para quien mi vida no cuenta casi nada. Las religiones del mundo, por lo que podemos ver, han sabido siempre que, en último análisis, sólo hay un Dios. Pero este Dios era lejano. Abandonaba aparentemente el mundo a otras potencias y fuerzas, a otras divinidades. Había que llegar a un acuerdo con éstas. El Dios único era bueno, pero lejano. No constituía un peligro, pero tampoco ofrecía ayuda. Por tanto, no era necesario ocuparse de Él. Él no dominaba. Extrañamente, esta idea ha resurgido en la Ilustración. Se aceptaba no obstante que el mundo presupone un Creador. Este Dios, sin embargo, habría construido el mundo, para después retirarse de él. Ahora el mundo tiene un conjunto de leyes propias según las cuales se desarrolla, y en las cuales Dios no interviene, no puede intervenir. Dios es sólo un origen remoto. Muchos, quizás, tampoco deseaban que Dios se preocupara de ellos. No querían que Dios los molestara. Pero allí donde la cercanía del amor de Dios se percibe como molestia, el ser humano se siente mal. Es bello y consolador saber que hay una persona que me quiere y cuida de mí. Pero es mucho más decisivo que exista ese Dios que me conoce, me quiere y se preocupa por mí. «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen» (Jn 10,14), dice la Iglesia antes del Evangelio con una palabra del Señor. Dios me conoce, se preocupa de mí. Este pensamiento debería proporcionarnos realmente alegría. Dejemos que penetre intensamente en nuestro interior. En ese momento comprendemos también qué significa: Dios quiere que nosotros como sacerdotes, en un pequeño punto de la historia, compartamos sus preocupaciones por los hombres. Como sacerdotes, queremos ser personas que, en comunión con su amor por los hombres, cuidemos de ellos, les hagamos experimentar en lo concreto esta atención de Dios. Y, por lo que se refiere al ámbito que se le confía, el sacerdote, junto con el Señor, debería poder decir: «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen». «Conocer», en el sentido de la Sagrada Escritura, nunca es solamente un saber exterior, igual que se conoce el número telefónico de una persona. «Conocer» significa estar interiormente cerca del otro. Quererle. Nosotros deberíamos tratar de «conocer» a los hombres de parte de Dios y con vistas a Dios; deberíamos tratar de caminar con ellos en la vía de la amistad de Dios.

Volvamos al Salmo. Allí se dice: «Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (23 [22], 3s). El pastor muestra el camino correcto a quienes le están confiados. Los precede y guía. Digámoslo de otro modo: el Señor nos muestra cómo se realiza en modo justo nuestro ser hombres. Nos enseña el arte de ser persona. ¿Qué debo hacer para no arruinarme, para no desperdiciar mi vida con la falta de sentido? En efecto, ésta es la pregunta que todo hombre debe plantearse y que sirve para cualquier período de la vida. ¡Cuánta oscuridad hay alrededor de esta pregunta en nuestro tiempo! Siempre vuelve a nuestra mente la palabra de Jesús, que tenía compasión por los hombres, porque estaban como ovejas sin pastor. Señor, ten piedad también de nosotros. Muéstranos el camino. Sabemos por el Evangelio que Él es el camino. Vivir con Cristo, seguirlo, esto significa encontrar el sendero justo, para que nuestra vida tenga sentido y para que un día podamos decir: “Sí, vivir ha sido algo bueno”. El pueblo de Israel estaba y está agradecido a Dios, porque ha mostrado en los mandamientos el camino de la vida. El gran salmo 119 (118) es una expresión de alegría por este hecho: nosotros no andamos a tientas en la oscuridad. Dios nos ha mostrado cuál es el camino, cómo podemos caminar de manera justa. La vida de Jesús es una síntesis y un modelo vivo de lo que afirman los mandamientos. Así comprendemos que estas normas de Dios no son cadenas, sino el camino que Él nos indica. Podemos estar alegres por ellas y porque en Cristo están ante nosotros como una realidad vivida. Él mismo nos hace felices. Caminando junto a Cristo tenemos la experiencia de la alegría de la Revelación, y como sacerdotes debemos comunicar a la gente la alegría de que nos haya mostrado el camino justo de la vida.

Después viene una palabra referida a la “cañada oscura”, a través de la cual el Señor guía al hombre. El camino de cada uno de nosotros nos llevará un día a la cañada oscura de la muerte, a la que ninguno nos puede acompañar. Y Él estará allí. Cristo mismo ha descendido a la noche oscura de la muerte. Tampoco allí nos abandona. También allí nos guía. “Si me acuesto en el abismo, allí te encuentro”, dice el salmo 139 (138). Sí, tú estás presente también en la última fatiga, y así el salmo responsorial puede decir: también allí, en la cañada oscura, nada temo. Sin embargo, hablando de la cañada oscura, podemos pensar también en las cañadas oscuras de las tentaciones, del desaliento, de la prueba, que toda persona humana debe atravesar. También en estas cañadas tenebrosas de la vida Él está allí. Señor, en la oscuridad de la tentación, en las horas de la oscuridad, en que todas las luces parecen apagarse, muéstrame que tú estás allí. Ayúdanos a nosotros, sacerdotes, para que podamos estar junto a las personas que en esas noches oscuras nos han sido confiadas, para que podamos mostrarles tu luz.

«Tu vara y tu cayado me sosiegan»: el pastor necesita la vara contra las bestias salvajes que quieren atacar el rebaño; contra los salteadores que buscan su botín. Junto a la vara está el cayado, que sostiene y ayuda a atravesar los lugares difíciles. Las dos cosas entran dentro del ministerio de la Iglesia, del ministerio del sacerdote. También la Iglesia debe usar la vara del pastor, la vara con la que protege la fe contra los farsantes, contra las orientaciones que son, en realidad, desorientaciones. En efecto, el uso de la vara puede ser un servicio de amor. Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal. Como tampoco se trata de amor si se deja proliferar la herejía, la tergiversación y la destrucción de la fe, como si nosotros inventáramos la fe autónomamente. Como si ya no fuese un don de Dios, la perla preciosa que no dejamos que nos arranquen. Al mismo tiempo, sin embargo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado del pastor, cayado que ayude a los hombres a poder caminar por senderos difíciles y seguir a Cristo.

Al final del salmo, se habla de la mesa preparada, del perfume con que se unge la cabeza, de la copa que rebosa, del habitar en la casa del Señor. En el salmo, esto muestra sobre todo la perspectiva del gozo por la fiesta de estar con Dios en el templo, de ser hospedados y servidos por él mismo, de poder habitar en su casa. Para nosotros, que rezamos este salmo con Cristo y con su Cuerpo que es la Iglesia, esta perspectiva de esperanza ha adquirido una amplitud y profundidad todavía más grande. Vemos en estas palabras, por así decir, una anticipación profética del misterio de la Eucaristía, en la que Dios mismo nos invita y se nos ofrece como alimento, como aquel pan y aquel vino exquisito que son la única respuesta última al hambre y a la sed interior del hombre. ¿Cómo no alegrarnos de estar invitados cada día a la misma mesa de Dios y habitar en su casa? ¿Cómo no estar alegres por haber recibido de Él este mandato: “Haced esto en memoria mía”? Alegres porque Él nos ha permitido preparar la mesa de Dios para los hombres, de ofrecerles su Cuerpo y su Sangre, de ofrecerles el don precioso de su misma presencia. Sí, podemos rezar juntos con todo el corazón las palabras del salmo: «Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida» (23 [22], 6).

Por último, veamos brevemente los dos cantos de comunión sugeridos hoy por la Iglesia en su liturgia. Ante todo, está la palabra con la que san Juan concluye el relato de la crucifixión de Jesús: «uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Jn 19,34). El corazón de Jesús es traspasado por la lanza. Se abre, y se convierte en una fuente: el agua y la sangre que manan aluden a los dos sacramentos fundamentales de los que vive la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía. Del costado traspasado del Señor, de su corazón abierto, brota la fuente viva que mana a través de los siglos y edifica la Iglesia. El corazón abierto es fuente de un nuevo río de vida; en este contexto, Juan ciertamente ha pensado también en la profecía de Ezequiel, que ve manar del nuevo templo un río que proporciona fecundidad y vida (Ez 47): Jesús mismo es el nuevo templo, y su corazón abierto es la fuente de la que brota un río de vida nueva, que se nos comunica en el Bautismo y la Eucaristía.

