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jueves, 27 de agosto de 2009

EVOCACIÓN DEL CORONEL JUAN FRANCISCO GUEVARA


Si hubo una vez en la historia de nuestra Argentina en que Dios y Patria estuvieron entrañablemente unidos, fue en aquella Córdoba heroica del 16 de septiembre de 1955. El Capitán de Artillería D Juan Francisco Guevara estuvo allí como Ayudante del General Lonardi. En los meses previos -de terrible persecución religiosa- los jóvenes católicos salíamos a la calle entonando el Cristo Jesús, y enarbolando el signo de la V y la Cruz, Cristo vence.

La voz de la esperanza amanecida.

A los catorce años, de la mano de mi padre, hice mis “primeras armas” en las luchas callejeras. Mi “arma” era aquella Cruz del Cristo Vence. La prohibida Procesión de Corpus Christi, las manifestaciones que surgían, espontáneas, después de las misas en las iglesias del centro de Buenos Aires, ese era el clima que se vivía. Nos habían vuelto a sacar a Dios de las escuelas y de la vida pública. Los católicos salimos a las calles. En ocasiones sin distinción de peronistas y antiperonistas pues con nosotros marchaban, incluso, no pocos que habían pertenecido al partido peronista pero que, cuando Perón se opuso a Cristo, privilegiaron la Cruz sobre el partido.

Una noche ardieron las iglesias, como se esperaba. Mi padre ya estaba preso y nuestros amigos iban y venían entre Buenos Aires y Córdoba porque hacia Córdoba se dirigía nuestra esperanza.

Allí estaba el General Lonardi con un pequeño grupo. Guevara, como dije, era su Ayudante. Estaban dispuestos a todo. El Gobierno envió unos cuatro mil hombres pero no tuvo en cuenta que en aquella época todavía los militares argentinos eran católicos. El gran fuego de las iglesias quemadas iluminaba la Argentina y ningún militar argentino quiso combatir en nombre de ese fuego. Los cuatro mil se rindieron ante ese puñado de hombres convencidos. El General Lonardi hizo desfilar a sus hombres para rendirle honores a los vencidos. Después acuñó el lema “ni vencedores ni vencidos” porque si algo animaba a los que se levantaron en Córdoba era la justicia y la concordia nacional.

Ciertos “pactos preexistentes” con algunos sectores políticos y militares aguardaban, sin embargo, en Buenos Aires al Jefe vencedor y, con tales pactos, la imposición de algunos nombres para integrar el Gobierno Provisional que nada o muy poco tenían que ver con el espíritu católico del pronunciamiento. El 13 de noviembre de 1955 un golpe palaciego quitó la Cruz de Cristo de la V de la victoria y a Lonardi del gobierno. El “sin vencedores ni vencidos” (que Franco plasmó en España en el Valle de los Caídos) fue reemplazado por la persecución, la venganza y el odio irracional simbolizados en los fusilamientos de junio de 1956. Aquella gesta católica y patriótica se malogró.

Pero si hubo un hombre que continuó en la lucha “por la patria redimida”, ese fue, precisamente, Juan Francisco Guevara. Construir la Ciudad Católica fue “su ruta iluminada”. Tuvo una vida católica y argentina que culminó en esa fiesta que fue su entierro de soldado católico y argentino. Por esa vida -que se resume en el “¡Dios y Patria!” que le dedicó un camarada cuadrándose ante su tumba- “perdurará su nombre entre los héroes de la Patria amada” y estará de guardia, “allá en la gloria peregrina” esperando e intercediendo ante el Padre para que seamos capaces de sostener, una vez más, la Cruz del Cristo Vence.

En su sepelio resonaron las estrofas de esa marcha que después otros nos arrebataron pero que nació cantada y grabada en los sótanos de una iglesia.

A pesar de la noche que se cierne sobre la Patria conservo intacta la “luz de la esperanza amanecida”. Creo firmemente que todavía hay en nuestra Fuerzas Armadas soldados para quienes el Coronel Juan Francisco Guevara es paradigma del soldado argentino.

