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viernes, 31 de julio de 2009

31 DE JULIO: SAN IGNACIO

En el día de San Ignacio, insigne español, paradigma del combatiente cristiano, mitad monje mitad soldado, traemos la oración a Santa María Reina que recitó el padre José María Alba Cereceda S.I., a los pies del Moncayo donde forjó su vocación sacerdotal.

SÚPLICA ANTE LA VIRGEN DE VERUELA

Ante el Moncayo blanco que al cielo sube erguido
está tu humilde trono de piedra y soledad
cercado de colinas y crestas militares,
hayedos, encinares y tierras de labrar.

Azules horizontes en las cumbres lejanas,
noches limpias, profundas, con estrellas sin fin,
marco espléndido y único de Virgen coronada,
Madre de juventudes que enseñaste a vivir.

Vivir para la gloria, la gloria de tu Hijo,
y extender por el mundo los campos del amor,
rotos los diques secos de humanos egoísmos,
sembrar hombro con hombro el Reino del Señor.

¿Qué torbellino ciego de odios y rencores,
de infamantes políticas, de traiciones a Ti
ha dispersado el ímpetu de los jóvenes ríos,
ha hecho yermo su paso, vano, incoloro, gris?

¡Oh Virgen de Veruela que fuiste Capitana
de aquella Compañía dispuesta a bien luchar,
hoy solitaria y lejos, distante de esta hora
de la moda burguesa y el cómodo yantar!

¡Oh Virgen de Veruela, diminuta en tu Alcázar,
que aquellos caballeros que quisiste formar,
mientras el frío azota los chopos del camino,
vuelvan su rostro al viento, dispuestos a empezar!

Dejen atrás lo viejo, cadáver insepulto
de mentiras actuales, modernas y de ayer.
Vivan nueva aventura de Compañía nueva,
pobre, graciosa, humilde, de verdad en su ser.

¡Oh virgen de Veruela, Reina desde de tu Alcázar
que enseñaste a tus hijos bravura y santa guerra,
haz que con las cruces que ungieron nuestros votos
volvamos con Ignacio a conquistar la tierra!

Y si por felonías farisaicas, hipócritas,
el humo del infierno ya envolvió tus majadas,
¡concédenos la sangre martirial que redima,
y que en manos de santos brillen cruces de espadas!


Padre José María Alba Cereceda S.I.

viernes, 17 de julio de 2009

¿QUÉ HACER? ALGO MUY CONCRETO Y EFICAZ

REZAR EL ROSARIO CON AMOR Y CON DEVOCIÓN

San Juan Eudes, gran apóstol y devoto del Corazón Inmaculado de María escribía así en el siglo XVII: "Yo cedo gustosamente a todos la delantera en espíritu y talento, en ciencia y en todo lo demás, pero no sabría soportar que alguno me aventajare en el respeto, en la confianza y en el amor a la Madre de Dios".

Ese ha de ser el grito de toda la familia de AVE MARÍA. Los primeros en el sacrificio por la Virgen Santísima. Los primeros en propagar su devoción acendrada. Ahora, en el mes dedicado al Rosario, una vez más debemos insistir en lo que la Santísima Virgen dijo a san Antonio María Claret: "Antonio, en el Rosario está cifrada la salvación de tu Patria".

Frente a la artillería satánica que está hundiendo nuestra pobre España en el materialismo más brutal y en la inmoralidad, con el desprecio de los mandamientos, ¿qué hacer?, se preguntan miles de almas buenas, desconcertadas ante el silencio de pastores y dirigentes de la sociedad. ¿Qué hacer cuando se contemplan los crímenes espantosos de la ETA? ¿Qué hacer cuando se venden en España cincuenta millares de ejemplares de revistas pornográficas? ¿Qué hacer ante el abominable infanticidio del aborto, la permisividad de las autoridades, la destrucción de la familia por el divorcio, la siembra de odio entre los españoles por obra de los separatismos y de las fracciones políticas?

Nada y mucho. Al demonio no se le combate con asambleas, con manifestaciones, con encuestas, con lazos por las calles. La lucha de estos últimos tiempos es un combate espiritual. Solamente los cruzados que lleven el rosario en su manos y recen el Rosario con el sentido pedido por la Virgen a san Antonio María Claret, con el mismo fervor que nos enseñó el beato padre Pío, darán respuesta adecuada a los males que esclavizan nuestra Patria.