La liturgia de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, sin embargo, prevé como canto de comunión otra palabra, afín a ésta, extraída del evangelio de Juan: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. Como dice la Escritura: De sus entrañas manarán torrentes de agua viva» (cfr. Jn 7,37s). En la fe bebemos, por así decir, del agua viva de la Palabra de Dios. Así, el creyente se convierte él mismo en una fuente, que da agua viva a la tierra reseca de la historia. Lo vemos en los santos. Lo vemos en María que, como gran mujer de fe y de amor, se ha convertido a lo largo de los siglos en fuente de fe, amor y vida. Cada cristiano y cada sacerdote deberían transformarse, a partir de Cristo, en fuente que comunica vida a los demás. Deberíamos dar el agua de la vida a un mundo sediento. Señor, te damos gracias porque nos has abierto tu corazón; porque en tu muerte y resurrección te has convertido en fuente de vida. Haz que seamos personas vivas, vivas por tu fuente, y danos ser también nosotros fuente, de manera que podamos dar agua viva a nuestro tiempo. Te agradecemos la gracia del ministerio sacerdotal. Señor, bendícenos y bendice a todos los hombres de este tiempo que están sedientos y buscando. Amén.

Benedicto XVI
Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús
Plaza de San Pedro
Viernes 11 de junio de 2010

sábado, 12 de junio de 2010

FINAL DEL AÑO SACERDOTAL: BUSCANDO UN MODELO


Homilía del Padre José María Serra mCR el día 21 de enero de 2002 en la Misa funeral celebrada en Castellón de la Plana por el eterno descanso del padre José María Alba Cereceda S.J.

Queridos hermanos:

Estamos celebrando la acción sacerdotal de Jesucristo, que hoy ofrecemos por el alma de nuestro Padre José María Alba, cuando hace diez días que fue llamado por Dios para reunirse con Él.

"Ángel", en hebreo, quiere decir mensajero. Es el nombre con que se designa al que es enviado como apóstol, a favor de los que se han de salvar. Además, Jesucristo dijo que nuestros ángeles están siempre en la presencia de Dios, viendo el rostro de Dios. Por otro lado, los ángeles son modelo insigne de humildad porque, trabajando por la salvación de los elegidos, lo hacen siempre desde la sombra, sin darse a conocer; inspirándonos, empujándonos al bien, pero sin aparecer visiblemente. Así, nos parece tantas veces que hemos tenido una feliz ocurrencia cuando no ha sido sino una inspiración angélica.

Hace veintisiete o veintiocho años que conocí al Padre Alba. Hace algunos menos que la Providencia se dignó llamarme a Su servicio, y el Padre Alba me acogió en la Escuela Apostólica de la Sociedad Misionera. Entonces, alguien de mi familia -que yo no sabía que conociese al Padre- (porque con el Padre Alba siempre ha pasado así: de pronto aparece alguien que inesperada e imprevisiblemente le conoce y te cuenta alguna cosa edificante sobre él) me dijo: "¡Ah! El Padre Alba es un ángel!"

Y tenía razón mi pariente. Porque el Padre Alba ha sido un apóstol; como los ángeles, enviados como mensajeros para completar el número de los elegidos. Un apóstol que trabajó en campos donde no podía esperar un lucimiento pastoral: en los barrios marginales de Barcelona, donde la revolución de unos incitaba al ateísmo, y donde la despreocupación pastoral de otros contribuía a que el pueblo se convirtiera en campo abonado para el crecimiento del odio marxista. Así nació la Asociación de la Inmaculada y San Luis Gonzaga.

Pero, con miras mucho más amplias, su apostolado se dirige no sólo a aquéllos a quienes el clero abandonaba, sino al clero mismo. Entonces se funda la Asociación de sacerdotes y religiosos de San Antonio María Claret y, después, la Hermandad Sacerdotal Española, para reconstruir aquello que eran las causas mismas que debían evitar la destrucción de la Iglesia. Por ello también, cultiva el apostolado intelectual de aquellos cuyos ángeles están en el cielo viendo el rostro de Dios; y se dedica a los jóvenes en el colegio. Primero, un colegio en Barcelona y después el colegio de Sentmenat. A menudo le oímos decir que el apostolado más importante es el científico; y ello porque evangeliza aquello más característico de la racionalidad humana: su inteligencia. Es entonces cuando el hombre, con razones iluminadas desde la Fe, se hace testigo de Cristo ante la sociedad y ante el mundo. Nuestro Padre manifestó la verdad ante todos, costara lo que costara; fue el hombre del consejo seguro, de la dirección espiritual recta.

Y fue, a semejanza de los ángeles, un hombre de humildad proverbial. Se ha dicho que el mundo necesita "secundadores". Porque no hacen falta tanto ideas grandes cuanto hombres que estén dispuestos a sostenerlas, sacrificarse por ellas, hacerlas crecer. Y, por no apuntarse a lo más, el Padre se mostraba a sí mismo como un secundador. Secundador del P. Piulachs, secundador de la obra del Colegio, secundador del obispo Guerra Campos,... Por su humildad. Porque todo lo que conozco -la Asociación, la Unión Seglar, el Colegio,...-, todo lo había fundado él. Todo era obra de él como inspirador y promotor y alma. Pero, por humildad, siempre lo atribuía a alguien otro.

Su gran obra fue la Sociedad Misionera de Cristo Rey, que recopila sus tres notas más personales: apostolado, ciencia y virtud. Porque es Sociedad Misionera, es decir, apostólica, en el apostolado más necesario, el de la misión. ¡Cuántas veces nos decía que no tenemos que ser tropas de ocupación, sino tropas de conquista! No conformarnos con mantener lo que nuestros antepasados consiguieron, sino conseguir nuevas conquistas para Cristo.

Sociedad Misionera, y de Cristo Rey. Se muestra aquí la luz de la Fe, la formación de las inteligencias bajo el Reinado de Cristo, el Señor. Hace muy poco, en una conferencia, Monseñor Darío Castrillón, prefecto de la Congregación para el Clero -con el cual, precisamente, se había entrevistado el Padre Alba recientemente- hablaba de la urgencia de recuperar la Doctrina sobre Cristo Rey. Y subrayaba, justamente, algo que el Padre Alba había destacado siempre: Cristo no es un Rey cósmico, en el sentido de que no es Rey del Universo, tal como reza el título castellano de la Misa. Cristo es Rex universorum. Ahora bien, Rex universorum significa justamente Rey de todas las cosas. Por eso, Monseñor Castrillón denuncia que un reinado cósmico es absolutamente ineficaz y falso. El sentido de la fiesta y del título de Cristo Rey es el Reinado Social: todas las instituciones y todas las asociaciones, que conforman y edifican una nación, una patria, tienen que estar bajo el dominio de Cristo Rey. Por eso, el mensaje más original y propio del Padre es hoy tan urgente y tan necesario; y es la verdadera herencia que tenemos que conservar y hacer crecer.

El Padre fue un ángel para muchos de nosotros; un verdadero ángel de la guarda que nos llevó al verdadero amor a la Iglesia y al verdadero conocimiento de aquello que la Esposa de Cristo enseña: al verdadero Magisterio de la Iglesia; más allá de las modas de los teólogos. Por eso le pedimos hoy todos nosotros -vosotros, que le conocisteis de modo particular llevados por vuestra devoción a la Cruz del Bartolo, que él siempre tanto animó y fomentó-, le pedimos que nos dé parte de la Caridad de su apostolado; de la Fe de su doctrina, de su pensamiento, de su fidelidad al Magisterio perenne de la Iglesia; y de su humildad, fundamentada en la Esperanza de que, como amigos de Cristo Rey, también un día, como él, todos nosotros participaremos en el gozo de nuestro Señor. Que así sea.

miércoles, 9 de junio de 2010

HERMANDAD SACERDOTAL ESPAÑOLA


Los buenos historiadores, es decir aquellos que sólo desean exponer la verdad de los hechos sin prejuicios, tendrán en años venideros un gran trabajo para, con equilibrio, interpretar y juzgar lo acontecido en los últimos críticos cuarenta años de nuestro catolicismo. Años en los que la “tradición” nunca estuvo excomulgada, aunque sí perseguida, en unos casos, y despreciada en casi todos. Algunas Congregaciones religiosas del espectro tradicional, que iniciaron su andadura en primer lugar, cronológicamente hablando, fueron regularizando su situación y otras, nacidas posteriormente, directamente se insertaron en un marco jurídico canónico. Un grupo importante, la FSSPX, de la corriente “tradicionalista” tuvo sus obispos excomulgados y, todavía, su Sociedad en situación irregular. Esperemos que se continúe el proceso, iniciado hace años pero acelerado en este papado, como reconoce el superior de la citada fraternidad Mons. Fellay: “lo que ha ocurrido ahora no es fruto de una tratativa o de un acuerdo. Es un acto gratuito y unilateral que demuestra que Roma nos quiere realmente bien. (…) todo ha cambiado y eso se lo debemos al Papa”.