María Lilia Genta

martes, 25 de agosto de 2009

DESPEDIDA DEL CORONEL JUAN FRANCISCO GUEVARA

Tuvo el Coronel en vida ,durante tres ocasiones,la generosa deferencia de pedirme que despidiera sus restos. Y aunque supe recusar el convite arguyendo –amén de mi escaso mérito- que ninguna prisa teníamos en cumplir el mandato, él insistía con su habitual señorío y su impaciencia de eternidad.

Es que para los hombres singulares, para los hidalgos de la estirpe del Coronel Guevara, la muerte es un acto de servicio,tan previsto como un cambio de guardia en la batalla, tan natural como un ocaso pueblerino.

Para estos hombres esenciales que no fingen apariencias, que han alcanzado la mirada sobrenatural de todo cuanto acontece, llega la muerte como una hermana silente e irremisible.

Y ante ella son capaces de plantarse con humilde altivez para decirle,como en las Coplas de Manrique

“…Y consiento en mi morir
con voluntad placentera
clara y pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera
es locura”

Al fin le llegó la muerte al Coronel Guevara, entre dos festividades hechas para su estatura: la fiesta de San Pío X, y la celebración de María Reina.

La fiesta del Papa San Pío X, que combatió la herejía modernista, haciendo suyo el más viril de los lemas paulinos: Omnia instaurare in Christo.

¿Cómo podía faltar el cobijo del Pontífice de la Pascendi, en la despedida terrena de quien consagró su vida a este imperativo irrenunciable de la Ciudad Católica?

Y la celebración de María Reina. Porque ubi Rex, Regina, según dijera Pío XII cuando proclamó formalmente la reyecía de la Madre del Señor, en 1954.

Volvemos a preguntarnos: ¿Cómo podía faltar el trono de María, en el adiós de quien fuera, con voluntad acrisolada, su vasallo leal y corajudo?

Vestida de sol y coronada de estrellas, María Reina quiso hacerse patente.

Así la veneró el Coronel en sus diarias letanías: Reina de los Patriarcas, de los Profetas, de los Mártires, de los Confesores, de los Angeles,de la Paz.

Reina de la Argentina y de Hispanoamérica. Desde el Santuario de Guadalupe hasta ese recodo soberano de Malvinas, donde manos guerreras dejaron un rosario enterrado, para rezarlo invicto el día del regreso inaplazable.

Nuestro amigo sabía que la Virgen anda alistando cruzados para el Combate Postrimero, y acudió a su llamado.

Se le aplican, pues, los versos de Agustín de Foxá:

“Para la muerte, hermano, te vestirás de fiesta,
haciendo honor al limpio linaje de tu casta”.

Así pude verlo ayer, por última vez, cuando caía a pleno el sol sobre su casa de Bellavista.

Vestido para la grande y duradera fiesta del cielo. Amortajado para ese gozo al que cantó el Salmista, reservado a las almas que ingresan triunfales a la alegría del Padre.

Su sotana de novicio, la bandera nacional nimbada con su sol guerrero, sobre el pendón su sable, veterano de tantas lides.

Sobre el hábito dos condecoraciones castrenses, y entre sus manos definitivamente canceladas, una antigua cruz recibida en familiar herencia.

Ei ideal bernardiano y falangista, asumido desde siempre por el Nacionalismo Católico Argentino: mitad monje, mitad soldado.

La espada del espíritu, y el acero firmísimo desenvainado con honor.

En el austero lecho parecía leerse el Evangelio de San Lucas: “Señor, aquí hay dos espadas”.

El doble gladio revestía mansamente su cadáver, que ya no era un difunto sino una heráldica de la patria antigua.Cruz y Fierro, la tradición cristiana, diría el Padre Castellani.

Por eso ante sus restos escuché a sus hijos y parientes cantar el Christus Vincit, pero también dar vivas sostenidas a la patria.

Y por eso, queridos amigos, tras la semblanza religiosa que es lo primero en el orden de las jerarquías, no ha de cerrarse esta tumba sin que yo agregue algo a mi testimonio público.