Es evidente que no se deben dejar por pereza todas las acciones y obras buenas, tendentes a atajar los terribles males que nos aquejan. Pero el alma de todo ha de ser el Rosario. Si no hay Rosario, todo es inútil.

¡Devotos de María a lo san Juan Eudes: Rosario en mano para que venga el triunfo del Corazón Inmaculado de María!

Padre José María Alba Cereceda S.J.

jueves, 9 de julio de 2009

DOS EMPRESAS DECISIVAS


La entrada en el nuevo milenio no es para el católico un simple cambio de fechas de calendario. Es la agobiante reflexión de que a los dos mil años de nuestra Redención solamente una pequeña parte de la Humanidad conoce a Cristo, invoca a María. La mayoría de los seis mil millones que pueblan la tierra está fuera de la Iglesia. Espantosa realidad.

En estos dos milenios ha habido santidad, heroísmo, apostolado, generosidad misionera a raudales. Las más preclaras inteligencias, los más grandes corazones han estado al servicio de Cristo Rey. Europa fue la cuna de la Cristiandad. Desde ella se extendió la fe cristiana hasta donde ha llegado hoy. Pero al mismo tiempo Satanás ha ido trabajando para envenenar las inteligencias, crear falsas religiones, corromper las costumbres. Mas no ha parado aquí. Han sido los hijos de la Santa Iglesia los que, igual que nuestro Señor Jesucristo en el desierto –y especialmente en los últimos siglos–, han sufrido a lo largo de las generaciones humanas las tentaciones de las riquezas, de las divisiones, del poder mundano, de la pérdida de la identidad sobrenatural. De hecho, en el siglo XX, aparentemente las fuerzas del infierno han conseguido que se haya reducido más y más la minoría de los que siguen fielmente a nuestro Señor Jesucristo.

En este ambiente de descristianización, el Papa ha convocado frente al nuevo milenio, a los obispos de los cinco continentes, para espolear a toda la Iglesia a dos empresas decisivas: la unión de todos los cristianos con Roma y la nueva evangelización del mundo. Concretamente en el último sínodo de los obispos, que ha sido el de los de Europa, se ha puesto en carne viva el hecho del paganismo ambiental, la apostasía, la invasión de las sectas y de las falsas religiones, sobre todo del islamismo, que llenan el vacío que ha producido la pérdida de la fe. Es vital detener esta marcha suicida, es preciso recobrar la identidad católica y lanzarse de nuevo a la conquista de los hombres para Cristo Rey. Éste es el grito del Papa que, como un nuevo Urbano II, nos convoca a una cruzada más difícil aún que la de los siglos gloriosos de la no menos gloriosa edad de fe, que fue la Edad Media.

La respuesta es muy sencilla, en medio de lo arduo de la tarea. Hemos de ponernos todos bajo la protección de la Santísima Virgen, consagrar nuestras personas, nuestras familias, nuestros trabajos, nuestra Patria, la Iglesia y el mundo al Corazón Inmaculado de María. Sería precioso a los ojos de Dios que todos los lectores de AVE MARÍA empleáramos la fórmula de la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María que escribió el Papa Pío XII, incluyendo especialmente la consagración de Rusia, según los deseos de la Virgen.

El milenio empieza con graves amenazas para nuestra fe en todo el mundo, fruto de tantas décadas de materialismo e impiedad. No temamos, sin embargo. En medio de la tempestad en que vivimos y que se aproxima con mayor violencia, miremos a la Estrella, e invoquemos a María. Ella vencerá una vez más a la serpiente infernal seductora de las naciones, e instauraurá, tras la purificación, el reinado de su Corazón Inmaculado. María nos llama a vivir como cristianos auténticos, dispuestos a morir por la salvación de nuestros prójimos. Testigos de Cristo hasta la muerte. Eso han de ser los hijos de la Virgen que Ella ha congregado en nuestra AVE MARÍA. Que Cristo reine en nuestras familias, en nuestra patria, en una cristiandad de pueblos de toda la tierra, bajo el amor de la Virgen Santísima.

Que el fuego que vino a traer a la tierra nuestro Señor Jesucristo nos devore. Que el mundo sea de Cristo.Y si ello exige el derramamiento martirial de nuestra sangre, dichosos seremos si, de la mano de María subimos al Calvario. La nueva era será de Cristo. Esa es nuestra oración. FIAT! FIAT!

José María Alba Cereceda S.J.
Ave María, Enero 2000

martes, 30 de junio de 2009

UNA LUZ DE DIOS - Recordando al Padre Alba.