Dentro de estas últimas cuatro décadas, en España, no podemos dejar de rendir un sentido homenaje a una asociación, la Hermandad Sacerdotal Española (HSE), y a las Uniones Seglares surgidas a su vera, nacida en el mes de julio del año 1.969, que llegó a tener cerca de ocho mil sacerdotes afiliados, regulares y seculares, entre los cuales muchos conocidos filósofos y teólogos. No se produjo, entre sus filas, ninguna secularización y siendo sus miembros tremendamente críticos con la situación eclesial y con la actitud de gran parte de la jerarquía sin una respuesta adecuada a la misma, jamás dejaron de ser leales a sus promesas de obediencia. Con una fidelidad puesta a prueba continuamente, en medio de un contexto de deserciones al sacerdocio y contestaciones al Magisterio de la Iglesia, dieron un testimonio que les caracterizó durante todas las batallas en defensa de la Verdad en las que se vieron envueltos.

Yo era un adolescente, pero por las revistas a las que estaba suscrito mi padre, aún puedo recordar aquellas jornadas sacerdotales convocadas por la HSE, como las de 1.972, celebradas en Zaragoza, en las que se reunieron tres mil sacerdotes ataviados como tales con el traje talar; las de Cuenca 1974 con 2.400 asistentes que la revista Iglesia-Mundo, en su portada, titulaba “Los curas con sotana dan la cara” y en la que se recogía las palabras de Mons. Guerra Campos “tenemos que transmitir el dogma y no nuestras propias ocurrencias”, jornadas en las que desde su estudio podríamos, después de más de treinta años, entender la situación vivida en aquel momento reflexionando sobre las palabras del entonces presidente de la HSE el franciscano P. Oltra que hacia mención a “aquellos que nos quieren sacar del templo con vilipendio” o, incluso gráficamente, en una foto que se hizo famosa, la escena en la que un canónigo de Málaga, D. Luis Vera, fue alzado en hombros por otros sacerdotes, en la plaza de la Catedral conquense, al terminar su conferencia en la que hizo referencia a los teólogos modernos “que pretenden parir Iglesias nuevas desde hoteles de cuatro estrellas”. Después se organizarían en Santiago de Compostela, Granada 1.978 en las que advirtieron sobre una Constitución que dejaba “la orientación moral de las leyes y de los actos de gobierno a merced de las ideologías imperantes en los poderes públicos”… y hasta el día de hoy, que mermadas sus filas por el fallecimiento de miles de aquellos fieles sacerdotes, siguen celebrándose las correspondientes jornadas.

Simplemente mencionar a los que fueran presidentes de la HSE: el citado P. Miguel Oltra que sería, junto al P. Venancio Marcos, el encargado de iniciar el sufrido recorrido de esta asociación sacerdotal; el Magistral de la Catedral de Vitoria, don Luis Madrid Corchera, que escribiría un libro con parte de las vicisitudes vividas desde la HSE, cuyo título lo dice todo: “Historia de un gran amor a la Iglesia no correspondido”; y, por último, el Padre Antonio Turú Rofes, que, también, es el Superior de los Misioneros de Cristo Rey fundados de la mano del P. José Mª Alba S.I., que, a su vez, fue cofundador de la HSE.

Hoy las palabras de la Jerarquía de la Iglesia hacen justicia a todos aquellos santos sacerdotes, no porque los nombre sino por la razón que dan a las posturas que ellos mantuvieron por amor a Cristo y a la Iglesia entre muchas incomprensiones de los que cerraron sus oídos a todas sus denuncias y afirmaciones.


Luis Joaquín Jaubert, sacerdote
Diario Ya

sábado, 5 de junio de 2010

MILITARES SIN PATRIA


¿PARA qué existen los militares? Para defender la patria hasta la entrega de la propia vida, si fuera preciso. Y, puesto que la patria es la «tierra de los padres», hemos de concluir que los militares mueren por la tierra y por los padres. Morir por un pedazo de tierra -por extenso o fértil que sea- es algo ridículo, tan ridículo como hacerlo por cualquier otra posesión material, sólo comprensible en quienes están enfermos de avaricia; y como, además, la patria no es tierra que se reparta por partes alícuotas entre sus oriundos, sino que sólo les pertenece en un sentido ideal, tal sacrificio se tornaría doblemente ridículo... si no fuera porque hay algo más. Morir por los padres es obligación de la sangre, si los padres están vivos (y obligación del honor, si están muertos y su memoria es ultrajada); pero morir por los padres de un señor de Cuenca o Albacete a quien no conocemos de nada es algo igual de ridículo que morir por un pedazo de tierra sobre el que no poseemos título de propiedad alguno... si no fuera porque hay algo más. Y ese «algo más» es lo que hace que la defensa de la patria hasta la entrega de la propia vida no sea una tarea ridícula, sino admirable y heroica. ¿Y qué es ese «algo más», se preguntarán las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan?

Pues ese algo más es la conciencia de una misión común, que sólo proporciona el sentido religioso. El amor a la tierra de nuestros padres sólo es posible cuando admitimos que estamos ligados en una misión común con nuestros antepasados; una misión que recibimos, heredada a través de la sangre y la tradición, y que da sentido a nuestra vida a lo largo de sucesivas generaciones. Pero este sentido de dependencia a una misión común sólo se explica si aceptamos su naturaleza religiosa: los pueblos se vinculan a la tierra cuando la perciben como una heredad recibida del cielo; y se vinculan a los otros pobladores de esa tierra y a sus antepasados cuando entre ellos surge la conciencia de una Paternidad común. El aglutinante que une a los hombres con la tierra que pueblan, y con los hombres que previamente la poblaron, es siempre de naturaleza religiosa en su origen; y aunque es cierto que luego el patriotismo adquiere expresiones no estrictamente religiosas, no es menos cierto que, a medida que el aglutinante religioso originario se adultera o esclerotiza, el patriotismo se torna cada vez más pomposo y vacío, más aspaventero y presuntuoso. Y cuando ese aglutinante se extirpa, el patriotismo deviene un sinsentido; ante lo cual, los gobernantes que promueven esa extirpación tienen que inventarse paparruchas del tipo de aquel «patriotismo constitucional» con que nos apedrearon hace algún tiempo; paparruchas que, llegada la hora de la verdad, se revelan hueras, chirles y hebenes. Porque nadie muere -salvo que lo obliguen o lo compren- defendiendo ordenanzas o directrices ministeriales; nadie muere -salvo que lo obliguen o lo compren- defendiendo la democracia ni el sistema métrico decimal.

Desligar el amor a la patria de ese «algo más» aglutinante es tanto como cegar las fuentes o arrancar las raíces de ese amor, que inevitablemente termina agostándose, hasta que finalmente fenece y se pudre. Y a un militar al que le arrebatan ese aglutinante ofrecer la vida en defensa de su patria termina, tarde o temprano, antojándosele algo ridículo. Podrá convertirse en carne de cañón -si le obligan a morir- o en mercenario -si lo compran-, pero nunca más será un verdadero militar, porque ha dejado de tener conciencia de la misión común que justificaba su existencia. Así se puede llegar a constituir un ejército sin ideal, desgajado de la tradición que le da sentido, una burocracia de ganapanes en la que se entremezclan mercenarios y carne de cañón, sin otra misión que el cumplimiento de tal o cual directriz ministerial. Así se convierte al ejército en una patulea de tristes esclavos.

Juan Manuel De Prada
Abc

jueves, 3 de junio de 2010

CORPUS: ADORO TE DEVOTE


Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.

¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria.

Amén.

Santo Tomás de Aquino

martes, 1 de junio de 2010

ZAPATERO CUMPLIENDO PROMESAS



En esto consiste la democracia liberal socialista. ¡Abajo el sistema!

domingo, 30 de mayo de 2010

A SAN FERNANDO

Berenguela cubría de recatos
una cuna con bríos imperiales.
Y llegaban al hijo sus relatos
como sones pujantes de arrebatos
del torreón de los campos celestiales.

Viene el alba por Burgos, en Las Huelgas
ciñe acero, loriga, limpio brial.
España es un olor de madreselvas
cautivo entre los moros y las sierras
que espera al Caballero del Grial.

Ya le llega de frente, entre pendones,
va en su escolta quien dicen es Santiago,
o el Estado Mayor de las razones
con que amar a la patria en los hondones
aunque duela el amor dolor aciago.

Las campanas regresan a su oficio.
Las cruces se levantan en Jaén.
Sevilla es un católico epinicio,
y a su paso la Fe, como el indicio
de un alcázar o muro o terraplén.

A los pobres del reyno tu desvelo,
el Fuero Juzgo a todos, las Partidas,
al infiel la Cruzada y el anhelo
de servir de sostén y de consuelo
en la noche del llanto y las heridas.

Que otra vez del arzón de tu montura
penda la Virgen de las Mil Batallas,
que una cantiga por cabalgadura
nos ponga en marcha fatigosa y dura
cargados de esperanzas y de agallas.

Porque el siglo da reyes sin alteza,
da pastores sin sangre ni certeza
de la cruz luminosa del martirio.
Acaso pueda entonces tu entereza
purificar el barro como el lirio.


Antonio Caponnetto

DISCURSO DE FRANCO EN LA INAUGURACIÓN DEL VALLE DE LOS CAÍDOS


Españoles:

Cuando los actos tienen la fuerza y la emotividad de estos momentos en que nuestras preces ascienden a los cielos impetrando la protección divina para nuestros Caídos, las palabras resultan siempre pobres. ¿Cómo podría expresar la honda emoción que nos embarga ante la presencia de las madres y las esposas de nuestros Caídos, representadas por esas mujeres ejemplares aquí presentes, que conscientes de lo que la Patria les exigía, colgaron un día las medallas del cuello de sus deudos, animándoles para la batalla? (Grandes aplausos) ¿Qué inspiración sería precisa para cantar las heroicas gestas de nuestros Caídos; para poder reflejar el entusiasmo, segando tantas veces en flor, de los que con los primeros rayos de sol de la mañana caían con la sonrisa en los labios al asaltar las posiciones de los defensores de los mil pequeños «Alcázares», en que se convirtieron en la Nación las residencias de las pequeñas guarniciones o las casas cuarteles de la Guardia Civil, defendidas hasta el límite de lo inverosímil contra fuerzas superiores, sin esperanza de socorro; o para ensalzar el heroísmo y el entusiasmo derrochado en las cruentas batallas libradas contra las Brigadas Internacionales para hacerlas morder el polvo de la derrota; o para enumerar los sacrificios y los heroísmos de los que en los 2.500 kilómetros de frente mantuvieron la intangibilidad de nuestras líneas; o para narrar la tragedia no menos meritoria, de los que sucumbieron a los rigores de los durísimos inviernos, o se vieron mutilados al helarse sus extremidades bajo los hielos de Teruel o en las divisorias de las montañas; o para destacar la serenidad estoica de los mártires que frente al fatídico paredón de ejecución morían confesando a Dios y elevándole sus preces; o para exaltar la conducta de tantos sacerdotes ,martirizados, que bendecían y perdonaban a sus verdugos, como Cristo hizo en el Calvario; o para presentar las virtudes heroicas de tantísimas mujeres piadosas que, por sólo serlo, atrajeron las iras y la muerte de las turbas desenfrenadas; o para reflejar la zozobra de los perseguidos, arrancados del reposo de sus hogares en los amaneceres lívidos por cuadrillas de forajidos para ser fusilados; o para poder describir la epopeya sublime de aquella Comunidad de frailes de San Juan de Dios que sobre una playa solitaria de nuestro Levante cayeron sesgados por las ametralladoras, mientras con sus cantos litúrgicos elevaban a Dios un grandioso hosanna? (Grandes aplausos)

La gran epopeya de la Cruzada
Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más, sino una verdadera Cruzada, como la calificó entonces nuestro Pontífice reinante; la gran epopeya de una nueva y para nosotros más trascendente independencia. Jamás se dieron en nuestra Patria en menos tiempo más y mayores ejemplos de heroísmo y de santidad, sin una debilidad, sin una apostasía, sin un renunciamiento. Habría que descender a las persecuciones romanas contra los cristianos para encontrar algo parecido.

En todo el desarrollo de nuestra Cruzada hay mucho de providencial y de milagro. ¿De qué otra forma podríamos calificar la ayuda decisiva que en tantas vicisitudes recibimos de la protección divina? ¿Cómo explicar aquel primer legado, providencial e inesperado, que en los momentos más graves de nuestra guerra recibimos, cuando la inferioridad de nuestro armamento era patente y con el arrojo teníamos que sustituir los medios y que nos llegó, como llovido del cielo, en un barco con ocho mil toneladas de armamento, apresado en la oscuridad de la noche por nuestra Marina de Guerra a nuestros adversarios? Ocho mil toneladas de material que comprendían varios miles de fusiles ametralladores, de morteros, de ametralladoras y cañones con sus dotaciones, que constituían el más codiciado botín de guerra que pudiéramos soñar y que desde entonces formó la primera base de nuestro armamento.

Coincidencia de las victorias con las solemnidades religiosas
En aquellos momentos representaba esto mucho más que una gran batalla ganada, al restarse al enemigo aquel potencial de guerra y venir a sumarse a nuestra fortaleza. Y no es una, sino varias veces que, al correr de nuestra campaña, se repetían los hechos providenciales que nos favorecían. ¿Y qué pensar de los desenlaces de las grandes batallas, cuyas crisis victoriosas, sin que nadie se lo propusiese, se resolvieron siempre en los días de las mayores solemnidades de nuestra Santa Iglesia?

Sólo el simple enunciado de estos hechos justificaría esta obra de levantar en este valle ubicado en el centro de nuestra Patria un gran templo al Señor, que expresase nuestra gratitud y acogiese dignamente los restos de quienes nos legaron aquellas gestas de santidad y heroísmo.

El magnífico escenario para el Monumento a los Caídos
La Naturaleza parecía habernos reservado este magnífico escenario de la Sierra, con la belleza de sus duros e ingentes peñascos, como la reciedumbre de nuestro carácter; con sus laderas ásperas, dulcificadas por la ascensión penosa del arbolado, como ese trabajo que la Naturaleza nos impone; y con sus cielos puros, que sólo parecían esperar los brazos de la Cruz y el sonar de las campanas para componer el maravilloso conjunto.

Mucho fue lo que a España costó aquella gloriosa epopeya de nuestra Liberación para que pueda ser olvidada; pero la lucha del bien con el mal no termina por grande que sea su victoria. Sería pueril creer que el diablo se someta; inventará nuevas tretas y disfraces, ya que su espíritu seguirá maquinando y tomará formas nuevas, de acuerdo con los tiempos.

La anti-España fue vencida y derrotada, pero no está muerta. Periódicamente la vemos levantar la cabeza en el exterior y en su soberbia y ceguera pretender envenenar y avivar de nuevo la innata curiosidad y el afán de novedades de la juventud. Por ello es necesario cerrar el cuadro contra el desvío de los malos educadores de las nuevas generaciones. (Grandes aplausos)

La principal virtualidad de nuestra Cruzada de Liberación fue el habernos devuelto a nuestro ser, que España se haya encontrado de nuevo a sí misma, que nuestras generaciones se sintieran capaces de emular lo que otras generaciones pudieran haber hecho. El genio español surgió en mil manifestaciones: desde aquellas Milicias en que cristalizó el entusiasmo popular en los primeros momentos, y que formaron el primer núcleo de nuestras fuerzas de choque, a los alféreces provisionales que nuestra capacidad de improvisación creó para el encuadramiento de nuestras tropas, y que habrían de asombrar a todos por su espíritu y aptitud para el mando.
Así iban surgiendo las legiones de héroes y la innumerable floración de mártires. No importaba dónde, si en la tierra, en el mar o en el aire; si entre infantes o jinetes, artilleros o ingenieros, falangistas, requetés o legionarios. Era el soldado español en todas sus versiones. Sus sangres se confundían en la Cruzada heroica, en el común ideal de nuestro Movimiento. (Grandes y prolongados aplausos)

El Movimiento en las entrañas de la Patria
Conforme los días pasaban, el Movimiento calaba en las entrañas de nuestra Patria. Todo en nuestra Nación se hacía Movimiento. No sólo marchaba con nuestras banderas victoriosas, sino que nos salía al encuentro en las poblaciones que liberábamos. Nuestros himnos se musitaban en las cárceles, se extendían por los campos, se susurraban en los hogares y salían al exterior como una explosión de cantos de esperanza al ser liberados.