Y ese algo que no debo callar es la fisonomía político-militar del Coronel Guevara.

Tito -para llamarlo al fin como todos universalmente lo llamábamos- fue un arquetipo de soldado.

De aquellos forjados a la antigua usanza, criados en la emulación de las gestas de nuestros grandes caudillos.

Soldado con estilo y porte, con palabra firme y conducta veraz.
Soldado de ese último pelotón spengleriano, que no vacila en custodiar el Bien Común, aún a riesgo de caer en la demanda.
Soldado de prosapia hispanocatólica, y por eso mismo eminentemente volcada al amor de nuestras genuinas raíces.

Arquetipo de soldado.
Tan lejos de los que abundan hoy, sirvientes de forajidos, cómplices de terroristas,custodios viles de quienes ayer mataron a sus camaradas, y ahora tienen prisioneros, para vergüenza de la nación toda, a quienes supieron combatir al enemigo marxista.

Era natural entonces que en las horas tenebrosas de la historia –cuando la ruindad de los demagogos, de la que no termina el país de librarse- ultrajaba a la Fe, profanabalos templos y vejaba con su incurable ignominia a la Nación Real, el Coronel Guevara eligiera estar en el costado limpio de la batalla.

No era el costado liberal, masónico y democratista que después se impondría para continuar nuestro sometimiento y espanto.

Era el flanco del Cristo Vence, del Dios es Justo, de la restauración cristiana de esta tierra. Eran las filas del General Eduardo Lonardi.

Precisamente a la muerte de Lonardi, Augusto Falciola, desde las páginas de Presencia, le escribía estas estrofas que hoy se le aplican a quien amigo tan leal supo serle en la contienda:

“…Como vuelve el recuerdo de septiembre,
Buenos Aires lujosa de glicinas…
Las horas mancilladas, los oscuros designios
y el indecible oprobio de esos días…

Por los flecos del aire conmovido
Mi desconsuelo anda buscando
tu espada transparente…

El aire lento. Lento y minucioso.
Y tú, mi General, y las glicinas”

He aquí la imagen del Coronel Guevara: una espada transparente.

Capaz de partir el aire para rescatar la flor intacta de una patria cautiva.
Una espada con el filo templado en la pasión nacional.

Deben sentirse orgullosos quienes fueron y son sus familiares. Debemos sentirnos comprometidos quienes hemos tenido el honor de estar entre sus amigos.

Descanse Coronel.

Entre rezos y arpegios, que Nuestra Generala custodia su reposo.

Descanse para siempre, después de tantas luchas, después de tantos sueños, y de tantas vigilias transidas de esperanza.

Descanse Coronel.
La Argentina y su sombra, como Usted la llamara, conserva todavía destellos de la luz fundacional, de la diafanidad primera que no sabe rendirse.

Descanse Coronel, con la certeza aquella de la limpia marcha:

Y SI LA MUERTE QUIEBRA TU VIDA
AL FRIO DE UNA MADRUGADA,
PERDURARÁ TU NOMBRE
ENTRE LOS HÉROES DE LA PATRIA AMADA.

Y CUANDO EL PASO FIRME
DE LA ARGENTINA ALTIVA DE MAÑANA
TRAIGA EL ECO SERENO
DE LA PAZ CON TU SANGRE CONQUISTADA
CANTARÁS CON NOSOTROS CAMARADA
DE GUARDIA ALLA EN LA GLORIA PEREGRINA
POR ESTA TIERRA DE DIOS TUVIERA
MIL VECES UNA MUERTE ARGENTINA

Coronel, Usted ha tenido una muerte argentina.

El ejemplo de sus actos no se entierra este domingo, en este tiempo de separarse del que habla el Eclesiastés.

Quede para nosotros la vida hecha milicia, patriotismo de la tierra y patriotismo del Cielo.

Para Usted la guardia enhiesta en la gloria peregrina.
Para nosotros la fatiga diaria en el puesto más duro.

Coronel Juan Francisco Guevara:¡Presente!

Antonio Caponnetto
23-Agosto-2009