"Y la Luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron" Jo, I, I-5 "Apareció un hombre, enviado de Dios, que se llamaba Juan" Jo, I, 1-5

Hubo un tiempo en que las tinieblas llenaron mi entendimiento, voluntad y corazón. La oscuridad se presentaba con amplia sonrisa, prometedora de grandes dones e inmensa felicidad. Éste fue el mayor motivo por el que su verdadera esencia pasaba desapercibida para mí. Y ella lo sabía verdaderamente. Así, la vida deviene en círculo cerrado en el que se cree vivir por uno y para uno, sin que se pueda ver más allá. Y en lo más hondo de esa sinrazón, el príncipe de este mundo emite su aguda carcajada, imposible de advertir para quien, como yo, se encontraba atrapado en mitad de su principado, con sus falsas diversiones, sus equivocados ideales. ¡Cuántos errores en la juventud! ¡Cuánta desesperación e impotencia de los padres, cuya misión de guardia se veía frustrada por el ímpetu irresponsable de quien no ama ni deja que le amen!

Pero también hubo un tiempo –como lo habrá siempre- en que la Divina Providencia inspiró, a modo de estrellas permanentes y brillantes en la oscuridad de la noche, centinelas de Dios: luchadores natos, guardianes y defensores de la Santa Fe Católica; instrumentos en manos del Creador para propagar sus santas obras entre los hombres, en mitad de las tinieblas; rescatadores de las almas de aquellos que se encuentran en manos del perverso "ángel de luz". En definitiva, caballeros contemporáneos, actores directos e inmediatos en los nobles combates de la Fe. Por ellos, como agentes del Señor, las cadenas se logran romper y la libertad para el pleno servicio a Cristo, alcanzar. Los que estaban cautivos debido al pecado, logran escapar; los que se encuentran bajo el dolor, se sienten aliviados; quiénes navegan sin rumbo, encuentran dirección. ¡Bravos paladines de la Fe, de los que cabe afirmar, quién como ellos!

Y de todos, una santa espada, un robusto escudo, una venerable palabra... un halcón en las cotas más altas del amor a Cristo y a la Virgen Santísima: nuestro queridísimo y reverendísimo Padre José María Alba Cereceda, de la Compañía de Jesús.

Cristo quiso, en su infinita y bondadosa Divina Providencia, que fuera el Padre José María, directamente y mediante una de sus obras, el Colegio Corazón Inmaculado de María, el que me enseñara a conocer a un Dios que el mundo maquillaba, ignoraba y apartaba de su racionalista realidad, y de la que un servidor formaba parte.

El Padre Alba fue espada para mí, al rasgar el velo de mi ceguera con su paciencia, descubriendo yo, así, la Verdad; fue escudo para mi, cuando, aún apartado del mal, las tentaciones asaltaban el alma poco entrenada todavía en los nobles combates de la Fe; fue palabra para mí, cuando, con sus consejos, acertaba, al seguirlos, encontrar el camino más próximo a Cristo... fue halcón para mí cuando, desde mi adolescencia y hasta más allá de su muerte, le he ido descubriendo como gigante autoridad y supremo ejemplo de obediencia, apartado y lejos de la vanidad del mundo, del diablo y de sus obras; le he ido descubriendo como hombre de Dios infatigable en la conquista de las almas de los hombres para Dios, lanzándose, para ello, desde los cielos de la gracia hasta los corazones de todos nosotros; escalador y peregrino incansable de las cimas de la santidad. ¡Cristo nos envía santos y nosotros conocemos y penetramos, gracias a ello, hondamente, en nuestra pequeñez! La pequeñez y el sabernos nada para, luego, con y en Cristo, mediando su Santísima Madre, serlo todo ¡Qué dicha la mía al ser testigo de un santo!

El Padre Alba no ha muerto, ni morirá jamás. Tan sólo ha finalizado su vuelo y se ha reunido de forma absoluta, íntima y definitiva con Dios, Nuestro Señor. Sencillamente sé que el Padre está todavía más cerca de mí y de todos nosotros, porque ahora más le quiero y más le pido para que interceda ante el Altísimo. Así, el halcón de Dios descansa ya en las más altas cumbres.

Y por ello, hoy, como ayer, y por siempre, puedo afirmar con rotundidad y sin temor a equivocarme, que hubo un tiempo en que apareció un hombre, enviado de Dios, que se llamaba José María.

Jaime López Arboledas
Ex alumno y profesor del Colegio Corazón Inmaculado de María
Abogado