Nuestra Victoria fue total y para todos
Nuestra Victoria no fue una Victoria parcial, sino una Victoria total y para todos. No se administró a favor de un grupo ni de una clase, sino en el de toda la Nación. Fue una victoria de la unidad del pueblo español, confirmada al correr de estos veinte años. Los bienes espirituales que sobre España se derramaron; la coincidencia de pensamiento y el ambiente que hace fructífero el trabajo; la plenitud de seguridad, sin zozobras, temores ni intranquilidad para el futuro; la firmeza y seguridad con que viene desarrollándose nuestro progreso económico-social; el afianzamiento de un clima de entendimiento y unidad y los ingentes esfuerzos de engrandecimiento y transformación de la vida española; han creado un estado de conciencia en toda la vida nacional, que ya no admite el viejo espíritu de las banderías y domina a todos un afán común de participar en la gran tarea de resurgimiento y de transformación de nuestra Patria. (Grandes aplausos)

Con la Victoria, como sabéis, no acabó nuestra lucha. A las batallas de la guerra siguieron las no menos importantes de la paz, en las que desde el exterior se intentó la reversión de nuestra Victoria y que dio lugar a que se exteriorizase la fortaleza de nuestro Movimiento político, al unirnos como un solo hombre en defensa de nuestra razón, y en el que cada uno, desde el puesto que le correspondía en la vida, habéis venido asistiéndome con vuestra recia fidelidad.

Hoy, que hemos visto la suerte que corrieron en Europa tantas naciones, algunas católicas como nosotros, de nuestra misma civilización, y que contra su voluntad cayeron bajo la esclavitud comunista, podemos comprender mejor la trascendencia de nuestro Movimiento político y el valor que tiene la permanencia de nuestros ideales y de nuestra paz interna. (Grandes aplausos)

Un defecto de nuestro carácter es el de realizar grandes esfuerzos para dejarnos caer más tarde en la laxitud y en la confianza. En el tiempo que corremos no cabe el descanso. No es época en que se puedan desmovilizar los espíritus después de la batalla, ya que el enemigo no descansa y gasta sumas ingentes para minar y destruir nuestros objetivos. Se hace necesaria la tensión de un Movimiento político que levantado sobre los principios proclamados que nos son comunes mantengan el fuego sagrado de su defensa.

Importancia de mantener la hermandad de la Cruzada
Hoy sois vosotros, nuestros combatientes, los que por haber llegado a la mitad de vuestra vida cubrís puestos en las actividades más diversas e importantes de la Patria, imprimiéndole una doble seguridad. Interesa el que mantengáis con ejemplaridad y pureza de intenciones la hermandad forjada en las filas de la Cruzada, que evitéis que el enemigo, siempre al acecho, pueda infiltrarse en vuestras filas; que inculquéis en vuestros hijos y proyectéis sobre las generaciones que os sucedan la razón permanente de nuestro Movimiento, y habréis cumplido el mandato sagrado de nuestros muertos. No sacrificaron ellos sus preciosas vidas para que nosotros podamos descansar. Nos exigen montar la guardia fiel de aquello por lo que murieron; que mantengamos vivas de generación en generación las lecciones de la Historia para hacer fecunda la sangre que ellos generosamente derramaron, y que, como decía José Antonio, fuese la suya la última sangre derramada en contiendas entre españoles.

¡Arriba España!

Francisco Franco, 1 de abril 1959

miércoles, 26 de mayo de 2010

VIDEO DE BLAS PIÑAR EN EL DESVÁN DE LA MEMORIA


Blas Piñar en El Desván de la Memoria, programa dirigido por Alfonso Arteseros en http://www.canalarteseros.tv/ Pinchad en la imagen para acceder al video del programa.

martes, 25 de mayo de 2010

CARTA DE PROTESTA DE UN AMIGO QUE HAN PUBLICADO EN GERMINANS

Apreciados hermanos en la fe:

Permítanme dirigirles esta breve y directa carta rogando su publicación.

Creo que la separación de lo Sagrado y lo Profano la tienen más clara nuestros gobernantes actuales que no nuestro Cardenal Mons. Luis Martínez Sistach. Separación entre lo Sagrado, como el lugar de adoración a Dios, y lo Profano como el lugar no reservado exclusivamente al servicio de Dios A los actos me remito: día 14 de mayo en la Basílica de Santa María del Mar en presencia de una multitud de jóvenes con motivo de la llegada a Barcelona de la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud, entre los cuales me encontraba yo junto con algunos compañeros más de mi grupo. El acto que se realizó en nuestra Basílica con presencia de nuestro Señor Cardenal, fue de principio a fin, un acto pagano. La Basílica parecía un mercado pues como en un mercado en aquel acto todos hablaban a voz en grito.

Se amenizaba la fiesta con la hermana Glenda, y el grupo de música Kairoi, (en la foto de la abajo a la derecha) grupos de música que por su estilo, especialmente este último, no deberían tocar en una iglesia, aunque el acto sea un acto dedicado a los jóvenes.

Pero es que eso no es todo, sino que además se permitieron el lujo de poder hacer bailes dentro del recinto sagrado, bailes del todo inadecuados al momento, con mujeres ligeras de ropa. ¿En qué quedamos en la Catedral no se puede entrar con pantalones cortos y falda corta, y el Cardenal de Barcelona bendice con su presencia un acto en el que un grupo de muchachas va a bailar con el ombligo al aire dentro de la casa del Señor, lugar de oración? ¿Qué lío nos hemos hecho en la cabeza? Pretenden ser de Cristo pero con las estructuras del mundo y eso no es posible, pensamos que vamos a contentar a los jóvenes con actos de este tipo, y los jóvenes lo que buscamos, Señor Cardenal, son palabras de vida eterna, lo que buscamos es un encuentro con Cristo cara a cara que nos lleve a la conversión, queremos entregarnos a Cristo hasta las últimas consecuencias.

¿Quiénes son los responsables de esa vigilia en Santa María del Mar? Por si nuestro Arzobispo no lo recuerda, la responsabilidad recae sobre el Delegado diocesano de Juventud Mn. Toni Román y sobre su ayudante “ad latere” Mn. Josep-Lluís Calvís, alias “Yuyu”. ¿Qué podemos esperar de un sacerdote que pasados los 40 tacos sigue vistiendo como un jovenzuelo setentero, llamándose y haciéndose llamar con un diminutivo tan pueril como el que él mismo balbuceaba en su niñez? Esos sacerdotes pretenden que vivamos con los esquemas eclesiales más que superados de su juventud. Y nosotros protestamos claramente: ¡Basta de esta pastoral! ¡Prou d´aquests sacerdots irresponsables!

