jueves, 9 de julio de 2009

DOS EMPRESAS DECISIVAS


La entrada en el nuevo milenio no es para el católico un simple cambio de fechas de calendario. Es la agobiante reflexión de que a los dos mil años de nuestra Redención solamente una pequeña parte de la Humanidad conoce a Cristo, invoca a María. La mayoría de los seis mil millones que pueblan la tierra está fuera de la Iglesia. Espantosa realidad.

En estos dos milenios ha habido santidad, heroísmo, apostolado, generosidad misionera a raudales. Las más preclaras inteligencias, los más grandes corazones han estado al servicio de Cristo Rey. Europa fue la cuna de la Cristiandad. Desde ella se extendió la fe cristiana hasta donde ha llegado hoy. Pero al mismo tiempo Satanás ha ido trabajando para envenenar las inteligencias, crear falsas religiones, corromper las costumbres. Mas no ha parado aquí. Han sido los hijos de la Santa Iglesia los que, igual que nuestro Señor Jesucristo en el desierto –y especialmente en los últimos siglos–, han sufrido a lo largo de las generaciones humanas las tentaciones de las riquezas, de las divisiones, del poder mundano, de la pérdida de la identidad sobrenatural. De hecho, en el siglo XX, aparentemente las fuerzas del infierno han conseguido que se haya reducido más y más la minoría de los que siguen fielmente a nuestro Señor Jesucristo.

En este ambiente de descristianización, el Papa ha convocado frente al nuevo milenio, a los obispos de los cinco continentes, para espolear a toda la Iglesia a dos empresas decisivas: la unión de todos los cristianos con Roma y la nueva evangelización del mundo. Concretamente en el último sínodo de los obispos, que ha sido el de los de Europa, se ha puesto en carne viva el hecho del paganismo ambiental, la apostasía, la invasión de las sectas y de las falsas religiones, sobre todo del islamismo, que llenan el vacío que ha producido la pérdida de la fe. Es vital detener esta marcha suicida, es preciso recobrar la identidad católica y lanzarse de nuevo a la conquista de los hombres para Cristo Rey. Éste es el grito del Papa que, como un nuevo Urbano II, nos convoca a una cruzada más difícil aún que la de los siglos gloriosos de la no menos gloriosa edad de fe, que fue la Edad Media.

La respuesta es muy sencilla, en medio de lo arduo de la tarea. Hemos de ponernos todos bajo la protección de la Santísima Virgen, consagrar nuestras personas, nuestras familias, nuestros trabajos, nuestra Patria, la Iglesia y el mundo al Corazón Inmaculado de María. Sería precioso a los ojos de Dios que todos los lectores de AVE MARÍA empleáramos la fórmula de la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María que escribió el Papa Pío XII, incluyendo especialmente la consagración de Rusia, según los deseos de la Virgen.

El milenio empieza con graves amenazas para nuestra fe en todo el mundo, fruto de tantas décadas de materialismo e impiedad. No temamos, sin embargo. En medio de la tempestad en que vivimos y que se aproxima con mayor violencia, miremos a la Estrella, e invoquemos a María. Ella vencerá una vez más a la serpiente infernal seductora de las naciones, e instauraurá, tras la purificación, el reinado de su Corazón Inmaculado. María nos llama a vivir como cristianos auténticos, dispuestos a morir por la salvación de nuestros prójimos. Testigos de Cristo hasta la muerte. Eso han de ser los hijos de la Virgen que Ella ha congregado en nuestra AVE MARÍA. Que Cristo reine en nuestras familias, en nuestra patria, en una cristiandad de pueblos de toda la tierra, bajo el amor de la Virgen Santísima.

Que el fuego que vino a traer a la tierra nuestro Señor Jesucristo nos devore. Que el mundo sea de Cristo.Y si ello exige el derramamiento martirial de nuestra sangre, dichosos seremos si, de la mano de María subimos al Calvario. La nueva era será de Cristo. Esa es nuestra oración. FIAT! FIAT!

José María Alba Cereceda S.J.
Ave María, Enero 2000

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