Señor Cardenal, íbamos buscando a Cristo en esa Basílica y lo único que encontramos fue el mundo del que huíamos. Ni siquiera usted estuvo a la altura de las circunstancias: se limitó casi a hacer de presentador del acto, sin ningún mensaje con profundidad, sin nada que después pudiésemos recordar. Ni siquiera un testimonio de vida digno de ser imitado. No queremos eso. El acto del día 14 en la Basílica de Santa María del Mar no contó con los jóvenes de la diócesis, porque, y creo que hablo en nombre de muchos, a los jóvenes, Monseñor, no nos gustó el acto, nos sentimos mal en esa Basílica, pues nosotros íbamos a buscar a Cristo y nos encontramos con grupos de música y bailarines danzando y no es ese el Cristo que queremos, el Cristo que queremos es el Cristo que nos vino a predicar nuestro queridísimo Juan Pablo II al entregarnos esa cruz, un Cristo crucificado, doliente, que comprende nuestros pesares porque los ha padecido también, un Cristo, junto al que he de crucificar ese “yo” que rema en sentido contrario al de la gracia. Ese es al Cristo que nos recuerda esa Cruz, regalo del siempre querido y nunca olvidado Juan Pablo II. No es de extrañar que muchos, entre ellos algunos de los sacerdotes más apostólicos, se levantasen y marchasen indignados. Incluso el anciano párroco de Premià de Dalt Mn. Colomer, hombre de marcada línea progresista, en un alarde de cordura se levantó espetando: “Això no hi ha qui ho aguanti. Me´n vaig” (Esto no hay quien lo aguante. Me voy).

Pero no fue todo mal esa noche. Al salir del templo, con la cruz a cuestas, el acto se volvió solemne, de camino a la parroquia de Santa Teresita del Niño Jesús. Se rezo el vía crucis por la calles de Barcelona, todos paraban a mirarnos, algunos a burlarse de nosotros. Una multitud de jóvenes pudieron contemplar la pasión del Señor en el espíritu que comentábamos anteriormente, cargando con la cruz, como nuestro Señor. Debo felicitar a los organizadores de esta segunda parte del acto. Pude ver aquella noche como por las calles el Vía Crucis en silencio era rezado por la gente, y no sólo el vía crucis, sino también varios rosarios y coronillas de la Misericordia que oí rezar a varios grupos de jóvenes. Simplemente quería hacer saber a los que puedan y quieran leerlo, que los jóvenes es esto último lo que queremos. Hemos de agradecer a la Parroquia de Santa Teresita por el esforzado trabajo de organización de toda esa segunda parte del acto de la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud.

Tampoco quisiera acabar, sin advertir la razón por la que he decidido denunciar este acto públicamente. Es muy posible que se pueda echar en cara que en primer lugar era necesario hacer una corrección fraterna en privado al Señor Cardenal. Creo que pensar de esta manera es un error porque la corrección fraterna sería válida en el caso de que el único perjudicado fuese el Señor Cardenal, y en ese caso le advertiríamos que se estaría equivocando, pero estamos hablando de un mal ejemplo de carácter público, donde todos pudieron ver y oír lo que allí se hacía y decía. E hizo daño a muchos. No lo duden.

http://www.germinansgerminabit.org/

lunes, 24 de mayo de 2010

PREPARANDO LA DECAPITACIÓN DE LA PIEDAD


Independientemente de que momentaneamente han paralizado sus actuaciones contra la Piedad del Valle de los Caídos, la empresa concesionaria de la profanación está preparada para su diabólica labor. Han apuntalado la cabeza de la Piedad y han numerado todos y cada uno de los bloques de la pieza. Todo ello no es mas que un gesto de cara a la galería ya que al parecer el propietario de esta empresa comentó hace unos dias que será imposible bajar la escultura sin destrozarla.

Asociación para la Defensa del Valle de los Caidos

martes, 18 de mayo de 2010

PERSECUCIÓN RELIGIOSA SILENCIADA EN LA INDIA

Copio comunicación recibida con súplica de oraciones.

Queridos amigos:

Rezar por la Iglesia de la India. Extremistas budistas, en la India han prendido fuego a 20 iglesias en la noche pasada. Esta tarde han planificado por destruir 200 iglesias en la provincia de Olisabang. Tienen intención de matar a 200 misioneros entre las próximas 24 horas. En este momento todos los cristianos se están escondiendo en las “aldeas”. Rezar por ellos y enviar este e-mail a todos los cristianos que conocéis. Pedir a Dios que tenga piedad de nuestros hermanos y hermanas de la India. Cuando recibáis este mensaje, os ruego enviarlo con urgencia a otras personas. Rezar por ellos a nuestro omnipotente y victorioso Señor.

P. Samuel M. Chetcuti OFM Conv.
P. Provincial de los Frailes Franciscanos Conventuales
República Street, Valletta VLT 1110, Malt Tef. (356) 21241167
Fax (356) 21223556
Mob (336) 99865668
E-mail: san chet38@hotmail.com ratchet@yahoo.com frsamuelc@gmail.com

lunes, 17 de mayo de 2010

BLAS PIÑAR, JUEVES 20 MAYO EN "EL DESVÁN DE LA MEMORIA"


EL DESVÁN DE LA MEMORIA, JUEVES 20 DE MAYO

En directo a partir de las 21 h., con la presencia en el plató de D. Blas Piñar, político, notario y escritor español. Para participar por teléfono en directo pueden llamar al número 902 01 09 05.

Puede verse en directo en www.canalarteseros.tv

domingo, 16 de mayo de 2010

VALLE DE LOS CAÍDOS: PRÓXIMA DECAPITACIÓN DE LA PIEDAD



QUIEREN DECAPITAR A LA VIRGEN

El martes día 11 de Mayo se realizó un último intento de llegar a un acuerdo con Patrimonio Nacional, en relación al desmontaje de “La Piedad” una de las grandes obras de gran valor artístico religioso y cultural español, creado por D. Juan de Ávalos.

Este último intento se realizó junto a la Piedad, a la que salvajemente han arrancado ya su manto desoyendo los cualificados dictámenes técnicos de empresas especializadas, profesionales del sector y hasta Academias de Bellas Artes.

A esta última reunión asistieron técnicos de Patrimonio Nacional, empresa a las que se le ha encargado la “demolición” del Valle de los Caídos, técnicos de la Abadía Benedictina, un monje en representación directa del P. Abad y los técnicos de la Fundación Juan de Avalos.

Dicho encuentro o en este caso desencuentro, finalizó de mala manera y en términos muy tensos.

Las argumentadas explicaciones de los técnicos de la Fundación Juan de Avalos no consiguieron hacer mella en la decidida y entendemos que equivocada postura de Patrimonio Nacional representado por D. Ángel Balao, director de restauraciones de esa entidad. “La Piedad va a ser desmontada y no hay alternativa a este hecho.”

El ejemplo más evidente de que la postura de Patrimonio es inflexible lo tenemos en la intención, allí expuesta, de instalar un biombo de grandes dimensiones, delante de la escultura para evitar las miradas y objetivos fotográficos indiscretos ya que “no podemos permitir que aparezcan en la prensa imágenes de la Virgen decapitada”, es decir, no quieren que trascienda a la opinión pública el testimonio gráfico de su profanación.

Desde la Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos, y mediante estas líneas queremos dar a conocer nuestra decidida intención de luchar hasta las últimas consecuencias legales contra este hecho sin precedentes en el mundo occidental, entendiendo que se están incumpliendo una serie de factores que, individualmente deberían suponer la paralización inmediata de las obras de desmontaje y que en su conjunto suponen una serie de ilegalidades de las que nadie, ni personal ni corporativamente deben salir indemnes.


- No ha sido convocado, o al menos no nos consta, concurso de adjudicación de las obras de desmontaje y mucho menos de las de restauración.

- No existe, o al menos no nos consta, más licencia de obra que una de “obra menor”… ¡para el desmontaje de una escultura de 160 toneladas!

- Se han negado repetidamente los permisos a la Fundación Juan de Avalos, para realizar un molde a la escultura que garantizaría la reposición de alguno/s de los bloques, en caso de destrozo en su desmontaje.

- No se ha hecho caso de los informes técnicos anteriormente aludidos y que desaconsejan firmemente el desmontaje de la escultura para su restauración.

- No solo no se cuenta con el permiso del P. Abad para el desmontaje de la escultura, sino que, por el contrario, éste ha manifestado en varias oportunidades (y hay constancia documental de este hecho), su oposición al desmontaje.

Estaremos atentos a lo que ocurra la semana que viene porque A LA VIRGEN NO SE LA DECAPITA.

Anunciamos nuevas medidas legales.

Asociación para la Defensa del Valle de los Caídos

sábado, 15 de mayo de 2010

HOMBRES SIN TRADICIÓN

En su breve discurso a los «cultivadores del pensamiento, la ciencia y el arte» congregados en Lisboa, Benedicto XVI acierta a definir la tragedia más honda de nuestra época, que no es otra sino la ruptura con la tradición, con todo ese acervo de sabiduría acumulada que, revitalizado por cada generación, se entrega a la generación siguiente, para ayudarla a descifrar el mundo. «En efecto -ha señalado el Papa-, en la cultura de hoy se refleja una «tensión» entre el presente y la tradición, que a veces adquiere forma de «conflicto». La dinámica de la sociedad absolutiza el presente, aislándolo del patrimonio cultural del pasado y sin la intención de proyectar un futuro». Y un presente desgajado del acervo cultural que lo explica acaba arrojando a sus hijos a la intemperie; o, todavía peor, los recluye en las mazmorras donde los aguardan los tiranos disfrazados de mesías que saben que los pueblos sin traditio (los pueblos que ya nada tienen que entregar, puesto que nada han recibido) son los más vulnerables a la ingeniería social.

Esta ruptura con la tradición se nos vende, por supuesto, como una suerte de liberación mesiánica. Absolutizando el presente -por emplear la expresión papal-, los hombres llegan a creerse dioses; y olvidan que las ideas nuevas que les rondan la cabeza (que, por supuesto, son ideas inducidas por el tirano de turno, que ha modelado a su gusto la esfera interior de sus conciencias) son repetición de los viejos errores de antaño, esos errores que sólo a la luz de la tradición se delatan. Porque la tradición nos conecta con un depósito de sabiduría acumulada que sirve para explicar el mundo, que ofrece soluciones a los problemas en apariencia irresolubles que el mundo nos propone; problemas que otros confrontaron antes que nosotros, que otros discurrieron antes que nosotros, que otros dilucidaron antes que nosotros. Y cuando los vínculos con ese depósito de sabiduría acumulada son destruidos, cualquier intento de comprender el mundo se hace añicos, se liga fatalmente a impresiones contingentes, se zambulle en un carrusel de aturdimiento y banalidad. Y así, subidos a lomos de ese carrusel, nos quieren los nuevos tiranos, para que nuestra orfandad sin vínculos con la tradición se convierta en el terreno de cultivo de sus consignas ideológicas, que actúan a modo de implantes emocionales en nuestros cerebros y en nuestras almas.

A nadie se le escapa que en este rechazo de la tradición subyace un aborrecimiento de la verdad; esto es, un intento de negar la existencia de una naturaleza humana objetiva, dotada de racionalidad ética. «Este «conflicto» entre la tradición y el presente -proseguía Benedicto XVI en su discurso lisboeta- se expresa en la crisis de la verdad; pero sólo ésta puede orientar y trazar el rumbo de una existencia lograda, como individuo o como pueblo. De hecho, un pueblo que deja de saber cuál es su propia verdad, acaba perdiéndose en el laberinto del tiempo y de la historia, sin valores bien definidos, sin grandes objetivos claramente enunciados». Quien defiende hoy en Occidente la verdad que puede orientar el rumbo de una existencia lograda, para los individuos y para los pueblos, es la Iglesia católica; quien resguarda el legado de la traición, en medio de las invasiones bárbaras que arrojan al hombre a un laberinto sin salida de ideologías nefastas, es la Iglesia católica; quien no declina en su misión prioritaria de «llevar a las personas a mirar más allá de las cosas penúltimas y ponerse a la búsqueda de las últimas» es la Iglesia católica. Por eso se le niega la condición de interlocutor en un mundo ensordecido por la repetición de viejos errores; en un mundo que quiere a sus hijos arrojados a la intemperie, o todavía peor, recluidos en la mazmorra de los pueblos lobotomizados que han renunciado a su tradición.

Juan Manuel de Prada

jueves, 13 de mayo de 2010

MEMORIA HISTÓRICA: DISCURSO DE MARTÍN YNESTRILLAS



Aquí podéis ver y escuchar las palabras de Martín Ynestrillas en la presentación de la Plataforma Memoria y Lealtad. Palabras brillantes, en la forma y en el fondo, que recomiendo escuchar.

Muchas gracias Martín. Un abrazo fuerte

domingo, 9 de mayo de 2010

CARTA A LOS AMIGOS Y BIENHECHORES. MONSEÑOR FELLAY

Queridos amigos y bienhechores,

La situación de la Iglesia se parece cada vez más a un mar agitado, en todos los sentidos. En él vemos olas que pretenden cada vez más hacer zozobrar la barca de Pedro, arrastrándola a abismos sin fin. Desde el Concilio Vaticano II, parece que una ola quiere llevarse consigo todo hacia al fondo, no dejando sino un montón de ruinas y un desierto espiritual, al que los propios Papas han denominado una apostasía. No queremos describiros otra vez esta dura realidad, pues ya lo hemos hecho a menudo, y todos vosotros la podéis comprobar. Sin embargo, nos parece útil comentaros un poco los acontecimientos de estos últimos meses; quiero hablaros de esos golpes sorprendentes por su violencia y particularmente bien orquestados que se han lanzado contra la Iglesia y el Sumo Pontífice. ¿Por qué semejante violencia?

Volviendo a nuestra imagen, parece que desde hace algún tiempo, más o menos desde la subida al pontificado del Papa Benedicto XVI, ha aparecido una nueva ola, mucho más modesta que la primera, pero no obstante bastante persistente como para que la podamos percibir y que, contra todo pronóstico, parece ir contra el sentido de la primera. Los indicios son suficientemente variados y numerosos como para poder afirmar que este nuevo movimiento de reforma o de restauración es algo real. Se lo ve particularmente entre las generaciones jóvenes, manifiestamente frustradas por la poca eficacia espiritual de las reformas de Vaticano II. Si consideramos los reproches tan duros y amargos que los progresistas lanzan contra Benedicto XVI, está claro que ellos perciben en la propia persona del Papa actual una de las causas más vigorosas de este principio de renovación. Y por lo mismo, incluso si nos parece que todas las iniciativas del Papa son más bien tímidas, contrarían profundamente al mundo revolucionario e izquierdista, tanto en el interior como en el exterior de la Iglesia, y esto a varios niveles.

Esta irritación de los progresistas y del mundo se deja sentir, en primer lugar, en los temas referentes a la moral. En particular, la izquierda y los liberales están irritados por las palabras, no obstante bien sopesadas, del Papa acerca del uso de los preservativos sobre la cuestión del sida en África. Referente a la vida de la Iglesia, en 2007 la rehabilitación de la misa de siempre en su derecho y luego la anulación, dos años más tarde, de la pena infamante que podía descalificarnos a nosotros, han provocado la rabia de los liberales y progresistas de todo pelaje. Además, la acertada iniciativa de un año sacerdotal que vuelve a poner en honor al sacerdote, recordando su importancia capital y tan necesaria para la salvación de las almas, y proponiendo como modelo al Santo Cura de Ars, no sólo es una invitación dirigida al pueblo cristiano a rezar por los sacerdotes, sino también un llamamiento a recurrir al sacramento de la penitencia, que ha caído completamente en olvido en grandes porciones de la Iglesia, así como a cuidar el culto eucarístico, especialmente considerando la importancia de la adoración de Nuestro Señor en la Sagrada Hostia, indicación clara de la realidad de la presencia real y sustancial de Nuestro Señor Jesucristo.

Igualmente, la designación de obispos claramente conservadores, entre los cuales un cierto número ya celebraban antes la misa tridentina. Podríamos citar también como ejemplo innegable de la realidad de esta pequeña ola que va en sentido contrario la Carta a los católicos de Irlanda invitando a la penitencia, a la confesión y a los ejercicios espirituales, pidiendo también la adoración a Jesús Eucaristía. Aunque en nuestros medios se estime, con razón, que estos esfuerzos son aún insuficientes para frenar la decadencia y la crisis de la Iglesia, particularmente al ver cierto número de actos que se sitúan en la triste línea de su predecesor, como las visitas a la sinagoga y al templo protestante, con todo, en los medios progresistas ha sonado la hora del zafarrancho de combate. La gran ola se enfrenta con la pequeña con una violencia sorprendente. No es de extrañar que el encuentro de ambas olas, tan desiguales, cause tantos remolinos y tumultos, y provoque una situación muy confusa, en la que es muy difícil distinguir y predecir cuál de las dos olas va a prevalecer. No obstante, se trata de algo nuevo, y merece ser saludado. No se trata de caer en un entusiasmo inconsiderado, que pretendería hacer creer que la crisis de la Iglesia ya ha terminado; al contrario, como las fuerzas van envejeciendo y ven que otra vez se replantea lo que ellos pensaban que finalmente se había adquirido, seguramente van a emprender un combate de gran envergadura para intentar salvar ese sueño de modernidad que empieza a venirse abajo. Es muy importante que mantengamos una mirada lo más realista que podamos sobre lo que está sucediendo. Aunque nos alegramos de todo lo bueno que se hace en la Iglesia y en el mundo, sin embargo no nos hacemos ilusiones ante la gravedad de la situación actual.

¿Qué se puede prever para los años venideros? ¿La paz en la Iglesia o la guerra? ¿El triunfo del bien y su tan ansiado regreso, o una nueva tormenta? ¿Conseguirá la pequeña ola crecer lo bastante como para imponerse un día? La certeza del cumplimiento de la promesa de Nuestra Señora en Fátima –«al final mi Corazón Inmaculado triunfará»–, no responde necesaria ni directamente a nuestra pregunta, pues no queda completamente excluido si habrá que pasar primero por una tribulación aún mucho mayor antes de llegar al tan ansiado triunfo…

Volvemos a encontrar este tremendo desafío en nuestra cruzada de rosarios, aunque con esto no quisiéramos quitar nada a la alegría del anuncio del resultado extraordinario de nuestra Cruzada del Rosario. Hace un año, os habíamos pedido audazmente una docena de millones de rosarios para coronar y rodear con una magnífica guirnalda de alabanzas, como otras tantas estrellas, a Nuestra buena Madre del Cielo, la Madre de Dios, esa Madre que se presenta ante los enemigos de Dios como «un ejército en orden de batalla» (Cant. 6, 3). Vosotros habéis respondido con tanta generosidad que ahora podemos llevar a Roma un ramillete de más de 19 millones de rosarios, sin contar los de todas las personas que se han unido a nosotros sin ser directamente feligreses nuestros.

Desde luego no fue por casualidad que Pío XII, al proclamar el dogma de la Asunción, quiso cambiar el Introito de la fiesta del 15 de agosto por el fragmento del Apocalipsis que saluda al gran signo que apareció en el cielo. Este fragmento del Apocalipsis inaugura la descripción de una de las guerras más terribles expuestas en el Libro sagrado: el gran dragón, que va a barrer con su cola una tercera parte de las estrellas, viene a presentar batalla a la gran Señora (cf. Apoc. 12). ¿Está destinado a nuestro tiempo este pasaje? Podemos fácilmente creerlo, aunque evitando hacer aplicaciones demasiado literales y unívocas de estos misterios y descripciones proféticas. No dudamos en modo alguno que todas nuestras oraciones tienen su importancia, incluso una grandísima importancia, en este momento de la historia en que estamos. No obstante, pensamos que tenemos que exhortaros y alentaros en estas circunstancias de la historia de la Iglesia.

Vuestra gran generosidad muestra, sin que quepa duda alguna, vuestra adhesión y vuestro amor muy reales a nuestra santa Madre la Iglesia católica romana, al Sucesor de San Pedro y a la jerarquía, incluso si hemos de sufrir mucho de parte de ella. Dios es mucho más fuerte que el mal, y el bien vencerá, aunque tal vez no con toda la pompa que hubiéramos deseado.

Ahora hay que convencer a las autoridades para que realicen la famosa consagración de Rusia que ellos dicen que ya han realizado, y hay que recordar la actualidad de lo que decía Nuestra Señora de Fátima, siendo que, en el año 2000, quisieron pasar la página para no volver ya sobre el tema. Parecen multiplicarse las dificultades y los obstáculos para que no se pueda realizar de ninguna manera lo que pedimos. Poco importa; contamos mucho más con Dios que con los hombres; del mismo modo que esperamos de actos tan sencillos como el de la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María resultados sorprendentes para la Iglesia y para el mundo, y que superan todo lo que podemos imaginar. Se trata de una locura ante los ojos de los hombres, pero es realmente el reflejo de lo que ya predicaba San Pablo en su época: lo que es sabiduría a los ojos de los hombres es una locura para Dios, mientras que los sabios del mundo consideran la sabiduría de Dios como una necia locura (cf. 1 Cor. 1, 20).

Ahora que vamos a transmitir al Santo Padre vuestros notables esfuerzos, lo mismo que la razón de tales oraciones, esperando contribuir de este modo al bien de la Iglesia, os pedimos que sigáis con estos mismos esfuerzos. Siguiendo el ejemplo a que nos invita el propio Nuestro Señor en su exhortación tan conmovedora a la oración: «Pedid y recibiréis», insistiendo e insistiendo mucho (cf. Mt. 7, 7-11). La magnitud de lo que pedimos, aunque no quepa duda de que seremos escuchados, exige una insistencia y una perseverancia proporcionadas.

Recordemos también que lo esencial del mensaje de Fátima no consiste únicamente en la consagración de Rusia, sino sobre todo en la devoción al Corazón Inmaculado de María. Que todas estas oraciones y sacrificios nos hagan crecer y ahondar a todos en esta devoción especial al Corazón de la Madre de Dios. Dios quiere dejarse conmover por este medio.

Nuestro mayor deseo, a principios de este mes de mayo, mes de María, es que todos nos volvamos a poner bajo su maternal protección. Agradeciéndoos vuestra generosidad tan grande, le pedimos a Nuestra Señora que, junto con el Niño Jesús, se digne bendeciros.

Monseñor Bernard Fellay
Superior de la Fraternidad de San Pío X
1 de mayo de 2010, fiesta de San José Obrero

miércoles, 5 de mayo de 2010

FRENTE A MALICIA, MILICIA


La multitud de los bienaventurados del Cielo, consti­tuyen la llamada Iglesia Triunfante, así como los que sufren las penas purificativas del Purgatorio forman la Iglesia Purgante. Queda para los que peregrinamos sobre la tierra camino de la patria celestial, y constituimos la masa del pueblo de Dios peregrino, la masa de bauti­zados que por la puerta del bautismo entramos a formar parte de la Iglesia, el nombre de IGLESIA MILITANTE. La vida del hombre sobre la tierra, nos dice el libro de Job, es milicia, es lucha y es combate. La vida del cristiano en medio del mundo, rodeado de los peligros que pueden perder su alma, es una milicia y una lucha sin tregua. Por eso la única actitud del cristiano, es una actitud militante. Como el soldado con el arma al brazo está alerta custodiando su puesto, para prevenir toda acometida del enemigo, así el cristiano, con las armas espirituales, ha de estar siempre en actitud militante, sin abandonarse al reposo suicida de creer que la paz se gana por sí misma y no es fruto de una conquista diaria, de un esfuerzo de milicia.

Hay un falso pacifismo que llama a la inoperancia y a la laxitud. Ese falso pacifismo es el preludio de una gran derrota. Mientras Baltasar celebraba con banquetes y delicias la grandeza de Babilonia, los persas dirigidos por Ciro asaltaban sus murallas y arrasaban la gran ciudad. Mientras el ejército filisteo dormía, los aguerridos soldados de Gedeón se avalanzaron sobre ellos y alcanzaron, desde a su exiguo número, una resonante victoria.

No hay paz posible con el enemigo perpetuo, el que ha empeñado toda su ciencia y su poder en destruirnos hasta el final de nuestra vida. Por eso S. Pedro nos recomienda que velemos siempre en la oración, porque el de­monio, como un león rugiente, anda dando vueltas a nues­tro alrededor, espiando a ver a quien puede devorar. No hay más paz que la que nos viene de Dios. La paz que se consigue con el vencimiento de nuestros enemigos, el mundo, el demonio y la carne, por el único camino de la oración, los sacramentos y la mortificación.

La vida cristiana no es para cobardes, para los que quieren pactar con sus enemigos, y ganar una paz falsa, la paz del derrotado y del esclavo. Con las armas de la fe, con las armas de la oración, con las armas de la huida de las ocasiones, en permanente estado de milicia, venceremos bajo la bandera de nuestro sumo Rey y Capitán Jesucristo. Él nos dijo: "No temáis, Yo he vencido al mundo". Todos a luchar detrás de Jesucristo en este año 1.978 el gran combate de nuestra fidelidad a Él hasta el fin.

Padre José Mª Alba Cereceda S.I. +
Enero de 1978